Cultura

El poder, la familia y la mujer en Monterrey, según Roberta Garza

Al margen

En entrevista, la escritora y periodista Roberta Garza habla de su libro ‘Los dueños del norte’, en el que emprende un recorrido crítico, incisivo, irónico, por el devenir de la capital de Nuevo León, ligado a la historia de su familia y sus propios

Los dueños del norte. La historia no contada del poder en Monterrey (Planeta, 2026), de Roberta Garza, es un libro ameno, crítico, por momentos implacable con la sociedad regiomontana, de la que ella formó parte como miembro de una de las familias más poderosas no solo de Nuevo León, sino del país (uno de sus tíos fue el legendario Eugenio Garza Sada).

Con documentación de archivos, bibliotecas, hemerotecas, la autora realiza—como escribe en el prólogo— un “recuento personal y selectivo de la historia no oficial de mi terruño que, voluntaria o involuntariamente, fue semilla de no pocos momentos fundacionales del México moderno”. No se guarda nada, alude al conservadurismo, a la educación confesional “rezumante de misoginia”, a la presencia seductora de Marcial Maciel en esa sociedad; habla de su temprano deseo de escapar de la “jaula de oro” en la que había nacido en 1966.

Este libro, señalan los editores en la contraportada, “es el retrato de familia de quienes erigieron una ciudad de industrias boyantes e instituciones respetables, [pero también una historia] de fanatismo religioso y silencios cómplices”.

Este es el libro del que habla su autora, quien actualmente radica en Nueva York, en una entrevista por correo electrónico.

¿Por qué decidió escribir este libro? ¿Qué la hizo contar esta historia de Monterrey, en la que desde el principio su familia es protagonista?

Porque siempre me ha molestado la propensión de la sociedad donde crecí a la negación, a la higienización polarizada de la realidad: nosotros somos los buenos, los grandes, los probos, y los demás, los diferentes a nosotros, son lo opuesto. Crecí oyendo todas estas historias de personajes por una parte satanizados y por la otra casi elevados a los altares, pero, al crecer, lo que me mostraban mis ojos y oídos me aparecía muy diferente de las versiones oficiales. Por no mencionar la infinidad de viñetas borradas de la memoria colectiva: el antisemitismo de algunos próceres, las semillas de la guerrilla plantadas en la ciudad, los pecadillos de los patriarcas y los vicios de las matriarcas. Y, claro, al preguntar u objetar, se me decía, sin la menor traza de ironía, que no debía creerle a mis sentidos sino al catecismo. Este libro fue tomando forma como una manera de registrar tantas cosas de las cuales, en mi infancia y juventud, no se podía hablar.

Los dueños del norte. La historia no contada del poder en Monterrey
Portada de ‘Los dueños del norte. La historia no contada del poder en Monterrey’. (Planeta)

Al hablar de la sociedad regiomontana, usted refiere su espíritu emprendedor, su acendrado conservadurismo, pero también de lo que se oculta detrás, por ejemplo el racismo de personas como su madre, quien no toleraba la piel morena. ¿Podría decirnos qué otras actitudes de sus paisanos la hicieron alejarse de la ciudad donde nació?

La lista es larga, pero dos me asfixiaban más que las demás: una era la ya descrita incapacidad de enfrentar la realidad cuando ésta contradecía los mitos fundacionales regios, y la otra, que se engarza necesariamente con la primera, era el rechazo casi universal a la inteligencia y al pensamiento crítico. Si uno quería evitar ganarse miradas sucias o extrañadas debía limitar las conversaciones en buena sociedad exclusivamente al clima, los chismes, el futbol o las modas. El mundo, los libros, el cine, la política o casi todo lo que cayera fuera del calendario social difícilmente importaba.

En algunos momentos, parece que está realizando un ajuste de cuentas con su mamá, siempre distante, severa, prejuiciosa. ¿Es así?

En las relecturas iniciales del libro me lo pregunté una y otra vez. Mi intención no fue esa, aunque entiendo que pueda aparecer así. Lo que quise aquí, como en tantos otros temas a lo largo del libro, fue retratar lo que viví cotidianamente en casa contra esta versión universalmente aceptada que la describía, en boca de todos, hasta su muerte, como una ejemplar madre y esposa cristiana. De nuevo, esta disonancia entre la realidad y el mito que para mí fue y sigue siendo como rayar las uñas en la pizarra.

Hay, por otra parte, un recuerdo cálido de su padre. ¿Cómo fue su relación con él? ¿Qué piensa del mundo en el que él se movía?

Mi padre fue un hombre gozador, inteligente y casi universalmente querido. Pero su educación estricta lo formó en un molde que nunca quiso o pudo romper: a pesar de su naturaleza amable y generosa se le dificultaba enormemente mostrar afecto. En mi familia los comportamientos humanos tan básicos como dar abrazos, llorar o decir unos te quiero serían vistos como debilidades, sobre todo en los hombres. Encima, quizá por los mismos infranqueables roles de genero de la época y del sitio, él creía a pie juntillas que, así como los negocios eran territorio exclusivo de los varoncitos, la domesticidad debía dejársela entera a las mujeres. A pesar de todo esto, mi relación con él siempre fue linda y grata. Compartíamos el gusto por la lectura, la música y la naturaleza, que no recuerdo, o por lo menos no con la misma enjundia, en ninguno de mis hermanos.

Usted dice que, como otras mujeres y hombres de la alta sociedad regiomontana, como su hermano sacerdote y su hermana consagrada, cuando era adolescente también se entusiasmó con el carisma de Marcial Maciel. ¿Qué piensa al escribir sobre ese episodio y aun publicar algunas de las cartas que recibió de él?

Me sigue dando un poco de náusea, y creo que nunca se me va a quitar del todo al repasar esos recuerdos. Soy consciente de que, comparada con otros miembros de mi familia, fui afortunada al haberme podido sacudir la huella de Maciel, aunque fuera con mucho trabajo y muchos años después. De una cosa estoy segura: eso nunca hubiera sucedido de haber negado, enterrado u ocultado lo que viví, como es la costumbre en Monterrey a la fecha entre quienes tuvieron “queveres” con Maciel y con la Legión de Cristo.

Hábleme de la condición de la mujer en la sociedad regiomontana. ¿Continúa teniendo una presencia marginal o eso ha cambiado?

Así es. Hay algo menos de rechazo hacia las mujeres que quieren trabajar, estudiar, emprender o en general hacer una vida fuera de la más estricta domesticidad, o fuera del control de los hombres en su vida, pero si contamos cuántas se sientan en los consejos de administración, cuántas ejercen puestos directivos en las grandes empresas locales o cuántas son expertas o líderes de opinión reconocidas fuera de los universos asignados al género como la belleza, la cocina o la crianza de los hijos, es evidente que el papel de la mujer allí sigue siendo en esencia subsidiario, que siguen siendo vistas como intelectualmente inferiores, como emocionales o débiles.

El asesinato de su tío Eugenio Garza Sada por integrantes de la Liga 23 de Septiembre, la quiebra de las empresas de su familia en tiempos de José López Portillo, son algunos de los momentos que registra en su libro. ¿Qué piensa al recordar esos hechos? ¿Cómo la afectaron en lo personal?

Como era bastante pequeña, muchos de estos sucesos, monumentales para los adultos a mi derredor, los registré poco en su momento. Digamos que, por mi edad, y porque hay que recordar que en mi casa los exabruptos y las demostraciones emocionales eran mal vistos, mis experiencias y mis reacciones fueron un tanto inconscientes. Sí recuerdo el miedo y la paranoia cuando mataron al tío, y recuerdo la inseguridad y la desesperación, sobre todo de mi madre, cuando la quiebra. Pero vine a entender la gravedad de estos asuntos al revisarlos después, ya de adulta.

¿Le duele haber dejado atrás a su familia? ¿Extraña a alguien?

Me dolió sobremanera descubrir y enfrentar que esta familia perfecta y feliz como la de la novicia rebelde que yo creía era la mía, esa imagen como de familia Partridge que sobre todo mi madre trabajaba tan duro en proyectar, nunca existió en la realidad. Extraño la fantasía, digamos, el recuerdo de las noches cantando villancicos alrededor del pino en Navidad, y quizás un par de fiestas y de celebraciones. Pero nunca hubo realmente una cercanía real, una liga emocional con nadie, ni mucho menos apoyo o empatía verdadera. Éramos más un corporativo genético que una familia real.

Uno de los capítulos más emotivos de su libro es el que dedica a Canek Sánchez, nieto del Che Guevara y colaborador de la revista MILENIO Semanal, cuando usted la dirigía. ¿Por qué esa relación tan entrañable con este personaje, muerto prematuramente?

No tengo la menor idea. No podíamos venir de contextos más disímiles, pero quizá nos unía, sin que jamás lo hubiéramos discutido, la descomunal hipoteca de uno u otro apellido, de expectativas heredadas al nacer que ni él ni yo pedimos.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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