Cultura

‘Menos Shakespeare y más Barney’: una sátira de la precariedad

Doble filo

La obra se presenta dentro del marco de los 80 años de la Escuela Nacional de Arte Teatral, en un foro donde los sanitarios del CENART parecen un elemento escenográfico.

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I

En Menos Shakespeare y más Barney, de su propia autoría, Bernardo Gamboa dirige muy bien a un puñado de talentosos estudiantes que están por concluir la carrera de actuación en la Escuela Nacional de Arte Teatral. Esto sucede de miércoles a domingo en el pequeño teatro Salvador Novo, ubicado dentro del Centro Nacional de las Artes (Río Churubusco y Calzada de Tlalpan, en la CDMX). La temporada finaliza el 22 de agosto.

Entre la farsa y la tragicomedia, la obra muestra a un grupo de jóvenes chilangos de clase económica baja que se ganan la vida como pueden, especialmente dando vida a diversas botargas en el Centro Histórico.

Las constantes risas del público demuestran que la obra funciona, pero el hecho de que algunos espectadores huyan antes del (gran) final es un síntoma de que los 170 minutos de duración son excesivos.

II

En la página oficial de la ENAT se dice que “el 15 de julio de 1946 es inaugurada solemnemente la Escuela de Arte Teatral en la sala de conferencias del Palacio de las Bellas Artes, iniciando los trabajos académicos en los pasillos y camerinos del costado poniente del mismo Palacio”.

Hace 80 años, el primer director fue Andrés Soler y la fundación de la escuela “se atribuye a los Contemporáneos, grupo de poetas interesados por el teatro, específicamente Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, quienes habían fundado el Teatro Ulises, dentro del cual figuraba Doña Clementina Otero, cuyo espíritu creador la llevó a investigar sobre la formación actoral en Estados Unidos, de donde regresó con grandes ideas que habrían de servir, mucho tiempo después, para fundamentar un plan de estudios más estructurado”.

III

En 1955 la Escuela de Arte Teatral se trasladó del Palacio de las Bellas Artes a la Unidad Artística y Cultural del Bosque, atrás del Auditorio Nacional. En 1994 se muda a Churubusco y Tlalpan.

Actualmente, en las instalaciones de la ENAT del Centro Nacional de las Artes pueden verse algunas placas conmemorativas que originalmente fueron develadas en los teatros de la Unidad Artística y Cultural del Bosque y, muchas otras, ya en su actual sede.

Destaca una placa de finales de los noventa, del teatro El Granero, que develó Carlos Monsiváis. Fue por 99 (no 100) representaciones de Fausto, de John Jesurun, con dirección de Martín Acosta y actuaciones de Carmen Delgado, Laura Almela y Miguel Ángel Ferriz.

En otras placas más recientes destacan los nombres de grandes figuras del teatro nacional como José Solé, Vicente Leñero, Luis de Tavira, Angelina Peláez, Ana Ofelia Murguía y Bruno Bert, entre otros.

IV

Si un extranjero desinformado llega al Centro Nacional de las Artes para ver Menos Shakespeare y más Barney, pensará que un letrero que está pegado afuera de los sanitarios públicos del teatro Salvador Novo es parte de la escenografía de la obra:

“¡AVISO AL PÚBLICO! Por este medio y debido a causas técnicas, los baños de hombres serán mixtos para que puedan usarlo mujeres y hombres en el intermedio. Agradecemos su comprensión”.

Desafortunadamente, ni el aviso ni el muy lamentable estado de los sanitarios es un asunto escenográfico sino producto de un conflicto sindical que las autoridades no han resuelto desde febrero de 2024.

La situación es grave. Los baños de la parte baja están cerrados y el público debe subir un buen número de escalones para compartir en el intermedio las instalaciones del primer y segundo pisos.

Al extranjero desinformado le diría en broma que el sector sindical del CENART debería aparecer en los créditos de la escenografía. A personas con problemas de locomoción les sugeriría que no tomen café antes de ingresar a la función.

Por cierto, los otros sanitarios del CENART, que están a una considerable distancia, tampoco ofrecen un panorama muy distinto. Las mantas de protesta sindical en los pasillos de todo el recinto ya son parte del paisaje.

V

Además de las editables casi tres horas de duración, a Menos Shakespeare y más Barney también se le puede reprochar la reiteración excesiva de lenguaje escatológico. En ese aspecto, la provocación inicial tiende a diluirse.

A pesar de lo anterior, la obra tiene más virtudes que defectos, sin duda. En el escenario se reproduce un universo urbano en el que la realidad y la fantasía se combinan para crear algo novedoso.

Los actores representan en escena a otros jóvenes y, al mismo tiempo, a ellos mismos. En el inicio dicen que están por salir de una escuela de teatro y que los espera un negro panorama laboral. También les preocupa que, en el futuro, la presidencia del país caiga en manos de un evasor fiscal que vende motos a plazos interminables y que un tal Eduardo Verástegui quede al frente de una importante secretaría de Estado.

El drama de cada personaje desfila ante los ojos del público. Por ejemplo, una joven con la botarga de Barney se quiere lanzar desde lo alto de la Torre Latinoamericana para caer espectacularmente en el Eje Central.

El final no se debe contar, pero es un bien logrado remanso de paz con burbujitas.

Supongo que muchos espectadores salen preguntando: ¿Y qué onda con Shakespeare? Digamos que el célebre apellido forma parte de un buen título para llamar la atención. Además, ¡qué chingaos! ¡Estamos en México, no en Inglaterra!

Pero… Barney es gringo, ¿no? Pues… sí.

Y ahora… ¿quién podrá defendernos?

AQ / MCB

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Fernando Figueroa
  • Fernando Figueroa
  • Estudió periodismo en la UNAM y es autor de El mejor oficio del mundo. 60 entrevistas, libro de charlas con personajes de la cultura, espectáculos y deportes, realizadas durante cuatro décadas.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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