Hay novelas que construyen un misterio y hay otras que construyen una atmósfera. Bucareli 158 (Tusquets, 2026), de José Manuel Cuéllar Moreno, pertenece a la segunda estirpe: desde las primeras páginas nos instala en un espacio donde el tiempo parece haberse plegado sobre sí mismo y donde la ciudad deja de ser un escenario para convertirse en un organismo que conserva, bajo sus muros, la memoria de todo aquello que preferiríamos ignorar.
Bucareli 158 parte de una premisa aparentemente sencilla: una antigua casona de la calle Bucareli y una mujer, Ifigenia, cuya vida transcurre siguiendo una rutina casi ceremonial. Sin embargo, basta un hallazgo mínimo, un diente en un orificio de la pared —que trajo a mi memoria la inquietante novela El quimérico inquilino de Roland Topor—, para que el edificio comience a revelar otra historia: una historia en la que el espiritismo, el poder político, las élites mexicanas y la violencia parecen formar parte de una misma tradición secreta. Lo sobrenatural nunca aparece como un mero artificio del género; funciona como una forma de interrogar aquello que la historia oficial no alcanza a explicar.
Una de las mayores virtudes de la novela es que no convierte el terror en espectáculo. Lo inquietante nace de la sospecha de que los mecanismos del poder poseen una dimensión ritual, casi litúrgica, que sobrevive a los cambios de gobierno, a las transformaciones urbanas y a las distintas épocas del país. En ese sentido, la casa de Bucareli no es únicamente un edificio: es una metáfora de México, un espacio donde el pasado nunca desaparece del todo, sino que permanece oculto bajo nuevas capas de historia que repiten una y otra vez, en un loop transgeneracional, la crueldad de los círculos de poder que confirman la visión de Pasolini en Saló o los 120 de Sodoma: la perversión y el poder siempre se toman de la mano.
José Manuel Cuéllar dialoga con varias tradiciones narrativas. Hay ecos de la novela gótica, del horror cósmico, el horror filosófico, de la literatura fantástica y del thriller histórico. En la lectura de Bucareli 158 recibimos un soplo de Aura de Carlos Fuentes; de Otra vuelta de tuerca de Henry James; de El vampiro de John Polidori; de Nethescurial de Thomas Ligotti; pero también una profunda conciencia de la ciudad como archivo de fantasmas. La Ciudad de México aparece aquí como un territorio donde cada edificio guarda una memoria y cada calle puede ser la entrada a otra realidad.
Quizá la pregunta central que me deja la novela sea: ¿qué ocurre cuando descubrimos que los verdaderos fantasmas no pertenecen al mundo de los muertos, sino a las estructuras de poder que siguen organizando la vida de los vivos? En ese desplazamiento reside buena parte de la fuerza del libro. Más que una novela de terror, Bucareli 158 es una exploración de las formas en que la violencia, la memoria y el poder se transmiten de generación en generación. Y esa es una inquietud profundamente contemporánea.
Norma Lazo es narradora y ensayista. Autora de novelas, libros de cuentos y ensayos, su obra indaga en el horror, la violencia y la subjetividad desde una perspectiva estética y crítica. Su novela más reciente es ‘La visible oscuridad’.
AQ / MCB