Nadie confía en casi nadie. No tenemos confianza en nuestros líderes, en nuestros gobernadores, en nuestros políticos. Es la misma razón por la que casi no hay héroes ni en nuestros países ni en el mundo. Los que dirigen la política internacional se nos aparecen como caudillos tribales. Están engarzados en guerras sin fin y sin sentido, sin héroes que mostrar.
Pero el deporte del futbol es el último refugio de los héroes. Allí está Vozinha, el arquero de Cabo Verde en el Mundial. Allí también desfilan Messi o Mbappé o Haaland o Kane. Ellos parecen cumplir con la antigua definición del heroísmo. El que defiende a la comunidad, el que pone el cuerpo y el alma en una causa. Para completar su imagen, sabemos que se han sacrificado para defender a sus sociedades.
En la definición clásica, el héroe es el hijo de un dios y una mortal. Allí están Hércules, Eneas o Aquiles. Es por eso que las cámaras enfocan al padre de Messi o de algún otro, buscando el origen del polvo divino. En ese mismo impulso de buscar héroes donde nos hacen falta encontramos un lugar para los héroes populares. Desde Aquiles hasta el Hombre Araña, pasando por Batman, Superman y Superwoman, le damos rienda suelta a nuestra sed de fabricar seres admirables. Son las compensaciones de nuestras carencias.
A diferencia de la vida, hecha del caos donde no hay ganadores ni perdedores, el deporte muestra un espacio simbólico pero concreto. Los jugadores, la pelota y algunas reglas sencillas y definitivas forman la base de ese universo. El futbol nos ofrece el espectáculo de la concreción en un marco panorámico, hecho como el gran teatro del mundo respaldado por el coro griego de la tribuna. El juego colectivo y el heroísmo individual se dan la mano y los números los definen. Los héroes aglutinan y le ofrecen un cemento a las sociedades fragmentadas y divididas.
Es el mismo fuego sagrado que sostiene a uno de nuestros primeros héroes, Prometeo, que roba el fuego a los dioses y lo trae a los hombres. A él le debemos nuestra civilización. Como un buen héroe, debe sufrir un castigo terrible, atado a una roca en la cordillera del Cáucaso, donde un águila viene a comerle el hígado. “Les di esperanza y así aparté de sus ojos la muerte”, dice Prometeo cuyas cadenas felizmente serían rotas por Hércules. Muchos siglos más tarde, este culto al heroísmo reaparece de un modo puramente realista en el poeta de Medinaceli que compuso el Mio Cid (el que “en buena hora ciñó espada”) hacia el año 1200. En algún momento Rodrigo Díaz de Vivar dice una frase que podría repetir el capitán de una selección: “Les diré la verdad: a quien en un lugar vive siempre, lo suyo puede menguar. Mañana por la mañana, pongámonos a cabalgar, dejen este campamento, iremos adelante”.
Sin embargo, en el deporte y en la política, también vivimos en una época de algunos héroes de pacotilla. Para ellos hay un aforismo clásico que también se le atribuye al Mio Cid: “Aquella persona era como el gallo, porque pensaba que el sol salía para oírla cantar”.
AQ / MCB