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  • “La suave Patria es el poema de la patria contra la patria”: Víctor Manuel Mendiola, Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2026

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El escritor Víctor Manuel Mendiola, Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2026. (Foto: Ariana Pérez)

En entrevista, Víctor Manuel Mendiola aborda las contradicciones del poeta de Jerez y explica por qué ‘La suave Patria’ es, en su lectura, un reproche crítico al autoritarismo mexicano.

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Víctor Manuel Mendiola (Ciudad de México, 1954) forma parte de una generación de poetas educados con los Libros de Texto Gratuitos, de niños o adolescentes que vivieron el choque emocional entre la masacre de Tlatelolco y las Olimpiadas de 1968, el año que Octavio Paz anunció su renuncia a la embajada de México en la India como protesta por la matanza de estudiantes. Era una generación de jóvenes que vio llegar el exilio del Cono Sur y al mismo tiempo vivió la efervescencia intelectual tras la publicación de Poesía en movimiento, la única antología canónica mexicana que mostraba un espacio muy reducido a las poetas y borraba de un plumazo el concepto generacional para comenzar a visualizar la nueva poesía por decenios. Grupos como La Espiga Amotinada eran los epílogos de un afán taxonómico de afinidades estéticas o sucesos editoriales y culturales. Los cincuenta fue una colección que daba muestra de autores pertenecientes a un periodo en que el año de 1968 marcaba la memoria y la sensibilidad de la juventud de entonces.

Víctor Manuel Mendiola, poeta, editor, traductor, crítico literario y polemista irredento es parte de esa época de abundancia de suplementos y revistas culturales, de luchas entre una izquierda estaliniana y una tendencia eurocomunista, de una centralización brutal y del dominio absoluto del PRI. Es un poeta en muchos sentidos más cercano a los Contemporáneos que a los estridentistas, más experimental que tradicional, chilango y cosmopolita; no obstante, admirador de figuras como Sor Juana Inés de la Cruz y Ramón López Velarde.

Mendiola, director de la longeva editorial El Tucán de Virginia, recibió, el pasado 17 de julio, en el marco de las Jornadas lopezvelardeanas, el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2026 por su trabajo El ángel que acompañó a Tobías en torno a La suave Patria del bardo de Jerez, Zacatecas, en donde sostiene que este poema no solo es un texto crítico en términos literarios sino en la comprensión de la violencia, el caudillismo, la Revolución mexicana y el aciago tiempo actual. Esta es la conversación en torno al llamado padre soltero de la poesía mexicana y a su obra.

En el contexto de los reconocimientos a tu trayectoria, ¿qué significado tiene este para ti?

Tiene un significado muy grande para mí porque, aunque descubrí toda la plenitud de la poesía de López Velarde poco a poco, no solo en términos literarios, sino sobre todo existenciales, mundanos, políticos, tal revelación modificó mi idea de la poesía. Mi generación, en la que hay excelentes poetas, privilegió por mucho tiempo la idea de que era fundamental “tomarse el pulso” y por ello entendía tener una conciencia clara del carácter autónomo del lenguaje. La poesía valía por sí misma, no por un efecto de reflejo. Sin embargo, la lectura detenida de López Velarde me mostró que “el son del corazón” tiene que ver con lo que sucede en nuestro interior, pero también con lo que ocurre hacia afuera. La épica hacia adentro de la que habló López Velarde explica buena parte de la poesía moderna y también cómo el poeta moderno ve la realidad, incluso la realidad política.

Eres un poeta y un ensayista que se ha caracterizado por buscar siempre ángulos no convencionales. Siendo Ramón López Velarde un poeta entre la tradición y la modernidad, de búsqueda también de nuevas formas expresivas, ¿qué suscitó tu interés para abordar el estudio de este poeta ubicado entre dos siglos?

No sé si he buscado ángulos no convencionales y si, por alguna razón, los he hallado, pero lo que sí puedo asegurar es que he tratado de seguir mis intuiciones, coincidan o no con la opinión dominante. Creo que lo mejor de nosotros está en esas intuiciones. Tiene sentido que diga esto porque desde muy joven me fascinaron los sonetos de Lope y Quevedo y después los de Machado, Pellicer y Miguel Hernández. Y me puse, sin darme cuenta, a escribir sonetos de una manera feliz y obsesiva. Eso no tendría importancia si actuar de esa manera hubiera sido aceptado normalmente, pero la verdad es que cuando éramos jóvenes el uso de esta forma increíble no era bien visto por muchos poetas. Cosa comprensible y, al mismo tiempo, rara porque esta forma tiene un valor transhistórico. En ese entonces también leíamos con fruición al Huidobro de Altazor, al Vallejo de Trilce y al Paz de Piedra de sol. Así pues, había una riqueza contradictoria porque mientras en Altazornos parecía hallar una libertad sin límites, en Piedra de sol encontrábamos una libertad distinta o, como el propio Paz dijo, una “libertad bajo palabra”, o sea, limitada. Sin embargo, incluso en este poema parecía dominar, de manera absoluta, el caos. Creo que en algún lugar el sorprendente poeta Marco Antonio Montes de Oca habló, revelando el rechazo al que aludí, de los sonetos de maceta. En este contexto se me apareció, primero, Enrique González Martínez y, después, Ramón López Velarde. González es muy bueno, pero López Velarde es fuera de serie, ya que dominó la forma, pero al mismo tiempo la trastocó acentuándola y creando ideas oscuras con simetrías extrañas. En López Velarde siempre hay invención verbal y, a la vez, una profundidad del corazón y de la inteligencia, difícil de explicar. Observas claramente esta mixtura en el verso “¿Será esta sed constante franciscana o polígama?”,un alejandrino lleno de humor y filosofía, también lleno de tradición y de provocación. A mí me parece que en el poeta de “El candil” hay una vanguardia de una índole muy distinta de la vanguardia ortodoxa, esta última, a veces, infantil y previsible. López Velarde vislumbró esta gratuidad en sus picores sobre Apollinaire, cuando discutía con Tablada. Hoy podemos leer con sorpresa muchos de los poemas de López Velarde. Es cierto que en él puedes encontrar el modernismo, pero también formas góticas y formas expresionistas y una potencia crítica que tiene que ver más con nuestro tiempo.

¿Qué buscabas, que nadie hubiese estudiado ya en la obra poética de este personaje de provincia, y qué encontraste en tu búsqueda que no te habías propuesto investigar?

Me desconcertó darme cuenta de que en torno a La suave Patria había opiniones contradictorias. Gorostiza y Díez-Canedo apreciaban en alto grado este poema, pero Torres Bodet y Villaurrutia no. Paz tampoco lo considera una pieza “perfecta”, tiene reparos, hasta cuestionó el título, que tiene un significado esencial para entender el poema. Cuesta sí descubrió la hondura, pero la redujo al problema de la puerilidad, de la infancia, del niño que vive en el hombre, y no se dio cuenta del mensaje secreto del poema. Esta diversidad de opiniones me llevó a tratar de comprender a fondo la composición y descubrí, gracias a Enrique González Rojo, que La suave Patria es sobre todo un reproche, un texto crítico. En él hay un repudio decidido de la violencia, del caudillismo y de la perversa polarización y, por tanto, en él hay el germen de una crítica al autoritarismo de los gobiernos de la Revolución mexicana y del retroceso democrático actual.

Se ha hablado mucho sobre las lecturas de López Velarde de los simbolistas franceses. ¿Cómo interpretas al poeta decimonónico junto al autor atraído por las nuevas corrientes estéticas del siglo XX?

La biblioteca de López Velarde es rica, no sé si en términos cuantitativos, pero sí en términos profundos. Leyó muy bien la Biblia y conocía a los clásicos, por razones biográficas claras (su estancia en el seminario), y leyó muy bien a Baudelaire y a Góngora y con ellos, después, a Lugones. Todos sus lectores destacan estas lecturas, que por otro lado ahora podemos percibir muy bien. A partir de estos autores y con su enorme intuición estaba creando una nueva poesía. La “experimentación” de López Velarde era de “vanguardia”, pero muy distinta a las formas vanguardistas convencionales. Estaba, en cierto sentido, reinventando la rima llevándola al extremo a través de la rima mono-rima. El mejor ejemplo de esta renovación es la obra inacabada, pero extraordinaria, “El sueño de los guantes negros”.

Has hecho hallazgos de la retórica lopezvelardeana. ¿En qué consisten dichos aciertos e innovaciones?

No sé si son hallazgos, pero, por ejemplo, en el poema “El ancla” hay una mixtura de rima y libertad imaginativa donde es posible decir cosas tan increíbles, casi surrealistas, como “Besar al Indostán y a la Oceanía,/ a las fieras rayadas y rodadas” o crear dísticos llenos de pensamiento como “porque mis cinco sentidos vehementes/ penetraron los cinco continentes”.

López Velarde fue el poeta de La suave Patria que aprendimos a abominar muchos estudiantes de primaria y secundaria por sus tintes nacionalistas, y luego a admirar cuando fuimos lectores críticos. ¿Cómo fue y es tu experiencia con ese poema y su autor?

La suave Patria es el poema de la patria contra la patria. Mi experiencia fundamental se reduce a este descubrimiento. Cuando era adolescente no comprendía cómo el texto que nos vendían como un himno nacional no era patriotero, sino suave, lleno de figuras femeninas. Nada que ver con los fanáticos de la Revolución mexicana, que se sulfuran con las charreteras y los sombreros con copa de piloncillo. Este poema, en realidad, es la refutación de todo ese amasijo de chillones lugares comunes. Desde la mirada de un crítico, de un crítico de la Revolución, de un chuan, López Velarde arma, por contraste y con una bonhomía deslumbrante, el reproche radical al autoritarismo, al machismo, al culto a la personalidad y a la polarización; y nos da la clave de la felicidad: “sé siempre igual, fiel a tu espejo diario”, o sea, lo contrario a la inautenticidad de los políticos y la política. En un giro inesperado, López Velarde es un crítico del aciago momento que vivimos con el renacimiento del autoritarismo, del caudillismo.

Un poeta de tan solo 33 años ha inspirado más ensayos y estudios que muchos otros grandes poetas longevos. ¿Cuál es tu apreciación del fenómeno?

Demuestra que la obra de Ramón López Velarde es un misterio, como es un misterio la obra de Rulfo.

¿Cómo identificas al joven López Velarde entre los vanguardistas mexicanos?

En un sentido inopinado, es un vanguardista radical y deja muy atrás a los vanguardistas de manifiesto de México. Quizás es exagerado, pero es sorprendente cómo aún hoy en día su poesía sigue siendo tan original y, a pesar de sus oscuridades, tan llena de significado. Obviamente, en términos convencionales o de historia literaria, no es un vanguardista, pero su mundo verbal y humano es tan novedoso y, a la vez, tan secreto que, a mi manera de ver las cosas, merece un nombre de esa naturaleza por su carácter trascendente y recóndito.

Ramón López Velarde no es un personaje lineal, sino contradictorio y tal vez ambiguo, conservador y moderno, tradicionalista y experimental o vanguardista, cristiano convencido y mundano, provinciano y capitalino, muerto prematuro y poeta consagrado. ¿Cuál es tu opinión de esas paradojas?

Todos sus lectores han destacado este carácter contradictorio. Villaurrutia explica cómo López Velarde era consciente de su drama interior que consistía en saberse en zozobra, dividido, “coexistiendo en su interior”. Y destaca que era muy difícil encontrar en la poesía mexicana a alguien con una conciencia tan aguda de sí mismo. Por eso Villaurrutia dice que éxtasis y placeres lo atraían con la misma fuerza.

¿Cómo recomendarías leer la obra de Ramón López Velarde a un lector no especializado en su poesía y cómo interpretar su vida ante su obra?

Aun ahora sigue siendo un reto leer a López Velarde. Desde luego, hay un lado que se nos da inmediatamente, sobre todo en poemas como “El tzenzontle”, “El viejo pozo” o “Las desterradas”, poemas que, sin dejar de poseer una elaborada composición, le permiten al lector común entrar con relativa facilidad. Sin embargo, en él hay otros poemas en los cuales lo que él llamó “las ecuaciones psicológicas” cobran si no una dificultad, sí un carácter poliédrico que hace que nuestra lectura sea no directa, con veladuras o incómoda. En estos poemas una lectura múltiple es obligada para conseguir entrar en el álgebra barroca de su poesía. En nuestro poeta, la extrema elaboración del significante entraña, como quería Darío, una extrema elaboración del significado. Hay que leerlo sin caer en la comedia de la admiración de la que habló Villaurrutia.

¿Cómo concibes una casa cultural dedicada a su memoria y su legado, a la poesía?

La casa cultural dedicada a Ramón López Velarde tendría que ser como las que hay en otras partes del mundo dedicadas a Pessoa, Borges o a la poesía, es decir, tendría que ser un lugar destinado, en primer lugar, a estudiar y difundir la obra de Ramón López Velarde y, en segundo lugar, para continuar desarrollando múltiples actividades en torno a la poesía mexicana, que es uno de los patrimonios fundamentales de la cultura universal de México. Es inconcebible que las autoridades de la Ciudad de México no comprendan esta tarea fundamental. Pero en la actualidad, por desgracia, a quienes dirigen la cultura solo les interesa la propaganda, la sumisión, es decir, formas absolutamente anticulturales y, en particular, antipoéticas, porque la poesía, como dijo López Velarde, es un sistema crítico que ilumina, no solo el mundo interior, sino también nuestro entorno, como sucede en La suave Patria.

AQ / MCB

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