Emilio Uranga fue una figura legendaria e incendiaria en la vida intelectual del siglo XX mexicano. Apenas a los treinta años, este filósofo célebre por su inteligencia, su fibra polémica y su carácter díscolo parecía llamado a establecer una obra de excepción en el pensamiento del idioma; sin embargo, después de estudiar en Friburgo con Heidegger y deambular en el París existencialista, regresó a México con una suerte de acedía que lo alejó de la cosecha filosófica prometida y lo sumió en los torbellinos del periodismo y la política. En La razón pendular de Emilio Uranga. Una historia del existencialismo mexicano (Herder, 2025) José Manuel Cuellar, quien en anteriores libros ha buscado exhumar y justipreciar el trabajo filosófico y la crítica literaria de Uranga, evoca la gestación de la llamada filosofía del mexicano, estrechamente ligada al pensador y su brillante generación de colegas. Lo que caracteriza a Uranga y a la camada del Hiperión, entre los que se cuentan Leopoldo Zea, Luis Villoro, Jorge Portilla, Ricardo Guerra, Salvador Reyes Nevares y María del Carmen Rovira es que buscan encauzar su moderno instrumental analítico (muy alimentado del existencialismo francés) en la tarea de discernir las esencias de lo mexicano. Desde luego, esta indagación viene desde los albores de la independencia y, antes de esta generación, ya se había generado un amplio fermento de ideas en torno a lo mexicano; sin embargo, hay dos rasgos que distinguen la búsqueda de los hiperiones, por un lado, su pretensión de rigor y enfoque sistemático y, por el otro, su carácter colectivo, pues, pese a sus marcadas singularidades, establecen como divisa generacional el interés por desentrañar la nacionalidad y para ello actúan como equipo organizando conferencias, planeando publicaciones y generando polémica. En su animado fresco, Cuellar reproduce con viveza y brillo el ambiente cultural, la palestra filosófica y las hondas y divertidas querellas entre escuelas de pensamiento. Se trata de una época en que la filosofía, habitualmente reservada al claustro académico, circula entre públicos más amplios, sale a la calle y libra sus batallas en las páginas de los periódicos o en los nacientes medios masivos con su aderezo de pequeños escándalos. Por el rigor y novedad de su pensamiento y por su paradójico carisma, Uranga es la figura señera de este movimiento filosófico. Cuellar destaca la originalidad de Uranga y la actualidad de algunos aspectos de su pensamiento y, sobre todo, la introducción del término importado de la poesía de Ramón López Velarde, de “zozobra”, que le da un toque mexicano a las nociones de angustia o tedio que había patentado el existencialismo europeo. Documento de historia intelectual y, al mismo tiempo, pesquisa biográfica, el autor alterna el análisis del paisaje intelectual de la época con los atisbos al drama personal de Uranga y anticipa una muy apetecible novela o tragedia en torno al más enigmático y fáustico de nuestros filósofos.
AQ / MCB