Yo no puedo descansar:
no tengo quién me despierte.
Emilio Prados
De noche el mundo cambia. La casa es otra, no se diga el pasillo. He salido al jardín. A veces con luna, a veces sin ella, pero el jardín siempre es otro. Igual con mi cuerpo, con el pecho, con la temperatura, con el dolor de cabeza, con las articulaciones. La tos golpea como un ariete. La cabeza de un cimarrón que astilla la puerta. Quisiera levantarme, dejar la cama, ponerme en pie; pero es imposible. Las ganas de devolver me arquean el cuerpo. Me agoto, me canso solo con sentarme. Mi habitación se transforma. Un día es una cabaña; otro, un cuarto con una ventana fría y húmeda. Me da miedo, me agoto, me cuesta respirar, abrir la boca. La cabeza me estalla, las flemas, el catarro, la espalda que se descoyunta a medida que la tos me va quebrando. Me quedo desnudo de mí mismo. Quisiera incorporarme, llegar a la puerta, tumbarme en la poltrona, ver por la ventana. Huir de mí, alejarme, cerrar los ojos; pero cuando los abro, todo sigue igual, incluso, peor.
Soto de Rojas, con toda una potente tradición lírica que inicia en el siglo XV con Juan de Mena y su Laberinto de fortuna, se adueña del jardín de Calixto y Melibea y pasa de soslayo a la orilla de un río donde las ninfas exhiben sus cuerpos. Funda, en pleno barroco, un Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Es un medallón, un largo rosario que hace suyo el jardín que la Sagrada Familia ha abandonado. Ahora serán los amantes quienes gocen el color y el perfume de las flores, el murmullo y frescor de la fuente, la sombra de los emparrados y lo mullido de los prados. Esos cotos —arcadias desplegadas—, montes feraces con jardines cultivados, parten de unas “soledades”; de una prolongada galería coronada por el asombro. Es Góngora; luego, Juan de Jáuregui con su Orfeo. Pero el discurrir, el arroyo de imágenes, con que abrió el siglo XVII lo sostiene Soto de Rojas. El jardín entreabre sus puertas, pero pocos son los que traspasan el umbral. Hay adelantados, quienes, siendo extranjeros, pero asumiendo la lengua y la literatura como propias, se convierten en el primero de una revaloración que anunciará un grupo de jóvenes poetas muy atentos a sus raíces y a aquello que suena desde la otra orilla. Pienso en el adolescente Juan Ramón Jiménez editando los poemas de Rubén Darío o en las Cuestiones estéticas (1911), del también muy joven Alfonso Reyes, preparando el disfrute de las futuras Cuestiones gongorinas de 1927. Se trata de un paraíso cerrado para muchos; pero también, de jardines abiertos para pocos.
Stevenson estaba muy mal. No alcanzaba a sostenerse frente a su escritorio. Lo veía, pero él a mí no me veía. La esposa de Conan Doyle ponía los ojos en blanco. El doctor Spengler construyó su sanatorio al pie de la montaña. Que si era mágica o sagrada depende. Si lees la novela, es mágica; si vas a caballo con tu padre, sagrada ya que Indra Devi y su pareja —los dos de blanco— te recibirán con una sonrisa que iluminará el porche de la casa, antesala del alma. En el otro extremo de tu recuerdo otra casa con chimenea y desniveles. Se trata de la casa del gobernador Esteban Cantú que mandó edificar para vigilar la construcción del “Camino Nacional” que uniría el Distrito Norte del Territorio Federal de la Baja California con el resto del país. Esta casa se convertiría en un sanatorio para tuberculosos. Después daría paso a un manicomio en lo más alto de la montaña. Cuando el viento soplaba mi padre decía que se trataba de los locos de La Rumorosa. Pero abajo, del otro lado del pueblo, rumbo a Tijuana, está el rancho La Puerta que fundó Edmond y Deborah Szekely en 1940. Ahí se hospedó —por ejemplo— Aldous Huxley. Ahí se sometió a una dieta de desintoxicación y a una rutina de ejercicios; además, ahí escribió algunos de sus últimos ensayos. Pero antes, en Recife, al norte de Brasil, Manuel Bandeira, un joven estudiante de arquitectura, se moría víctima de una afectación pulmonar que lo habría de acompañar toda su vida. Fue en Davos, Suiza, donde Paul Eluard, que no se llamaba así, sino Eugène-Émile-Paul Grindel, conoció a Gala, que en ese entonces se llamaba Elena Ivánovna Diákonova. Pero Bandeira, que sí se llamaba Manuel Bandeira, conoció a Eugène y se cayeron bien; platicaron y planearon hacer una revista de literatura cuyos centros estarían en París y en Recife. Pero años atrás, ya construido el sanatorio que hoy funciona como hotel, estuvo Robert Louis Stevenson. A ratos se ahogaba, le costaba mucho mantenerse en pie. El aire frío abrió sus alveolos y empezó a respirar con cierta facilidad. Así, con accesos de tos y momentos de calma, terminó La isla del tesoro. Conan Doyle veía cómo su mujer iba mejorando. Aprovechó la estancia para tomar clases de esquí. Por las tardes escribía notas periodísticas. Sherlock Holmes y el doctor Watson tardarían en llegar. En Campo Alaska las nevadas son inclementes. Me imagino que en Davos también, solo que su infraestructura deberá ser más adecuada. No puedo imaginar el horror que debió vivirse en La Rumorosa cuando el sanatorio cayó en decadencia y abrió sus puertas al manicomio que congeló vidas e historias. En el rancho La Puerta el clima era otro. Las cabañas, acogedoras; la Segunda Guerra golpeaba, y los norteamericanos cruzaban la frontera con México para llevar, por unos días, una vida sana, cercana a un ideal dictado por la madre naturaleza.
Con los ojos vendados
En los sitios mencionados la salud se ponderaba por sobre todas las cosas, aunque en el rancho Cuchumá la meditación, impulsada por Indra Devi, que no se llamó siempre así, sino Eugenie Peterson, despedía un aura de cargada espiritualidad que envolvía a todos los visitantes que llegaban hasta su puerta. Thomas Mann fue de visita a Davos e imaginó La montaña mágica. Hay un compatriota en una de las habitaciones. Manuel Bandeira siempre escribió y publicó el que sería su último libro. Paul Eluard compuso uno de los poemas más citados: “Libertad”, pero Gala lo dejó para irse con Salvador Dalí. En 1930, en Torremolinos, pasaron su luna de miel.
La enfermedad se convierte en centro, en referente, en huella que te delata. Los que fueron a Davos; al menos los aquí mencionados, sobrevivieron. Tuvieron una vida pública sumamente rica. Nos impactaron por su talento y hoy forman parte de nuestra memoria cultural. Pero a principios de la década del veinte, del siglo pasado, antes de que se descubriera la cura para la tuberculosis y el sanatorio (me imagino el balneario Acuña en Caldas de Reis al que va Pereira en la novela de Antonio Tabucci) cerrara sus puertas para reaparecer como hotel de cinco estrellas, llegó un joven desahuciado de Málaga acompañado de su hermano mayor. Este joven, en esos espacios dedicados al restablecimiento de la salud, decidiría su vocación por la poesía. Me refiero a Emilio Prados, el autor de Jardín cerrado.
Tu vecino de cama recibe visitas. Él no puede salir y tú estás recuperándote de una noche donde la aguja del delirio se quedó pegada al disco, y toda la noche viste una isla de grandes árboles con enormes raíces, o memorizaste un nombre que se repetía con insistencia como una cifra o número telefónico que no quieres ni debes olvidar. Pero que al despertar se ha borrado como ese rostro que seguramente te revelaría el misterio de un acertijo o de una decisión que no logras tomar.
Está la familia entera. El médico pondera los avances en la salud de tu vecino. Él no habla, pero el doctor comenta con la madre o con la esposa o con la hermana o con la hija cómo es que ha ido respondiendo al tratamiento. Tú ves de reojo a esa comitiva. Ves el techo, la ventana que te queda tan lejos, lo blanco de las sábanas, lo pálido de tus brazos, lo transparente de tus pies. Todo cambia. Tu vecino empieza a mostrar grandes dificultades para respirar. Su cuerpo tiembla y el médico ordena que todos salgan inmediatamente. Tú también quisieras salir, pero no puedes. Los familiares salen, los médicos y enfermeros entran. Corren la cortina. Hay voces, movimientos. Tú ya no existes, nadie se acuerda de ti. Cuando recobras el conocimiento tu cortina está nuevamente recogida y la cama de al lado tendida, impecable, bajo la luz del sol que entra por la ventana. Estás solo en esa habitación de dos camas. Estás solo viendo cómo la luz del sol da en esa cama donde hace horas o días un enfermo mostraba señales inequívocas de franca recuperación.
Un día le pidió a su madre que le vendara los ojos. Cuenta Sophia de Mello Breyner Andresen que de niña se plantaba en el centro del jardín, bajo un inmenso fresno, y cerraba los ojos. Extendía los brazos y se quedaba en silencio. Al principio solo era el roce del viento. Pero de pronto, de manera muy queda, empezaba a oír una vocecita que le iba susurrando al oído. Era una canción que la iba envolviendo como una seda muy fina. Sentía el viento, el aire en sus mejillas. No abría los ojos, apenas y respiraba, y el canto se iba adueñando de todo. La poesía le era tan natural como el aire y el agua. Pero él, sin oír ninguna vocecita; tal vez buscando esa oscuridad que se debilitaba con la llegada del día, le pidió a su madre que le vendara los ojos. Estaban en la sierra, el mar había quedado muy lejos y no había escuela. El médico había aconsejado una larga estancia en la montaña. Mejoró su respiración, los vómitos de sangre se detuvieron; las pesadillas eran menos frecuentes. Pero le pidió que le vendara los ojos, que le permitiera no ver por una semana. La madre lo complació, y por una semana se desplazó entre los muebles de la cabaña tanteando todo a su paso, agudizando el oído; pero la voz no apareció, tampoco la buscaba. Solo quería no ver, que el mundo no lo distrajera. Le fueron familiares la noche y el silencio. Oía su propia respiración y esta le abría las puertas de una soledad que lo acogía. Un domingo por la noche su madre le vendó los ojos. Otro domingo al acostarse, su madre le retiró la venda. Aún no visitaba Madrid. Todavía no conocía a Juan Ramón Jiménez, no lo había leído, pero la muerte le iba revelando su rostro en esa soledad y en esa oscuridad que le habrían de ser tan familiares. Es digno de notar cómo en la transparencia de sus poemas, en la delicadeza de sus versos, en ese imaginario que apenas da la impresión de tocar la tierra, la soledad se adensa, se hace una con la noche, y la muerte se desplaza entre esos muebles en penumbras, en esa sala donde su padre, su madre, su hermano y hermana hacían la vida; donde él se desplazaba por el mundo; mundo, que le sería borrado por esa densidad que con los años le iría ganando terreno. Mallarmé llegó a decir que todo se debía a una mera entonación. Los versos —muchos de ellos— de Emilio Prados parecen jirones, líneas de voz que señalan una tradición de la lírica popular, un fraseo melódico que no fue ajeno a lo moderno que a ratos se imponía en la poesía de principios del siglo XX.
Puedo imaginar a un jovencito de 15 años que tiene que ir a la sierra. Que su condición de salud es muy precaria y que el médico ha indicado que cambie de aires, que deje la costa y suba a la montaña. La madre va con él, el padre y el hermano mayor atenderán la mueblería, la hermana tiene que asistir a la escuela. En esos días conoce a un jovencito de su misma edad. Se trata de un pastor que se pasa el día arreando su rebaño. Da inicio una amistad, un compañerismo donde las horas, la hierba, la sed, el agua que la sacia y el calor que la provoca, los acerca. Los días se convierten en semanas y las semanas en meses. Tal vez pase el tiempo y ya no vuelvan a encontrarse; pero lo vivido, y el recuerdo de ello, se irá afinando hasta tomar el peso y la estatura de algo que podrá ocultarse, que por momentos quizá se olvide, pero que estará ahí como una pulsión a flor de piel. Se ha escrito un texto, una carta de marear que dirigirá el rumbo, aun cuando parezca que no lo hace. Virgilio, en la “Égloga II”, nos habla de la pasión del pastor Coridón por el joven Alexis. Del dolor y el deseo que mueven el pulso de los acontecimientos vividos y deseados que el canto celebra. Mucho tiempo después, quizá como un homenaje, Margarite Yourcenar escribirá Alexis, su primera novela, que, en forma de carta dirigida a la esposa, Alexis revelará sus preferencias sexuales, el sofoco que vive, la angustia de ir desperdiciando su vida. Ese mismo jovencito, que por razones terapéuticas subió a la montaña, tiene que rehacer su vida y volver a la ciudad. Retomará su rutina, aparecerá una joven sumamente hermosa perteneciente a la mejor sociedad de Málaga y él se creerá profundamente enamorado. Le escribirá sus versos, le dedicará su primer libro, pero cuando llegue el momento de dar un paso definitivo caerá en una angustia que le desatará una profunda crisis. Se irá de nuevo. Esta vez fuera del país, y ella se casará con el hermano de su mejor amigo. Las pesadillas serán menos frecuentes, el malestar irá menguando, pero las secuelas de lo vivido, lo deseado y lo negado siempre estarán presentes, poblando un imaginario que exigirá su expresión.
Se acercaba la Navidad y no tenía dinero, no había podido juntar nada a lo largo del año; así que fui con mi padre y le pedí me ayudara para comprar el regalo de mamá. Luego, fui con mamá y le pedí su ayuda para comprar el regalo de papá. A Miguel, le pedí para Inés; y a Inés, para Miguel. No me hice de un gran capital, pero aun así salí a la calle Larios a comprar mis regalos. A mi padre le compré un cañón para su escritorio, a mi madre un cofre muy lindo con moneditas de oro, a Inés unas peinetas y a Miguel un caballito de palo. Llegada la noche del 24 cenamos y reímos, y el 25, por la mañana, antes de la comida, nos dimos los presentes. Mi padre abrió el suyo e hizo muchas bromas con su cañón. Inés se puso las peinetas y me regaló una bellísima sonrisa. Miguel me abrazó y se puso a galopar por toda la sala. Mi madre se quedó viendo mi cofrecito con las monedas. Vi que los ojos se le humedecieron, esbozó una sonrisa, llegó hasta mí y me abrazó muy fuerte. Emilio, qué regalo me has dado, estas son unas arras de matrimonio que un día le darás a una muchacha que será tu esposa; yo no puedo aceptarlas, ya me casé con tu padre. Te quiero tanto mi niño, pero mañana las iremos a devolver a la tienda. Me dio un beso y yo me quedé callado, tan lejos, en un pequeño cuarto cuya ventana daba a un mar que se me volvió cielo. No había mar, solo un cielo tan azul y transparente donde podía ver —tan cerca— el perfil de los ángeles. Mi madre, doña Pepa, murió el 21 de mayo de 1946 en Santiago de Chile. Al estallar la guerra se fue para allá con mi hermana. Jamás la volví a ver, jamás me volví a ver en ella.
Mi padre era infatigable. Entraba y salía, atendía la mueblería, dirigía el taller, salía a hacer las entregas. A mi madre la tenía todo el tiempo. A veces era yo el que me perdía, pero siempre, al regresar del puerto o de mis largas cavilaciones bajo la copa de los árboles, ahí estaba ella. Cuando tuve que ir a la sierra fue ella la que me acompañó. Pasamos muchas tardes juntos. A veces ella también se quedaba en silencio. Yo la veía y veía un jardín que se me convertiría en huerta. Sus ojos se parecían a los ojos que más quería, pero su voz me envolvía como un vapor a punto de volverse agua. Nos reíamos y luego nos poníamos muy serios. Pero luego nos volvíamos a reír, y en su risa oía el murmullo de un campo que, con el tiempo —con los años fuera de casa— daría sus frutos. Mis poemas nacían como ráfagas, suspiros incontrolables que iban dejando caer una sentencia, una verdad que hacía más vasto y más denso el mundo que habitaba. Los versos llegaban con el silencio que de pronto se quebraba en estrofas que parecían trazos sobre la tela. La música se repetía, la música era una llave que, a fuerza de girar y girar, abría puertas que yo, hasta ese momento, no había visto.
La Residencia de Estudiantes
La Residencia de Estudiantes se convirtió en un eje de vida. El adolescente Emilio Prados estuvo ahí en 1914. Volvió en 1918. El edificio de ladrillo, con sus arcos y almenas, lo veía entrar y salir. José María Hinojosa estuvo ahí y se tomaron la foto con Federico García Lorca. También hubo otra foto —a contraluz— donde se podían reconocer las cabezas y perfiles de José Pepín Bello, de Emilio y de Federico. Está la postal que le enviaron a Pepín Bello y que firman los dos. Todo esto forma parte del archivo de Emilio Prados que se incorporó a la Residencia de Estudiantes en junio de 1996. Está la famosa y misteriosa fotografía donde están posando frente al pabellón Transatlántico de la Residencia. Esta foto es de 1919. Famosa, porque están todos reclamando el espacio como suyo. Luis Buñuel está trepado en el alféizar de la ventana. Misteriosa, porque la imagen de Emilio está raspada como si quisiera borrarse. Estuve, pero no quiero dejar constancia de mí, ya que el propio Emilio fue el que talló el negativo. Se trataba de estar y convivir, pero bajo la voluntad de no figurar, de perderse, de hacerse invisible. Editó, junto con Manuel Altolaguirre, a buena parte de los poetas de su generación, de la Generación del 27; incluso, Litoral fue esencial para la proyección del grupo, pero él permanecía en el rellano, en el rincón del salón, a un lado, como si quisiera —conscientemente— evitar su propia presencia.
Después de una larga caminata que inició justo en la puerta de La Central, de la plaza Callao, me vi frente al pabellón Transatlántico de la Residencia de Estudiantes en la “Colina de los Chopos”, al decir de Juan Ramón Jiménez. Era noviembre de 2024, corría un aire muy frío, y se trataba de un día sumamente soleado. Hubo una breve escala en la Fundación Ortega y Gasset. La Residencia de Estudiantes, como referencia cultural e imaginario, ha estado presente en mí antes de mi conocimiento y fascinación por los poetas de Contemporáneos. Primero supe de la Generación del 27, de sus poemas y paseos, de las muchas fotografías que se hicieron y constituyen ese alud que los presenta —aparentemente— de cuerpo entero. Visité la biblioteca, vi las publicaciones que ahí se exhiben, caminé por el edificio. Salí y entré. Después, volví a salir y me senté en una banca. El día era frío, pero el sol lo iluminaba todo y se reflejaba en los cristales del exterior. En uno de los flancos del edificio di con unas ventanas que en realidad son vitrinas, como esos escaparates de las tiendas neoyorquinas —de los veinte y los treinta— que influyeron en Miguel Covarrubias a la hora que preparó la museografía que daba vida y contexto a las piezas que el público apreciaría en sus visitas al museo. Ahí, bajo ese sol que se hacía cómplice de un aire cada vez más gélido, me encontré frente a una ambientación que daba vida y contexto a lo que fueron las habitaciones de los estudiantes de esta institución fundada en 1910 y que sería la cantera de buena parte de los últimos talentos de La Edad de Plata de la cultura española. Ese milagro que potenció la República y sofocó el Estado Español.
Ahora que veo las fotografías que forman parte del Archivo de Emilio Prados me doy cuenta que las instalaciones museográficas que tengo ante mis ojos, y que la intensidad del sol hace que mi silueta se refleje en el cristal, se deben a esas fotografías que ahora contemplo. La mesita donde descansa el juego de té. El sillón que bien puede ser un diván que a fuerza de cojines se ha convertido en sillón. Las mesitas a los lados con sus lámparas discretas, finas y elegantes. Sobre el escritorio papeles en un desorden calculado con lápices y estilográficas aquí y allá sobre carpetas y manuscritos que no alcanzamos a descifrar. También están las pilas de libros, los libreros, espejos enmarcados, más juegos de té y adornos muy simples en paredes austeras. Me alejo, y desde mi banca veo las escalinatas, los setos, el verde de los toldos y el café de los ladrillos. Aquí, en este espacio apacible, con un cielo con grandes nubes blancas que lo vulneran, yo con un sombrero de lana, bufanda, abrigo y una corbata morada en una camisa azul claro que no combina. Aquí, en este escenario, como un actor sin libreto, veo la fotografía donde Emilio Prados, por motivos que solo a él le competen, quiso borrarse. Al ver el escenario veo la fotografía, solo que todos, junto con Emilio, han desaparecido.
El regreso —nos cantan los griegos— siempre es más penoso y trascendente. Había estado ahí, venía de ahí, de esas páginas que desde mi adolescencia me han acompañado. De los poetas que me fueron desbrozando el camino. De esas vidas ejemplares que hoy me empeño en relatar, en hacer mías. Al llegar, con un ligero dolor de cintura, a la Gran Vía, entré a las Bóvedas de Cibeles y pedí una copa de Rivera del Duero. No recuerdo qué fue lo que comí.
Cazador de nubes
Gerardo Diego publicó su antología en 1932, pero no figuré en ella. No quería, me sentía ajeno. Ya los había publicado en Litoral, algunos se quejaban de las erratas, pero nada decían del diseño que les encantaba. Los poemas de Vicente, de Federico y de Luis pasaron por mis ojos y mis manos. Yo trabajaba con mi mono azul como todos los obreros del taller. Gerardo me invitó, pero no, mi respuesta fue no. En la segunda edición sí figuré. Realmente no tenía nada en contra de la antología, solo que yo no me sentía. A todos los quería, a muchos los admiraba, pero lo mío era aparte, como una zona sagrada, un coto donde poder cazar las nubes a mi antojo. Así me calificó Federico, de “Cazador de nubes”. Con él era distinto, con él no me guardaba nada, todo se lo podía contar. Cuando Pepe Bergamín —en México— me propuso para editar Laurel. Antología de la poesía moderna en lengua española junto con Gil-Albert, Villaurrutia y Octavio, no supe cómo negarme. Octavio y Villaurrutia eran los más entusiastas. Ellos lo hicieron todo. En realidad, quien llevó la voz cantante fue Villaurrutia. Yo me hice a un lado. Les di mis poemas. Era la misma sensación que con Gerardo años atrás. No le veía sentido. Lo mío es particular. Temo que tanto ruido pueda asustar el ave que a veces se posa en la rama; no la más alta, tampoco la de mejor vista. Sino una rama que se pierde en el follaje de los árboles, pero que está ahí solo para recibir a esa ave que habrá de posarse en ella. Pero no siempre sucede, hay mañanas o tardes en que la rama permanece vacía y el jardín en silencio. Fue tal la fuerza de la corriente que cuando esta menguó me quedé varado. No es que me gane la amargura, no se trata de eso. Mucho de lo que me alentó ha quedado atrás, y el presente, a pesar de los ángeles que veo en el cielo, y que nunca descienden, no me basta. No me basta esta alegría tan pequeñita que me acompaña.
Joseph Brodsky nos habla de la difícil libertad del poeta. Esa libertad que goza aquél del que nadie espera nada. El poeta está ensimismado descubriendo perfiles y tonos que solo se le revelan con el paso del tiempo. Con esa experiencia de vida que Rilke le exige al poeta. Los muchos amaneceres, los tantos atardeceres. No hay un editor, tampoco un público, que esté ávido de la siguiente obra. El poeta, nos dice Bergamín, brega contra la voluntad de nada, pero se debe a una iglesia, a una tradición, por no decir a una poética con la cual aspira dialogar. Brodsky afirma que el poeta escribe para obtener la aprobación de sus autores tutelares que por lo general habitan un tiempo pasado que proyecta una literatura futura. La modernidad, nos dice Eugenio Montejo, está en la manera inusitada de leer la tradición. Emilio Prados no solo sufrió el exilio. A lo largo de su vida, con toda la actividad vital de la que fue capaz, siempre acarició esa otra luz que escapaba de lo social y alumbraba un mundo íntimo, sumamente particular. Estaba, pero no estaba, y a la vez estaba para todos sus amigos. Nunca se distinguió por ser protagonista. Sin embargo, estaba ahí, muy cerca, casi en el centro; pero llegado el momento, que solo él percibía, desaparecía. Pienso en esos versos de José Lezama Lima: “Ah, que tú escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.” Emilio Prados fue renuente al escenario y, a la vez, vio cómo el mundo literario iba pasando a su lado; no apartándolo, pero sí discurriendo apenas sin tocarlo. Asumió esa difícil libertad, adoptó a San Juan como modelo. El poeta se debía a una urgencia. Pasado el arrebato, las aguas volvían a su nivel y la vida común continuaba. La poesía fue su eje. Estaba ahí, cuidó de publicar su obra, pero lo demás lo dejaba al azar, no estaba en su competencia. Fue un solitario que decidió vivir la experiencia del jardín cerrado. Las nubes se le aparecían, él veía ángeles; incluso, en esas noches de tormenta, creyó ver sus cuerpos y sentir la fuerza de su abrazo. A la mañana siguiente, con el cielo despejado, la rutina lo esperaba, pero a pesar de todo, y de todos, sintió por momentos que era feliz.
En Málaga
A Málaga he ido en tres ocasiones. En la primera, una noche llena de luces me acompañó por amplias avenidas repletas de tiendas de marca frente a un mar que se me perdía de vista. La segunda, no vi nada, por decir que vi muy poco; sin embargo, sí vi. Vi una larga carretera que corría de Granada a Málaga. Una entrada a la ciudad llena de pintas y edificios multifamiliares. Fue la carretera la que se impuso, la que abrió una expectativa que me hizo recordar la carretera de mi infancia que iba de Tecate a Tijuana. Corría por lomas repletas de olivares, descansos llenos de viñedos y una presa Abelardo L. Rodríguez que desapareció del sueño para volverse una realidad que escapa a toda posible ensoñación. La tercera vez que fui a Málaga iba solo y llegué en tren. Salí de la estación María Zambrano, cogí un taxi y llegué al hotel. Esa noche no vi ni escuché el mar. A la mañana siguiente la lectura en el Centro Cultural Generación del 27 y la obligada visita a la imprenta Sur donde se editaba la revista Litoral de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Las paredes blancas y las pesadas máquinas que imprimieron a los poetas de la Generación del 27 entre 1926 y 1929. Prados regresaba a Málaga y Altolaguirre estaba ahí; también estaba José María Hinojosa, quien fue su último director. Y yo también estaba ahí con mi celular tomando foto de las fotos, de los carteles, de los cuadros, de la museografía que me hacía imaginar un pasado de casi cien años. Hinojosa murió muy pronto fusilado junto con Luis Altolaguirre —hermano de Manuel —por milicianos republicanos. Manuel Altolaguirre moriría en 1959 cerca de Burgos en un accidente automovilístico junto con su pareja María Luisa Gómez, y Emilio en México en 1962 a los 63 años víctima de una embolia pulmonar. Esa fue mi tercera vez en Málaga. Regresé a la estación María Zambrano y tomé el AVE rumbo a Madrid. Pasé por Córdoba, pero no me bajé, y llegué a la estación de Atocha, hoy Almudena Grandes, y caminé por la ciudad. Vi la tarde llegar desde el balcón de mi apartamento. El Gaztelupe estaba cerrado, pero cené —en varias ocasiones— en el Ferreiro de la calle Aviador Zorita, antes, Capitán Zorita. La memoria que se honra en la imprenta Sur, donde se editaba Litoral, y publicaron los jóvenes poetas de la república, sigue latente aún con el maquillaje de algunas calles de Madrid.
En 1934 muere su padre y se muda a vivir con su madre. Su madre siempre fue una presencia que lo acompañó y protegió. Con ella la música y la lectura, la charla y una complicidad que le iba revelando el mundo desde una religiosidad emanada del Nuevo Testamento. La figura de Jesús, sobre todo en el Huerto (con la angustia, el miedo y la soledad del desamparo), le imponía un jardín revelado desde la sensualidad, como si se tratara de un Vía crucis. Esta relación con su madre, que se fue trenzando y fortaleciendo desde la infancia, la adolescencia y la primera juventud, se interrumpió con la llegada de la guerra. Su madre huye a Santiago de Chile con su hija Inés, ya que el esposo de esta tenía unos laboratorios allá. Emilio jamás la volverá a ver. Miguel, su otro hermano —psiquiatra— se afinca en Canadá. Tanto Miguel como Inés lo apoyarán económicamente. Emilio, decía María Zambrano, siempre se estaba muriendo.
El amor, “sin romper muros, introduce fuego.” Nos canta don Luis de Góngora en su Fábula de Polifemo y Galatea. Emilio Prados no solo se fue de Málaga, dejó España y en 1921 estaba en Friburgo. Ahí, en esas latitudes, encontró —a la orilla del Dreisam— las baladas de la poesía China. A partir de versiones alemanas tradujo poemas que hablan de despedidas y encuentros marcados por la nostalgia. Amigos que parten, paisajes fugaces en un caminar inexorable rumbo al exilio. Me conmueve que, caminando por las calles de Ciudad de México, Emilio Prados encontró a dos niños españoles huérfanos de la Guerra. A uno de ellos lo adoptó y formó una familia en ese retiro que le significó el desarraigo. Morelia tiene un peso enorme. María Zambrano —su amiga— estuvo ahí; los niños que llegaron de España, gracias a la política del presidente Lázaro Cárdenas, estuvieron ahí. Y ahí fue donde en 1981, durante el Festival Internacional de Poesía, frente a Los Portales, en una venta de libros, di con una antología de la poesía china; en realidad, las baladas de Li Bai y Wang Wei. Más tarde quedaría pasmado con Cathay, de Ezra Pound. El joven Emilio, en su estancia alemana, dio con leer y traducir estas baladas de amor, amistad y despedida. Pareciera, sin él saberlo, que estos cantos iluminados por la luz del atardecer y guiados por el destello de la luna sobre la superficie del río, o al pie de la muralla vagando entre ciruelos y duraznos, entre tazas rojas de jade, irían a fermentar un aguardiente que habría de beber —muchos años después— en Ciudad de México, frente a un jardín del todo cerrado y muy lejano a donde no habría de volver.
Destino fiel
El Gobierno de México tenía especial interés en manifestar su apoyo a la República española y definir muy claramente su postura en el ámbito internacional. Para este II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura hace posible que asista una delegación mexicana que estuvo integrada por Silvestre Revueltas, Carlos Pellicer, José Mancisidor, Fernando Gamboa, Juan de la Cabada, José Chávez Morado, María Luisa Vera y Octavio Paz, quien asiste por invitación directa de Pablo Neruda. Paz se había casado con Elena Garro que aún no cumplía los veintiún años. Altera las fechas, se casan y viajan juntos a España. La pareja permanece varios meses participando activamente en la causa republicana. Pellicer viaja por Europa, incluso visita la Alemania nazi. José Mansicidor, muchos años después, en 1958, dictando una conferencia para la Escuela de Verano de la Universidad de Nuevo León, se desvanece y muere repentinamente. La universidad le rinde un homenaje de cuerpo presente en el Aula Magna fray Servando Teresa de Mier a la luz de los vitrales de Roberto Montenegro. La relación entre Pellicer y Paz tendrá sus altibajos y Garro publicará —a instancias de Octavio Paz, estando ya los dos separados— su definitiva novela Los recuerdos del porvenir, en 1963, después de una fallida tentativa de publicación, a finales de los cincuenta, por parte de Carlos Barral, y también a instancias de Octavio Paz.
Carlos Pellicer —el autor de Esquemas para una oda tropical— será electo senador de la República por el estado de Tabasco y hará una impresionante obra museográfica, como el Parque Museo de La Venta, en Tabasco, y la Casa Azul, en Coyoacán. Octavio Paz renunciará a su cargo de embajador de México en la India a raíz de la masacre estudiantil llevada a cabo por el Ejército Mexicano en La Plaza de las Tres Culturas. Elena Garro vivirá un auto exilio de más de veinte años debido a las amenazas que recibió por parte de líderes estudiantiles que la acusaron de delatar a intelectuales involucrados en el movimiento del 68.
Cuando Emilio Prados llega a México en 1939 se hospeda en la casa de Elena Garro y Octavio Paz a quienes conocía desde el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que tuvo lugar en Valencia del 4 al 17 de julio de 1937. Prados cultivará “la traducción de la traducción” en su juventud con respecto a la poesía china. Paz hará lo propio al final de su obra para cerrar un círculo de gran imantación que la poesía oriental ejerció en su proyecto de creación. Dos poetas, Emilio Prados y Octavio Paz, que trastocaron e hicieron suyo el rico legado del locus amoenus de la poesía china; ese espacio de reflexión y melancolía donde el río, la montaña, la frontera y la muralla condicionan una memoria que se adueña de un presente que sucede —una y otra vez— al leer el poema. Prados, lo hizo desde la lengua alemana; Paz, desde el inglés y el francés.
María Zambrano fue su amiga. Las cartas —con preguntas e indecisiones— iban y venían. Tanto ella como él pertenecían a una zona inestable difícil de ubicar. Estaban, ella mucho más que él. Ella fue subiendo y bajando escalones. No digo que él no se moviera. Fue a Alemania, estuvo en París y tomó café con Pablo Picasso. En Barcelona, junto con Manuel Altolaguirre, se encargó de las Publicaciones del Ministerio de Instrucción Pública. Asumió —abiertamente— una militancia y un compromiso político. Formó parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, colaboró en la organización del II Congreso Internacional de Escritores. Fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura por sus poemas de la guerra que recogió bajo el título de Destino fiel, en 1938; mismo, que permaneció inédito. Publicó a Federico García Lorca y a Luis Cernuda. Con Federico guardó un lazo ejemplar; con Luis Cernuda, la relación se tensó y la distancia se impuso a pesar de que sus tumbas, en el panteón Jardín de la Ciudad de México, están muy cerca.
Si María Zambrano regresó a España, Emilio Prados se quedó frente a sus fotografías (Whitman, Nerval, San Juan de la Cruz, Keats, Rimbaud) en un pequeño apartamento de la calle Lerma, en la colonia Cuauhtémoc, de la Ciudad de México. Al salir de España por Francia, como muchos otros, entre esos muchos Antonio Machado, pasó unos días con María Zambrano antes de embarcarse a México el 6 de mayo de 1939. Al llegar se hospedó en la casa de Elena Garro y Octavio Paz. Colaboró en la Editorial Séneca de José Bergamín, en Cuadernos Americanos y El Hijo Pródigo. Dio clases en el Instituto Luis Vives. En 1942 adoptó al niño Francisco Salas, huérfano de la guerra. Y en 1962 su casera lo encontró muerto en el rellano de la escalera. Francisco Salas sería quien firmara el telegrama donde se dio noticia de la muerte del poeta. La tos y los vómitos de sangre volvieron, no sé si las pesadillas de la infancia también se instalaron en su apartamento que olía a huevos recién hechos, según testimonio de José de la Colina.
Emilio Prados hacía la compra, preparaba los alimentos, limpiaba y organizaba su casa y vivía como San Brandán en el lomo de la ballena alejado de todo y de todos. Al igual que este viajero del siglo XII, pero sin los frailes que lo acompañaban, visitó el Infierno. Su Infierno fundó su propio tiempo; un tiempo que no pasaba, que no sucedía, sino que estaba pendiendo sobre él, a pesar de los muchos paraísos que pasaron a su lado. Las tardes de lluvia, las noches de tormenta, lo hacían recordar. Entonces, sin importar la hora, tomaba el teléfono y llamaba a sus amigos; ese pequeño círculo que día con día se le fue reduciendo. Hola, ¿cómo estás? Espero no haberte despertado. Y las horas —de un tiempo revuelto— discurrían hasta el amanecer.
AQ / MCB