Cultura

‘Entre libros y editores’, de René Solís: las memorias de un editor

Reseña

‘Entre libros y editores’, de René Solís, durante 12 años director de la editorial Planeta en México, es un libro que habla del oficio de la edición, pero también de autores, librerías y periodismo cultural.

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La trayectoria de los editores literarios es muy variable, azarosa, tan variable como la de los mismos escritores. Cada editor cuenta con una historia distinta que los guía por rumbos diferentes entre sí, aunque su destino los encamina primordialmente a trabajar con las palabras y con los autores que las escriben, pero también con las cifras, con las modas literarias; los lleva a involucrarse en la cultura y con los intereses de los lectores. Un editor debe ser también un mediador, debe aprender a ser un buen equilibrista. No inclinarse por completo a los extremos cuando está de frente a un texto. Y, antes que nada, un buen editor se distingue por poseer un amplio bagaje de lecturas, es un lector entrenado.

Recién leí Entre libros y editores (Tusquets, 2024), las memorias de René Solís, quien buena parte de su vida la ha dedicado al trabajo editorial y quien llegó a fungir como director de la editorial Planeta en su sede en México entre 1996 y 2002.

El libro comienza así: “Cuando era niño, nunca pensé que en alguna etapa de mi vida me dedicaría a la actividad editorial. Lo único cierto es que siempre fui lector, lo he sido a lo largo de mi vida y lo seguiré siendo”.

De llanteras, librerías y tiendas de autoservicio

René Solís estudió en el Colegio Americano, donde comenzó su afición por la literatura. Su padre, José Luis Solís, provenía de Puebla, se dedicaba al comercio y fundó diversas pequeñas empresas sin mucho éxito; su madre se llamaba Reina, una mujer proveniente de San Francisco, California, que devoraba todo libro que a sus manos llegara, sin importar el género literario. Reina conoció al que sería su futuro esposo en una de las visitas que hacía a México, en las cuales ella compraba artesanías mexicanas para al regresar venderlas en San Francisco.

Este libro da cuenta también —entre líneas— de la historia de las librerías en México —por ejemplo, un breve recorrido por la Librería de Cristal, de la que tanto habla Homero Aridjis en su novela Los peones son el alma del juego (Alfaguara, 2021)—, y algo que me parece notable y que desconocía completamente: la historia de la distribución de los libros en México en la primera mitad del siglo XX, vista desde la perspectiva del autor.

A la par que Solís leía a autores franceses —Proust, Camus, Sartre, Malraux—, también leía entusiasmado los cuentos de Wilde, así como las novelas de Hesse y de Nabokov. Con Rulfo, a quien describía como “siempre muy afable, una persona muy reservada y celosa de su intimidad”, platicaba en el Café Teka sobre los escritores nórdicos a los que el autor de Pedro Páramo admiraba.

A mediados de los años cincuenta, René Solís se graduó de Administración en la Universidad de las Américas y comenzó a trabajar como tesorero en General Popo, empresa llantera mexicoestadunidense ubicada en Polanco, frente a General Motors. A la par que llevaba las cuentas administrativas en la llantera, fue aceptado en la maestría de Escuela de Administración de Empresas en Harvard, que fue financiada durante dos años por el director de la empresa donde trabajaba.

Tras dos años, al graduarse de Harvard, Solís regresa a México, en un inicio para reanudar su trabajo en General Popo, asimismo comienza a dar clases en la antes Escuela de Contaduría y Administración de la UNAM, asiste como oyente a cursos impartidos por Miguel Covarrubias en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), así como a El Colegio Nacional, donde escuchaba conferencias de Diego Rivera y Guillermo Haro, ahí también asistía con regularidad a los conciertos de Carlos Chávez.

En 1963, Solís renuncia a General Popo para entrar como administrador a la entonces novedosa tienda de autoservicios en México Aurrerá, fundada por los hermanos Jerónimo, Plácido y Manuel Arango; un año después, en 1964, los mismos hermanos Arango abren el primer Vips en Lomas de Sotelo, un restaurante “al estilo de las cafeterías norteamericanas”, y cuyo éxito continúa vigente hasta el día de hoy. Pese a que Solís tenía nula experiencia en la industria restaurantera, le entró al quite y creó el área llamada “Organización y Planeación”, donde se encargaría de redactar un manual de organización para todos los puestos y funciones del restaurante, “desde cómo se ponía una mesa hasta los uniformes del personal…”.

En Aurrerá trabajó por siete años. José Luis González compró dicha tienda a los hermanos Arango. El comprador, un egresado de la Facultad de Filosofía y Letras, era hijo de españoles y un gran lector, un muchacho nacido en Tepito que ceceaba al hablar. Este joven empresario impulsó la venta de libros en Aurrerá, que desde sus inicios comenzaba a vender en los estantes de dicha tienda enciclopedias de la editorial española Salvat, mismas que anteriormente se vendían de puerta en puerta. Inicialmente se dieron a conocer en los estantes de la tienda de autoservicios los diccionarios enciclopédicos ilustrados, que muy pronto se volvieron la fuente del conocimiento al interior de las casas de las familias mexicanas que buscaban cultivar y fortalecer la educación básica de sus hijos. Con el tiempo, las enciclopedias se fueron expandiendo a otros temas de interés general: recetas de cocina francesa y española, automóviles clásicos, y todo tipo de curiosidades. México resultó ser un excelente mercado para estas enciclopedias cuyos compradores las consideraban parte de su coleccionismo. Por cierto, muchas de estas enciclopedias eran empastadas en el extranjero, principalmente en Europa, y luego importadas expresamente hacia México.

Hay que tomar en cuenta que en el siglo XX las librerías escaseaban en la república mexicana, sobre todo fuera de la Ciudad de México, eran muy contadas. Por supuesto, no había entonces planes sólidos de distribución, los títulos que se encontraban en las pocas librerías del país solían ser elegidos a ojo de buen cubero.

La formación de un editor

Solís comenzó su formación como editor de la revista Expansión. Al salir de esta revista, fundada con su amigo y excompañero de trabajo en Expansión, la editorial Promociones Editoriales Mexicanas (Promexa), en la cual comenzó a editar libros de arte, historia, cocina, biografías. Estos libros se los vendía a Aurrerá y pronto esta tienda se convirtió en el sitio de venta de la editorial Promexa. Entre los libros de arte se editaron tomos dedicados a Rivera, Siqueiros y Orozco, a Tamayo también, aunque su esposa, la pintora Olga Costa, reprochaba no estar de acuerdo en que Tamayo apareciera “junto a los jitomates” —paradójicamente, porque la pintura más conocida de ella es “La vendedora de frutas”.

Para 1979, se incluyó entre las colecciones literatura mexicana, para lo que se acudió a José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y José Luis Martínez —entonces director del Fondo de Cultura Económica.

Recupero de este libro un dato que me parece interesantísimo: de 1968 a 1983 existió la primera librería infantil en el país, la Librería Pigom, ubicada en el Parque México número 13, a cargo de Pilar S. de Gómez, quien se dedicó a la importación de libros infantiles traídos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España. En 1982, Promexa copió la idea y creó la colección “Clásicos Infantiles Ilustrados”, la idea fue propuesta y comprada por Comercial Mexicana, “hubo títulos de Holanda, Suecia, Noruega, Francia, Italia, Dinamarca, Estados Unidos y Japón”, con traducciones de José Emilio Pacheco.

Circularon posteriormente colecciones sobre música popular, clásica, ópera; jardinería; autoayuda; novelas rosas; más clásicos de la literatura universal. Con el tiempo Promexa se volvió la distribuidora en México de Alianza Editorial, Tusquets, Lumen, divulgando obras de Kafka, Duras, Orwell, Beckett.

Hacia la segunda mitad del libro se halla la que, en mi opinión, es la sección más importante de este libro, ya no la formación de René Solís como editor, sino su trabajo y los recovecos de un editor, lo que vio y atestiguó también como director de la editorial Planeta —en México—, en su trato con escritores y agentes literarios.

Relata el enorme fracaso de libros como el del expresidente Salinas de Gortari o el de la cantante Gloria Trevi. Otro más al que no le fue nada bien: un libro de Christopher Domínguez Michael, “en la actualidad, el único crítico literario de renombre”, dice Solís.

Cuenta el ex director de Planeta que los resultados en las ventas de un libro son azarosas, a menudo inesperadas y sorprendentes, como en el caso de J.K. Rowling, una profesora desesperada que un buen día decidió escribir Harry Potter y, pese a que nadie la conocía, resultó ser uno de los libros más vendidos del mundo; o como el caso de Javier Cercas, que luego de haber tenido un rotundo éxito con su primera novela, la segunda obra resultó en números muy bajos. Dice Solís: “Como editor, no sabes si el libro fracasó porque no gustó, no encontró a los lectores adecuados o el tema no llamó la atención […] La relación con los autores puede ser difícil puesto que cada escritor se comporta de manera distinta”.

Entre libros y editores es un libro que bien pudiera ser algo así como una historia mínima de la edición en la segunda mitad del siglo XX y XXI en México. Abarca ámbitos que, como escritora y lectora, me interesan conocer.

Reflexiones sobre la literatura y el periodismo cultural

Cierro con distintos fragmentos de necesarias y pertinentes reflexiones de René Solís en torno a la literatura, la cultura, la escritura y el periodismo cultural:

“Anteriormente, la mayoría de los periódicos contaban con un suplemento dominical que podía tener cuatro o más páginas; incluso, en formato tabloide, llegaban a tener hasta 24 páginas, como el suplemento El Ángel del periódico Reforma. En ese espacio tenían cabida libros y autores, ya fuera a través de críticas literarias o reseñas. Lo importante era promover los libros, anunciar qué obras estaban por publicarse y entrevistar a los autores.

México en la cultura fue el gran suplemento del periódico Novedades que salía semanalmente; circuló de 1949 a 1961. Fue fundado y editado por Fernando Benítez y en él colaboraron Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, entre muchos otros autores. Los buenos lectores muchas veces compraban Novedades solo por la información y la calidad del suplemento. En la actualidad, los suplementos culturales casi han desaparecido y hay muy pocos espacios para hablar de libros en publicaciones periódicas […] La televisión cultural del Estado, incluyendo Canal 11 y Canal 22, ha producido muy pocos programas buenos para promover la lectura.

“El periodismo cultural tiene diversos fines: informar sobre los temas culturales de moda, difundir eventos, conciertos, exposiciones, muestras, o bien, hacer una crítica seria sobre los diversos temas de cultura en México. En la actualidad, el periodismo cultural es inmediato: se enfoca en lo que está pasando en la cultura en el momento, qué temas son importantes de dar a conocer, cuáles son las novedades literarias, qué conciertos y presentaciones se aproximan, etc., pero el periodista cultural ha dejado su lugar al reportero cultural y se ha perdido en la profundización de la cultura.

Hace muchos años podíamos decir que había personas que escribían sobre música como Eusebio Ruvalcaba. En la actualidad, hay músicos o especialistas interesados en escribir sobre música, pero ¿en dónde escriben?

Novedades o Excélsior tenían columnistas que escribían sobre música, arte teatro; reseñaban exposiciones. Había autores especializados en la pintura como Margarita Nelken o Raquel Tibol, quien además de provocadora sabía de pintura, tenía seguidores y sus lectores en sus artículos, una verdadera crítica cultural. Raquel Tibol no era una profesora de arte que escribiera. Era una señora que se había dedicado por completo a la apreciación artística, una periodista cultural en forma”.

Uno de los principales promotores de libros en México fue José Emilio Pacheco, quien durante años escribió en Proceso sobre libros y lectura, además de otros temas de su interés. No era un periodista cultural, pero profundizaba en la literatura”.

AQ / MCB

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Évolet Aceves
  • Évolet Aceves
  • Escritora, cronista, psicóloga, periodista cultural y fotógrafa. Estudió en México y Polonia. Autora de Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Columnista en Pie de Página.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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