Roberta Garza fue una de las primeras periodistas en México en escribir sobre Marcial Maciel y su extensa cauda de crímenes, a quien conoció y vio cómo embrujó a su familia; ella misma estuvo a un paso de consagrarse a él y a los Legionarios de Cristo a los quince años, pero tuvo una epifanía al ver una película de George Lucas que la hizo recapacitar. Embaucador consumado, Maciel y su cofradía cargan una infeliz fama debido a decenas de reportajes, libros y documentales, incluyendo el podcast Sacred Scandal. The Many Secrets of Marcial Maciel, de la propia Roberta.
Psicóloga clínica por la Universidad de Monterrey y profesora de Literatura en el Tec de esa ciudad, Roberta se haría periodista en 1997, cuando se inició en el Diario de Monterrey. Su formación como psicóloga, docente y periodista le permite analizar los complejos mecanismos del adoctrinamiento y las dinámicas de control, poder y manipulación, como lo hizo en los casos de Maciel y de la secta NXIVM, fundada por Keith Raniere, quien sometía a esclavitud sexual a mujeres vulnerables, sobre todo de las élites y con visibles carencias emocionales. Roberta lo documentó en Márcame, amo. La verdadera historia de Keith Raniere y sus esclavas mexicanas (Cal y Arena, 2021).
Pudo haber elegido una vida cómoda y sin sobresaltos en su natal San Pedro Garza García, uno de los municipios más ricos del país y con mayor PIB per cápita de América Latina, pero Roberta, inquieta e inquisitiva desde niña, decidió fugarse de aquella opresiva jaula de oro —a un alto costo, como nos lo cuenta en su fascinante libro Los dueños del norte. La historia no contada del poder en Monterrey (Planeta, 2026)—. Tras dar por terminado un infausto matrimonio de quince años —se casó a los diecinueve, cuando pensaba que no había vida más allá del Cerro de la Silla—, abandonó la ciudad de las montañas y se instaló en la Ciudad de México; después, para vivir los días y los años al lado de su actual marido—poeta y, además, su tocayo—, escogió Nueva York, acaso llevada de la mano por su colega Nora Ephron: “Miro por la ventana y veo las luces, el horizonte y la gente en la calle corriendo de un lado a otro en busca de acción, amor y la mejor galleta de chocolate del mundo, y mi corazón da un pequeño salto de alegría” (de su novela Heartburn,1983). En la Gran Manzana, Roberta cubrió los juicios de Raniere y del Chapo Guzmán.
Sin guardarse nada, Roberta Garza narra la historia de la capital de Nuevo León, la de su familia y la de su propia vida, desde que nació en el seno de una próspera y poderosa familia de empresarios, encabezada por los hermanos Eugenio y Roberto Garza Sada —su abuelo—, hijos de Isaac Garza Sada, uno de los fundadores de la Cervecería Cuauhtémoc en 1890. Se trata de un relato escrito con una prosa grácil, aguda y coloquial, en el que describe cómo la familia construyó un imperio económico y con decisiva influencia en la política y la cultura, vinculado estrechamente con la religión en una versión casi medieval.
Al pie de las escarpadas faldas de la Sierra Madre Oriental, Monterrey fue fundada el 20 de septiembre de 1596 por Diego de Montemayor. Muchos de los fundadores eran “cristianos nuevos”, es decir, judíos sefarditas que se habían convertido al cristianismo, aunque no pocos practicaban en secreto la antigua fe mosaica. Descubiertos, fueron perseguidos y procesados por la Inquisición. Los empresarios de Monterrey descendían de aquella estirpe, que cayó en el olvido al imponerse la hegemonía católica. Por cierto, nos cuenta Roberta, Eugenio Garza Sada y el arzobispo ordenaron en 1969 la expulsión de la Compañía de Jesús de la ciudad, lo que abrió las puertas a los Legionarios.
Los hermanos Garza Sada transformaron la Cervecería Cuauhtémoc en un emporio y crearon empresas que dieron lugar a muchas más, de Visa a Femsa, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, HYLSA, el Grupo Alfa, Famosa... A comienzos de los años setenta el holding Valores Industriales contaba con noventa empresas que empleaban a 33 mil trabajadores, que contaban con seguro médico, educación, vivienda y otras prestaciones. Los hermanos Garza Sada invirtieron en medios de comunicación, como la Editora el Sol, que daría origen en 1938 al diario El Norte. En 1937 compraron la estación de radio XET y fueron cofundadores de Televisión Independiente de México —donde lanzaron El chavo del 8 y a personajes como Raúl Velasco y José Ramón Fernández, además de Los Polivoces—, la cual, por presiones del gobierno federal, se fusionó en 1968 con Telesistema Mexicano, después Televisa.
Luis Echeverría llegó a la presidencia de México el 1 de diciembre de 1970. Su gobierno se distinguió por su discurso populista y estatista que pretendía disminuir la desigualdad social y resolver los problemas económicos del país, de los que culpaba a “la oligarquía”. El 17 de septiembre de 1973 Eugenio Garza Sada fue asesinado durante un intento de secuestro por la Liga Comunista 23 de Septiembre —fundada en Guadalajara y en la que hubo cuadros provenientes del Tec y de la UANL, estudiantes radicalizados por el marxismo y la Teología de la Liberación—. Los líderes empresariales culparon al presidente de fomentar un clima de odio que legitimaba la violencia guerrillera.
Otro episodio que Roberta relata es el del secuestro del avión de Mexicana de Aviación en 1972 por cuatro miembros de la Liga de Comunistas Armados, desviado a Cuba, donde exigieron al gobierno mexicano la liberación de sus compañeros presos. En el vuelo 705 viajaba el papá de Roberta, Dionisio Garza Sada; uno de los secuestradores era Alberto Sánchez, quien en La Habana conocería a Hilda Guevara, hija del Che, con quien tendría un hijo, Canek Sánchez Guevara. Por caprichos de la historia, Alberto y Canek se volverían amigos de Roberta.
Fueron años de convulsiones y violencia en una ciudad que era conocida por su carácter industrioso, pero también una cuya élite estaba permeada por un machismo descarnado en la que las mujeres estaban relegadas a un segundo plano: el de esposas y madres ejemplares. Podían estudiar mientras se casaban con un joven heredero, después dedicarían su vida a embellecerse —muchas veces con operaciones quirúrgicas—, a reuniones sociales y a obras de caridad cristiana. Imposible pensar en divorciarse, pues las mujeres que se atrevían eran vistas como demonios. No puede haber amistad entre un hombre y una mujer, decía la misógina madre de Roberta, a quien describe como muy hermosa, fría y distante con ella.
Después de romper con todo eso la vida de Roberta dio un vuelco radical. Dejaba atrás una comunidad hipócrita en la cual la religión, la familia y el poder económico se refuerzan mutuamente. Años de lágrimas, dolor y angustia quedaban atrás. Roberta cierra su novelesca historia con estas líneas —con las que, finalmente, podemos respirar, aliviados—: “Aquella noche, cuando por fin dije adiós, esta mujer indecente salió a la terraza para llenarse hasta reventar de un cielo resplandeciente de luna llena mientras, de reojo, veía que quien hasta ese día había sido mi esposo me observaba, atónito, por una rendija de la ventana. Poco me importó, por primera vez en muchos años, me sentí feliz”.
AQ / MCB