Cultura

‘El mago del Kremlin’, de Olivier Assayas: una Rusia digerible

Cine

Con Putin como eje narrativo, ‘El mago del Kremlin’, adaptación de la novela de Giuliano da Empoli, reflexiona sobre los mecanismos contemporáneos de construcción política.

Putin nos devolvió la dignidad de ser rusos, me dijo una mujer en San Petersburgo. Y no era una fanática o una propagandista. Era científica y podía recitar a Pushkin de memoria, pero entendía las contradicciones de su país. El problema de El mago del Kremlin, una película que no es mala, pero que roza la complacencia, es que piensa que ciudadanos como esta mujer que apoyaba a Putin —con reservas— es ignorante y manipulada.

El mago del Kremlin está basada en una novela de Giuliano da Empoli con guion de Emmanuel Carrère y Olivier Assayas quien, además, la dirigió. La intuición original es banal: el poder contemporáneo opera mediante narrativas, pantallas y manipulación emocional. Cierto, lo mismo sucede en Estados Unidos, Francia, Japón… y México. La película transforma esta idea en una simplificación peligrosamente condescendiente en la que Rusia es un inmenso laboratorio de propaganda en el que hay un pueblo hipnotizado que sigue al mago del simulacro. Mediante una estructura de metaficción (muy en el estilo de Assayas), hay un narrador que viaja a Moscú y localiza a Vadim Baranov, el retirado y legendario Mago del Kremlin. Baranov, quien en la década de 1990 era un brillante productor televisivo, entiende antes que nadie que la política en el siglo XXI no es cuestión de ideologías sino de entretenimiento, emoción primitiva y control televisivo.

Baranov construye a Putin utilizando como materia prima a un burócrata gris que termina devorando a su creador. El esquema de Frankenstein, más o menos. Pero la realidad rusa es mucho más trágica. Por más que la caída de la Unión Soviética produjo en Occidente la ilusión de victoria definitiva en la que, finalmente, Rusia sería absorbida dócilmente por la democracia liberal y el capitalismo global, la verdad era muy diferente. 

La década de 1990 se narró en Europa como una transición necesaria hacia la libertad, pero los rusos comenzaron a ver a sus niños drogándose en las calles, a pervertidos occidentales buscando la prostitución más decadente y a sus héroes de guerra mendigando en el metro. Esto es exactamente lo que los guionistas no terminan de comprender. De Carrère uno lo espera. En Limonov, el novelista ya luce esa fascinación ambigua por el ruso salvaje y excesivo. 

Carrère aparenta empatía, pero es, en realidad, un turista espiritual de lujo. En sus libros, las vidas ajenas se convierten en escenarios exóticos que representan su propia crisis existencial de burgués culto europeo que es lo que verdaderamente encuentra uno en El mago del Kremlin, una película en la que los rusos hablan inglés y Jude Law interpreta bien a Putin, pero que ha sido hecha para complacer a los lectores de Le Monde, que creen, como dijo Borrel hace unos años, que Europa es un jardín rodeado de jungla. El error es creer que un país que ha dado al mundo a Dostoievski y a Tarkovski es esa jungla. 

En el fondo, uno puede pasársela bien en la película, pero no pasará de mirar que Europa sigue siendo el centro racional y civilizado del mundo mientras el resto del planeta no somos otra cosa que barbarie y caos. La ironía termina por ser brutal: al denunciar el simulacro político en la Rusia de Putin El mago del Kremlin produce otro simulacro: el de una Rusia digerible para el espectador del circuito europeo de festival. Una Rusia estética convertida en metáfora elegante sobre la posverdad. ¿Hay que ver El mago del Kremlin? Me parece que sí, pero con una pizca de sal.

¿Dónde ver El mago del Kremlin?

La cinta de Oliver Assayas está disponible en servicios de streaming como Google Play Películas, Amazon Prime Video y YouTube.


El mago del Kremlin

Dirección: Olivier Assayas | Francia, Estados Unidos | 2025

AQ / MCB 

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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