Olga, una mujer mayor, abre la puerta. Encuentra lo que menos quiere ver: un niño. La vida de Olga ha estado estructurada en torno al trabajo, la casa, la cocina y un hospital. No hay en su apartamento espacio para el azar que viene con Cristian, este niño que aparece solo porque su padre necesita rentar una habitación. Y ella necesita el dinero así que… ¿qué hará? Hay que decir, claro, que este resumen de la película Moscas, de Fernando Eimbcke, resulta tan revelador como decir que el primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven es una síncopa.
Si uno no escucha la música, la descripción no sirve de nada. Hay cientos de películas de hombres o mujeres que se rencuentran con la vida a pesar de un niño. Y por más que la comparación pueda parecer grandilocuente, estoy convencido de que Eimbcke puede compararse en México a un artista de aquellos tiempos en que Alemania estaba forjando su identidad. Porque el director de Moscas le ha dado a nuestro país la mirada de una cotidianeidad que se abre a lo grandioso. Y en esta, su última película, por primera vez cambia el punto de vista, pero no el corazón.
Como muchos grandes directores, los temas de Eimbcke son recurrentes, pero aquí, por primera vez, el adulto no es un enemigo que hay que vencer. Es un ser tan frágil como este niño que irrumpe en un espacio pequeño. Y este hecho importa, porque la tradición suele buscar la grandeza en la obviedad de lo grande. Como si los poetas hubiesen llenado una caja en la que están los temas grandotes: guerra, muerte, revolución, pero Eimbcke, desde Temporada de patos, tiró esa caja y abrió una más pequeña y eficaz.
En Moscas, por ejemplo, hay un departamento, pasillos y una consola de videojuegos. Nada de esto parece propio de lo majestuoso, pero lo que produce una película como ésta es salir del cine y rencontrarnos con la poesía de una ciudad como la Ciudad de México. Es en esto que su cine se parece al haikú y, claro, ya es un lugar común compararlo con autores como Yasujirō Ozu, pero creo que, en el caso de Moscas, la estética está más cerca de Hirokazu Koreeda y esa potentísima película que se llama Nadie lo sabe.
Mark Cousins, en su Historia del cine, dice, en modo provocador, que el cine japonés guarda una curiosa afinidad con la Grecia clásica. No porque copie sus temas sino porque tanto el cine japonés como el clasicismo griego (y el cine de Eimbcke) confían en que el canon, las reglas, no impiden la libertad, la hacen posible. Así, si uno se fija, la novedad de estas obras estriba en su impecable estructura aristotélica: hay un conflicto, tres actos, un descubrimiento y una resolución. Pero, al mismo tiempo, no hay nada más lejano a un manual de guion que Moscas. La estructura obedece a una necesidad interior mientras que en el cine industrial se rellena un machote con personajes. Y aquí, en Moscas, sucede exactamente lo contrario: son los personajes los que entran en la estructura porque están hechos conforme a un trozo de vida que han transitado todas las generaciones: el encuentro entre la amargura del final de la vida y la curiosidad de su inicio.
No es un error redescubrir que un adulto encuentre en un niño al aliado improbable para luchar contra lo gris de la vida; al contrario, es un clásico, como una invitación, como un haikú. Si uno sale del cine preguntando ¿qué significan las moscas?, diré que la película no está hecha para quien se cuestiona así. Esta clase de películas habla de esa belleza improbable que no admite interpretación.
¿Dónde ver Moscas?
La película de Fernando Eimbcke está disponible en la cartelera de la Cineteca Nacional y de cadenas comerciales como Cinemex y
Cinépolis.
Moscas
Dirección: Fernando Eimbcke | México, 2026