La primera vez que vi la obra del pintor Luciano Spanó, quien nació en la ciudad medieval de Saluzzo, Italia, fue en la exposición del Centro Cultural San Ángel en 1991. La muestra había sido inaugurada unas semanas antes y, no recuerdo por qué, quedé de verme en ese lugar con José Luis Cuevas. Una vez reunidos, Spanó nos mostró los enormes cuadros con cuerpos en escorzo, como colocados en el espacio de una cúpula dantesca. En ellos predominaba la convivencia contrastada entre ocres encendidos y densas oscuridades, una suerte de violento barroco aéreo en cuadros de gran formato. José Luis los veía con cuidado y los valoraba con un gesto afirmativo. Luciano, con su cara de Federico de Montefeltro, nos abría el camino hacia cada una de las piezas y su rostro cobraba diversos sentidos en la ausencia de explicaciones y en la elocuencia de sus ojos que nos espiaban. Yo también guardaba silencio. La mudez surgía natural y en acuerdo. Muchos años más tarde, en su estudio, vi un desnudo de mujer en un sofá, rodeada de telas —otra impetuosa cavilación sobre las disparidades armoniosas entre la iluminación, el color y la oscuridad, y el comentario acerca de Boucher y Caravaggio. Luego, a la vuelta de varios años, descubrí en él el salto, primero, hacia la desfiguración y, más tarde, hacia la abstracción. Piezas donde la opacidad y la transparencia reconfiguraban la realidad bajo un tumulto de emociones con alguna figura como referencia o, más adelante, en el ritmo coagulado por los pigmentos. En el proceso de deconstruir y hacer volar las estructuras reconocibles, Spanó evolucionaba a un “discurso” múltiple y a la exuberancia de la textura en la suma de coloraciones vivas, de tal forma que nitidez y turbiedad cobraron una luz propia y atrevida. En este punto recuerdo su participación en la muestra esencial Akaso, exhibida en el Museo del Chopo —hoy un punto de referencia inevitable. Su obra, Catedral (en gran formato), ya en un lenguaje abstracto, revelaba una comprensión profunda de la espontaneidad y los accidentes en la composición.
La colección que ahora podemos ver en el museo José Luis Cuevas es, por un lado, una síntesis del desarrollo de Spanó, pero es también un punto de vista particular, el de los coleccionistas Gómez Leyva. En la primera impresión sobresale la variedad de registros por los que ha atravesado Spanó a lo largo de 30 o 40 años. Del realismo a la abstracción, de la figuración armoniosa al expresionismo, de las composiciones cultas y eufónicas a la realizadas con violentos juegos de transparencia y opacidad. Entre los cuadros que están en la primera sala como, por ejemplo, el desnudo Canción para un amor, y los que están al final del recorrido, como la abstracción Poesía abandonada, pasando por el claroscuro Judith y Holofernes, el carácter poderoso del rojo en su pluralidad plástica, pero también psicológica, parece —por lo menos, eso siento yo— un hilo de continuidad y una marca inevitable. Desde luego, hay variaciones sorprendentes, en términos figurativos y cromáticos, como el autorretrato Yo o, en el extremo opuesto, Proscenio o, en la exploración del paisaje urbano, Pont Du Monde Arabe, que revelan maestría y, lo que es más importante, el sensualismo ineludible de la libertad.
AQ / MCB