El Mundial de futbol ha sido el simulacro de una guerra mundial. Toda guerra tiene público en vista de que se trata de una carnicería ritualizada y condicionada por las tarjetas rojas. Es un Mundial entre distintos países en un mundo dominado por la coexistencia de diferentes patrias. En la selección de Marruecos, por ejemplo, ninguno de los titulares nació en tierras marroquíes. Cada uno de los hermanos Williams juega en selecciones distintas, la de Ghana y la de España. Luca, el hijo de la estrella de Francia, Zinedine Zidane, ha sido el portero de la selección de Argelia, la tierra de sus abuelos. Como en ninguna época de la historia, hoy hay millones de personas que pertenecen a más de un país. Eso no los hace pertenecer menos a su selección, como afirmó el estúpido comentario de Mariano Rajoy en estos días.
El cine ha dado lugar a muchísimas historias de inmigrantes, desde Casablanca hasta Sin nombre, la conmovedora película de Cary Fukunaga ambientada en la frontera mexicana. Sin embargo, en estos días he recordado la historia de Nino, el personaje de Pan y chocolate, dirigida por Franco Brusati, que protagonizó hace más de cincuenta años Nino Manfredi.
Nino es un inmigrante italiano en Suiza. Trata de abrirse paso como camarero en un restaurante de lujo. Una de sus primeras obligaciones es saber cortar una naranja de un modo primoroso, como lo hacen los otros camareros. No puede y tiene que abrirla a mordiscos. Cuando lo sorprenden orinando en la calle, le revocan el permiso de trabajo. Empieza una vida clandestina en Suiza. Conoce a Ana, una refugiada griega, que aparece en los bellos ojos de Ana Karina. Cuando un millonario que lo iba a ayudar muere, Nino se refugia con un grupo de napolitanos que cuida gallinas. Allí viven todos, con la ropa condecorada por plumas de las aves. Se sienten tan rebajados, que empiezan a cantar como las gallinas que cuidan. En una de las escenas más reveladoras, estos trabajadores castigados ven aparecer en el campo a unos jóvenes suizos, rubios y esbeltos. Aferrados a unos alambres, contemplan los cuerpos desnudos, ejemplos de una especie de Olimpo del primer mundo. Luego de verlos, Nino se pregunta quién es. No sabe si es italiano o no. Entonces se pinta el pelo de rubio. Va a querer ser o parecer un suizo. Entra a una taberna. Hay un partido de futbol. Está jugando la selección de Italia contra el equipo local. Al comienzo, Nino se une al resto. Abuchea a Italia. Pero cuando Fabio Capello mete un gol, salta de alegría. Grita el gol de Italia. Es italiano. Lo echan de la taberna.
Al final de la película, debe embarcarse de regreso a Italia. En la última escena, sin embargo, todo ha cambiado nuevamente.
La historia de la soledad de Nino es la de infinitos inmigrantes. Todos han contribuido a enriquecer el país al que llegaron sin negar su país de origen. Pero cuando se trata de un partido de futbol, obedecen a una identidad profunda. Van al país donde ellos o sus padres nacieron.
AQ / MCB