Cultura

‘Antes de Otis’, de J. M. Servín: Acapulco es otro balneario de la Ciudad de México

Reseña

En ‘Antes de Otis’, la memoria le sirve a J. M. Servín para construir una novela que va y viene en el tiempo rebelándose contra toda normativa literaria.

Antes de Otis, la novela más reciente de J. M. Servín (Ciudad de México, 1962), representa la madurez y al mismo tiempo la energía subversiva del autor. Es una obra segura de sí misma. No le importa corresponder a un modelo literario y al mismo tiempo no es experimental. Al autor no le interesa el vanguardismo ni la ruptura por sí misma, sino contar una historia.

Esta novela también es una crónica centrada en una ciudad, Acapulco. Paraíso de excesos que convoca a maniáticos, prófugos, nostálgicos, rockeros y mafiosos. Es imposible no ver las conexiones con Mi vida no tan secreta, novela testimonial en la que Servín cuenta sus andanzas de infancia y juventud, los años vividos en la unidad habitacional “Infiernavit”, en el aquel entonces Distrito Federal.

A su manera, Antes de Otis es una obra de historia de lo que con Servín llamamos la Infamia Mexicana. Es un campo de estudios cada vez más nutrido y bien documentado donde habitan historiadores y escritores dedicados al pesimismo retrospectivo y la ironía. En este libro convergen relatos de los mundos criminales del México de mediados del siglo pasado. Virginia Hill es uno de los personajes centrales, la “Reina de la Mafia”, que colaboraba en la organización mafiosa estadunidense de las actividades más ilegales y seductoras alrededor de las cuales emergió el Acapulco actual. En Yo soy el Mandrake, Servín le dedicó un capítulo a Hill, personaje fundador en el crimen moderno que representa los orígenes de una decadencia mexicana que persiste por décadas.

Antes de Otis contiene una reflexión sobre el oficio de escritor. Ahonda en lo que cuesta remar a contracorriente en términos económicos y sociales. Con el paso de los años, Servín se da cuenta de que en el mundo de la literatura hay “tráfico de influencias, grilla y recomendados por todas partes, de eso podía depender tu fracaso como escritor y, por qué no decirlo, todo alrededor. Funciona igual que la mafia siciliana: todos saben quiénes son los capos y sus subalternos, pero ocultos en su Omertá aparentan su vocación por las letras y eliminar del mapa a los indeseables. Mario Puzzo trasladado al priismo literario”.

Antes de Otis contiene referencias más o menos explícitas a otros autores que han escrito sobre Acapulco. Enfatiza la presencia de José Agustín. Se está haciendo tarde (final en laguna) descubrió las posibilidades de la geografía y los peligros de Acapulco. La playa y las casas cerro arriba eran como una puerta para entender personajes que huían quién sabe de qué o quién, o perseguían placeres desordenados y por eso mismo más reales que los que interesaban a la literatura consagrada.

Pero también están Kerouac, Garibay, Puzzo, Revueltas.

Al final, preguntarse si es novela, memoria, historia o ensayo no importa tanto, porque puede incorporar en la ficción esos otros géneros. Está contada en la voz sardónica, a veces cruel y a veces socarrona de Servín. Está narrada en una primera persona que nos obliga a escuchar. Empieza con frases sentenciosas que a la primera nos podrían sonar moralizantes o casi bíblicas o nietzcheanas: “Quedó comprobado que todo lo que vale la pena está en extinción, mientras la especia humana prolifera”. Pero a medida que avanza la lectura vemos que hay mucho más. Se montan historias unas sobre otras y eventualmente convergen en el sentido del escritor que se aleja del mundo. La voz monológica se diluye en una cantidad de confesiones, jactancias, abusos y arrepentimientos que ponen en perspectiva cualquier certidumbre inicial.

Las interjecciones aparentemente morales no son más que parte de la ficción. Antes de Otis no contiene fábulas morales y el lector que intente buscar un manual de ética acabará mal.

El libro es ficción y verdad porque juega con la presencia de múltiples J. M. Servines. Está el narrador que describe lugares con precisión y sin nostalgia: Acapulco, el Distrito Federal, París. De repente, ese narrador se desvía de la acción para contar episodios de la historia infame de Acapulco y México. Algunos de estos episodios probablemente ocurrieron pero otros quién sabe. El mejor de ellos, en mi opinión, es el encuentro del líder del culto asesino de California, Charles Manson, y el narrador mayor de los beatniks, Jack Kerouac. Coinciden en una cantina miserable, quizás en la década de 1950. Los atrae la infamia pero los separa, para fortuna de la literatura, la borrachera inmisericorde del segundo. Kerouak era “Un escritor gringo aún desconocido y vagabundo” y Manson celebraba en la cantina “un inframundo que reflejaba el suyo”. Manson era “como otros gringos lumpen de alta peligrosidad que veían a México como un santuario de proscritos”. En una entrevista desde la cárcel, Manson afirmó que estuvo en Acapulco, donde cometió un asesinato. Manson le roba dinero a Kerouak y un cuaderno de notas. “El sórdido DF convertiría a dos buscavidas en figuras inmortales de la cultura pop. Jamás volverían a encontrarse”. El encuentro en la cantina probablemente no sucedió, pero tiene sentido en el entramado de tiempo y espacio de este libro.

También está el personaje de ficción llamado J. M. Servín, o Juan Manuel. Leemos sobre sus historias de amor y desamor. Este Servín se involucra en algunas actividades claramente ilegales que nunca asociaríamos con el autor J. M. Servín. Sugeriría leer con cuidado.

El otro Servín es el autor que se entromete en la narración y reflexiona sobre su propia vida, la vejez, la enfermedad: “He ingresado al pasillo de la vejez. Una proeza llegar sin mayores consecuencias con la vida que llevo”. Y pocas páginas después: “Mantenerse sano es un negocio millonario tanto como morir”. Un aspecto de la novela que la hace tan madura, que va más allá del experimento o la provocación, es su estructura. No quiero ponerme muy técnico con esto pero detecto cierto desprecio hacia esas construcciones sofisticadas, esas “urdimbres narrativas” que hoy en día tienen gran prestigio en la industria editorial. Esas “construcciones” pueden ser pretenciosas cuando intentan reemplazar, con el recurso de cortar y pegar párrafos desde el procesador de palabras, la energía que viene de simplemente contar una buena historia. Servín construye algo que tiene como lugar central, o como basamento, al puerto de Acapulco.

Un lugar construido por las confabulaciones de mafiosos italianos y norteamericanos, políticos corruptos mexicanos, actores de Hollywood, que van de la plena energía libidinosa a la decadencia alcoholizada y empastillada. “Acapulco es populachero y elitista, tracalero, chacotero, servil, libidinoso, convenenciero, cruel y asesino. Su libertinaje cosmopolita esconde una mátrix turística agotada. Al puerto lo devoró la corrupción gubernamental”.

Un personaje paradigmático es Johnny Weissmuller, el Tarzán de las películas de los años treinta, que prefirió acabar sus días en el hotel Flamingo antes que caer en manos del “negocio millonario” de la salud. Habita la novela como un fantasma que vaga por los pasillos del hotel, emitiendo su famoso grito que convocaba a los elefantes. Lo persigue a Servín junto con el recuerdo de su padre, o más directamente como un recordatorio de lo que significa la vejez en Acapulco: la decadencia que va del gozo a la enfermedad.

Acapulco también es el objeto del deseo de los chilangos. La fantasía del escape del DF por excelencia: subirse a un vocho o a un Flecha Roja y llegar a la Costera o a alguna playa, en un arranque espontáneo de libertad. Acapulco es el lugar para hundirse en el calor tropical, la belleza natural contaminada, las sustancias psicoactivas legales o ilegales, el chupe o el “postre”, la playa donde “la ebriedad flotaba como plaga de medusas”.

Como lo muestra Servín, esos arranques de libertad por lo general no vienen precedidos por un cálculo presupuestal muy riguroso. En otras palabras, Acapulco es un lugar donde uno puede tratar de llevarla con tres pesos, o derrochar las ganancias de la lotería nacional o de un premio literario (que viene siendo lo mismo, como afirma el narrador).

Inevitablemente, los visitantes, incluso los chilangos más maleados, caen pronto en manos de “la tradicional cortesanía que disfraza ese resentimiento tracalero del mexicano en general y que brota de inmediato en los servicios turísticos”.

Acapulco también es el lugar donde se entrelazan las historias del personaje Servín en distintos momentos del tiempo. Nos lleva a una infancia y adolescencia llena de esas peleas, regaños, humillaciones asociadas con la convivencia demasiado cercana de padre, hermanos. hermanas, primos. Acapulco en realidad no es un escape del DF, del Infiernavit o de Villa Coapa, donde también vivió el protagonista, sino una extensión más relajienta de esas relaciones familiares densas, cómicas y a veces crueles.

En distintos momentos del tiempo, Acapulco es el lugar donde se juegan relaciones nuevas o fracasadas, donde el espacio que dan el mar y la decadencia exhiben las incompatibilidades de las parejas, pero también los deseos y las amistades fraternales. En la geografía de la novela, Acapulco es el lugar donde vienen a revelarse y resolverse los problemas distantes que empezaron en París. La relación del personaje Servín con Margot, con quien se casó en Francia, se entrecruza con la crónica de la infamia de Acapulco y los recuerdos desde la edad avanzada de sesenta años.

París es el anti-Acapulco: el lugar gris de la frialdad, la soledad, las pretensiones pequeñoburguesas y su claustrofóbica vida doméstica, los rebusques burocráticos para sobrevivir. Un lugar sin entusiasmo ni libertad. En el capítulo VII hay páginas excelentes que giran alrededor de la comedia francesa de la asistencia social: todo lo que hay que hacer para cobrar el seguro de desempleo. El personaje Servín era obligado a asistir a reuniones de orientación en las que “los funcionarios parecían ocultar, tras su pachorra, una perversidad conductista para mediar con marginales, muchos de ellos irredimibles, en una sociedad donde la franja entre viejos y niños tenía de relleno una mentalidad cartesiana y cortesana del éxito”.

Sin embargo, París también es el lugar donde el oficio de escritor se afirma y donde el protagonista salió “de mi closet vocacional”. Una ciudad donde “procuraba pasar el mayor tiempo posible en las calles. Me atraía inevitablemente su clima voluble, sus mendigos bien comidos y altaneros, el garbo de las mujeres, aparentemente retraídas, el lujo de los aparadores, pasar horas sentado en una banca frente al Sena”.

Toda la novela ocurre antes del huracán Otis, que causó gran destrucción en Acapulco en octubre de 2023. Este es el punto de fuga temporal que está latente en una narración donde los tiempos de la trama se juntan y se separan, van y vuelven. Hay una vibración de catástrofe inminente en cada página. Pero no es un apocalipsis.

La última visita del autor al puerto nos deja otra fotografía: “La playa atiborrada de vulgaridad en traje de baño. A lo lejos, en el mar sucio y tranquilo, cruza un buque. Hay decenas de vendedores ambulantes. Estamos en una de las playas más feas del mundo, probablemente. Es como el centro de la Ciudad de México pero con playa”.

Desde la distancia de la sabiduría sexagenaria, el autor Servín le puede dar un significado distinto al huracán y al pasado. Autor, narrador y personaje observan la bahía tomándose un trago desde la alberca del hotel Flamingo: “Qué fatigoso acordarse, con detalle, de los hechos del pasado. La memoria es voluble y mentirosa. Mezcla todo y convierte la melancolía en otro engaño”.

Por eso es mejor hacer de la memoria material de la ficción.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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