Cultura

El dios hambriento | Adelanto de la nueva novela de Enrique Serna

Narrativa

Con autorización del autor, ofrecemos un fragmento de su nueva novela, que circulará próximamente con el sello de Alfaguara.

Milenio M logo
Únete al canal de Milenio  

No podemos casarnos ante la ley, pero la historia que vas a dibujar nos unirá para siempre, como si anudáramos nuestros huipiles en una boda secreta. Gracias, Chimalma linda, te quiero más que nunca por este maravilloso regalo. Nadie me entiende mejor que tú, algo bueno habré hecho en la vida para encontrarte. Ustedes los tlacuilos hacen hablar a los muertos. Ya no me asusta el frío del Mictlan, ni debe asustarte a ti, pues renaceremos juntas cuando alguien se asome a esta historia. Me dan risa los grandes señores que se ufanan de su prosapia ilustre, de sus triunfos militares, de los templos que han construido para honrar a los dioses, y solo muestran lo mejor de sus vidas para engalanarse ante la posteridad. Yo no tengo un linaje que me obligue a dorar el barro ni a esconder el polvo abajo del petate. La gente podrá tildarme de todo, menos de hipócrita, pues aquí me desnudo frente a un espejo con todas mis vergüenzas al aire.

No las ocultes con taparrabos ni escatimes los detalles escabrosos. Mi verdad tiene que salir al sol despeinada y sucia como las crías de los cacomixtles. Pero si tu hermano reconquista Texcoco, donde está la gran biblioteca donde estudiabas de niña, te ruego que guardes mis memorias en el arcón dedicado a las vidas heroicas. No te rías, hablo en serio, he luchado por sobrevivir con más valor que ningún guerrero. A todo me sobrepuse con el auxilio de Xochiquétzal, Xilonen, Tonantzin y Coatlicue, las madrecitas que me protegen desde el cielo. Un último favor: en esta historia no puede faltar mi fiel compañero Tlapáltic. Es un mono, pero también una persona, mi poseído y mi poseedor, el guardián que me sigue a todas partes. Su instinto para presentir la desgracia me ha librado de peligros mortales, y a cambio yo lo trato como persona. A estas alturas, ya no sé quién es nahual de quién. Ojalá pudiera hablar para contarte todo lo que sabe. Su inteligencia te sorprendería.

Se supone que las hijas de comerciantes debemos casarnos con buenos partidos del mismo gremio y dedicarnos en paz a las tareas del hogar. Tal vez yo habría hecho lo mismo si hubiera tenido un buen padre, pero el mío, Cuicazácatl, era un tahúr empedernido, que dilapidó su fortuna en el juego. Mi abuelo le había heredado una flotilla de canoas, algunas de buen tamaño, que transportaban madera, cal, adobe y tezontle desde Culhuacan a los tianguis de Tlatelolco y Azcapotzalco. Chambeador incansable, se levantaba de madrugada y cruzaba de un extremo a otro la laguna varias veces al día. Supervisaba muy temprano la llegada de las canoas a los embarcaderos y allí mismo vendía las mercancías, con buenas rebajas para conservar y aumentar su clientela. Así acumuló un modesto caudal, que mi padre hubiera debido multiplicar siguiendo su ejemplo. Pero él no era una hormiga laboriosa y para colmo, cuando yo tenía diez años, una racha de suerte lo inclinó a la vagancia: en el patoli ganó de un día para otro cuatrocientas mantas bordadas y sesenta costales de cacao, más riquezas que en un año de trabajo. Con tanto humo en la cabeza, el pobre imbécil se creyó un hijo predilecto de Tezcatlipoca. Y tal vez lo haya sido por un momento, pero ya sabes cómo se las gasta ese voluble tirano.

Por dedicarse de lleno a las apuestas, mi papá delegó las ventas de materiales a empleadillos que le robaban, no pudo impedir el deterioro de las canoas por falta de madera para repararlas, y como postergaba demasiado el pago a sus proveedores, llegó un momento en que ya no quisieron fiarle. La desesperación lo arrastró a la bebida y poco a poco se fue convirtiendo en un malviviente. Mi madre intentaba enderezarlo a gritos: estás embrujado, Cuicazácatl, se te subieron a la cabeza los demonios del aire, ¿quieres dejar a tus hijos en la miseria? Mira nomás cómo andas, todo mugroso y hediendo a pulque. Vamos a ver un chamán que te saque los tzitzimimes. Pero mi padre tenía grabado en la mente el tablero del patoli, la cruz de hule azul dividida en casillas, donde veía rodar los frijoles pintados con puntos y rayas que decretaban su júbilo o nuestra ruina. Ignoraba que él mismo era otra ficha en el tablero del gran burlador maligno regocijado con su infortunio.

Las canoas fueron desapareciendo una tras otra, malbaratadas por mi padre para pagar sus enormes deudas de juego. Perdió también unos magueyales que mi abuelo poseía al pie del Ajusco, varias trojes llenas de grano, y una huerta de árboles frutales. Lo peor vino después, cuando empezó a jugarse lo que no tenía. Ya vestíamos andrajos cuando sus acreedores lo denunciaron ante un tribunal, donde les prometió pagar en veinte días. Vino entonces aquel famoso juego de pelota entre dos equipos de la nobleza, donde tu hermano Nezahualcóyotl hizo el milagro de meter la pelota en el aro. Tlacaélel no fue el único dolido con esa derrota: mi padre había apostado nuestra casa a favor del equipo mexica. Cuando nos echaron a la calle, mi madre se murió de un soponcio, incapaz de soportar esa humillación. Se apiadó de nosotros uno de mis tíos por el lado materno, Quimichtli, que nos amontonó en un solo cuarto a mis cinco hermanos y a mí, pero no le quiso dar asilo a mi padre: tú por sinvergüenza te largas a dormir al embarcadero, le dijo, entre los perros y las ratas.

La deuda lo seguía estrangulando, y en caso de no saldarla tendría que venderse como esclavo. Entonces los demonios del aire, que ya lo tenían lazado con un mecate, le aconsejaron salvar su pellejo a costa del mío. Yo apenas tenía trece años, pero di pronto el estirón y parecía mayorcita. Los senos me crecieron deprisa, y junto con ellos, otros encantos que no necesito describirte porque los conoces de sobra, querida hermana. Por dentro seguía siendo niña, y mi candor virginal era quizá el atributo más codiciable para los buscadores de fruta verde. Envilecido a extremos repugnantes, papá vio en mis encantos un filón de oro. A escondidas de mi tío, me llevó con engaños a la bodega de su principal deudor, Cuatecóhuatl, un próspero mercader de piedras preciosas con varios oficiales a su servicio. Yo no entendía por qué me llevó a visitarlo con un huipil nuevo que me quedaba muy apretado. Lo entendí cuando el vejete me revisó la dentadura y palpó mis nalgas como un marchante de frutas.

Fue una transacción con todas las de la ley: cedida como esclava para condonar su deuda, bajo el pretexto de que yo era una hija holgazana y desobediente. No pude alegar nada en mi favor, la autoridad de mi padre me apabulló ante los jueces. Tampoco tenía escapatoria: ni los bandidos más fieros burlan a la justicia de Tenochtitlan, ya no digamos una muchacha indefensa. Aunque se enteró del atropello, mi tío Quimichtli se hizo el desentendido: le convenía tener una boca menos en casa. Mi nuevo dueño, un panzón cacarizo con los labios delgados como ranuras, tenía el hábito de sorberse los mocos, no solo en la comida, sino en la cópula. Con ese adefesio perdí la virginidad, ¿cómo no iba yo a cogerle tirria a los hombres? Desde entonces los aborrezco, y cada vez que puedo les pongo una zancadilla. Cuando veo a los nobles hinchados de vanidad que llegan en litera a las ceremonias, con sus penachos de gala y sus brazaletes, me dan ganas de arrojarles una tinaja de mierda. Seguiremos jodidas mientras ellos nos tengan relegadas al fogón. Pero la culpa es nuestra por vivir de rodillas, por abrirnos de piernas cuando el señor quiere, por temblar cuando nos dan una orden. Si entre dioses y diosas hay un equilibrio de fuerzas, ¿por qué nos dejamos humillar en la tierra?

AQ / MCB

Google news logo
Síguenos en
Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.
Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto