De todas las caras de Blanca que aparecen en la memoria, creo que prefiero la imagen lozana, como de una niña, que lucía en la sala de su velorio. Era un día de sol, en marzo de 2009, y era como si hubiera recuperado el rostro con el que siempre se había asombrado de la vida. Ahora que acaban de cumplir cien años, el cuerpo y el rostro de Blanca Varela se mantienen cerca. Ese rostro acompañado por la suave energía de su voz, la gracia de sus manos, sus ojos profundos y húmedos que miraban desde muy cerca. Su conversación estaba siempre salpicada de toques de humor, con frecuencia perverso, de un escepticismo lúdico. La ironía y la agilidad de su conversación y la elegancia de su aspecto no hacían adivinar el tono conciso, furioso, esencial, lúdico de sus versos.
Su generación, la de los años cuarenta en la Universidad de San Marcos, fue de iconoclastas. En un artículo en la revista Debate, contaba que en la puerta de la universidad ella y sus amigos pifiaban los autos lujosos que pasaban. Ese lado disconforme, contestatario, nunca la abandonó a pesar de la marginalidad en cuyos silencios escribía. Fue por eso que Vargas Llosa escribió que su poesía “era un vicio recóndito inconfesable, cultivado en la clandestinidad, con celo y reserva tenaces, como si su exposición a la luz, a los ojos de los demás pudiera dañarla”. Al referirse a su canto, Octavio Paz afirmaba que era “el más secreto y tímido, el más natural”.
La concisión, la capacidad de observación, la fluidez arrítmica de los versos, siempre sostuvieron una conciencia hecha en la distancia del mundo. En su obra, parece haber una búsqueda de aquello esencialmente irónico y melancólico en el universo. “Digamos que ganaste la carrera/ y que el premio/ era otra carrera”, dice uno de sus poemas. En otro afirma: “querido mío/ adoro todo lo que no es mío/ tú por ejemplo”. En otra ocasión, refiriéndose a la muerte, escribió “el sol es un agujero en el cielo/ la plenitud del ojo/ fatigado cabrío”
En su vida diaria, era la mejor conversadora de todas. Uno de sus mejores amigos fue su vecino Emilio Adolfo Westphalen, quien la invitaba a tomar la merienda con la mermelada de tomate que preparaba. Recuerdo que cuando murió Emilio, la llamé y la encontré llorando. “Era el mejor de todos”, me dijo. La vida estaba en la obligación de continuar. Aficionada al cine, a la conversación, a los viajes, su oficina del FCE en Lima era con frecuencia un centro de reunión de amigos. Amaba a la gente que tenía cerca. En una ocasión, mientras íbamos a una reunión, me dijo que sabía que su fin se acercaba. “La muerte no me da pena ni miedo”, me dijo. “Solo me entristece saber que no podré seguir viendo a mis nietas”. Ese apego a la gente es parte de su búsqueda por el misterio de las cosas sencillas. Una búsqueda que sigue reflejada en una cara lozana y asombrada. Ese rostro con el que le daba la bienvenida a la muerte fue el mismo con el que saludó siempre a esta vida que cumple cien años.
AQ / MCB