Antes de la llegada de los españoles a América, en gran parte del territorio norte de lo que fue Nueva España,y que luego se perdería con Estados Unidos, habitaban, o deambulaban, multitud de grupos (desde apaches hasta zuñis) con distintas lenguas, pero algunos rasgos comunes (la cosmovisión naturalista, el frecuente nomadismo) que vivían de la caza, la recolección o la agricultura eventual y que, de cierto modo, evocaban la existencia de la Edad de Oro. Su relación con los nuevos ocupantes del territorio, y con la vida moderna, ha sido casi siempre conflictiva y muchos de estos grupos se han diluido o desvanecido. En Poesía indígena del Norte de México (Tusquets, 2026), Gabriel Zaid emprende un devoto y deslumbrante ejercicio de recopilación y recuperación de la memoria histórica, en el que reúne poemas de 35 lenguas indígenas, aderezados con amenas y documentadas notas en torno al grupo y al idioma del que provienen los vestigios. El libro ofrece una pionera visión de conjunto de esta lírica milenaria y exhibe su hondura espiritual y su sencillo encanto. En efecto, para quienes estamos acostumbrados a la primacía del nombre propio y la fijación subjetiva de la lírica moderna, el rescate de Zaid resulta tan desconcertante como estimulante, pues esta poesía anónima tiene, ante todo, un propósito de comunión. Aquí el poema vuelve a sus funciones más prístinas y esenciales y, a menudo, responde a un objetivo práctico: el arrullo para dormir a los niños, el canto para agradecer el amanecer (los muy bellos de los paipai), el conjuro de caza, las chanzas bélicas, la invocación a la lluvia, la descripción rítmica de las labores cotidianas (quizá para hacerlas menos pesadas), la evocación de los ancestros, la transmisión de la sabiduría popular o, simplemente, la recreación grupal. La gran mayoría de los poemas se caracteriza por la economía expresiva, la presencia extensiva de la flora y la fauna local y el retraimiento del yo. A veces hay algunas expresiones de sincretismo religioso (un peculiar catolicismo aderezado con elementos naturalistas) y, en otros casos, muy afortunadas alusiones a la fugacidad de la vida.
Esta recopilación resulta fundamental porque, aunque algunos de los grupos indígenas han sobrevivido en reservaciones, son relativamente prósperos y preservan su identidad con el apoyo de la academia y la curiosidad del turismo, muchos otros vegetan en la miseria o están al borde de la extinción. Por eso, el libro de Zaid no solo es un hermoso florilegio poético, sino una suerte de visión de los vencidos y olvidados por la historia con mayúsculas, un conmovedor testimonio de la naturalidad e impunidad con que se han emprendido guerras, despojos y confinamientos contra muchos grupos originarios. Se trata de una perspectiva panorámica del dramático destino de minorías culturales que se resisten a asimilarse del todo a la uniformidad moderna y que, en sus fragmentos poéticos, rememoran tenazmente el paraíso o la utopía.
AQ / MCB