El viento suspende su fuerza, y las aves no caen. Se dirigen hacia las rocas o plantas con espinas que no nos atrevemos a tocar. Hay un mineral invisible depositado en su pico y ojos. El hierro orienta el vuelo y lo enlaza con la tierra y el cielo. Un vínculo imperceptible. Esta complejidad da cuenta del hilo invisible que une materia e impulso.
Compleja la intensidad de la herida en el muslo, tanta, que rompe la mirada. Y el norte que hiere la mente, y el sur, el espíritu. Así la complejidad de la apropiación o el rechazo de lo que creemos saber.
Los cuerpos regresan a la tierra con el cansancio de un lenguaje antiguo, moral, que juzga y divide. Así el peso de las tradiciones, de una falsa ternura disfrazada de sumisión. Dogmas veloces, revestidos de perfumes que caducan al momento de aplicarlos delicadamente.
Complejidad en la sonrisa inesperada, en la piel erotizada que transforma a otro cuerpo. Esa sonrisa que no tiene sostén en el mundo, tiene sostén en la fragilidad del deseo. El mundo sin la carne no encuentra sostén, tampoco sin la impureza.
Construimos en la tierra con monedas que giran sobre sí y lastiman el pensamiento. Construimos con manos obreras que no olvidan el hacer. Construimos nichos para seres disecados como símbolo de destreza y poder. Construimos también cuerpos que terminamos asfixiando con plástico. Magnificamos el concepto de belleza de mármol o cantera, apartamos la voz de la arcilla que resguarda con su habilidad natural el calor y el frío.
El sueño. Y el latido que despierta. El ritual del despertar, ese cúmulo de deseos y cansancio que se atora en el alambre de tu cuerpo. Y el café cae de la taza pues ya había quemado tu labio. Y lees sobre genocidios escritos por manos que aprendieron a justificar la atrocidad.
Colocamos piezas en los museos para dar satisfacción a las “buenas conciencias”. Y la belleza se encuentra en lo difícil. Accedemos a los riscos para encontrarnos en la cima sangrantes de tristeza. Las ideas que argumento aquí no solo las poseo, me poseen —diría Morin.
Abrazamos las infinitas posibilidades del error y de la ilusión. Ellas sepultan y elevan, mientras las propias ideas nos sujetan. Y una voz nos dice: la autocrítica es necesaria para la búsqueda de la lucidez. Entonces nos preguntamos: ¿ayuda la lucidez? Si soy este ser multidimensional, complejo, racional, emocional, físico, temeroso, de un arrojo que no conoce límites. Si tengo hologramas en la mirada que se bifurcan y soy holograma en el paisaje de alguien más. Soy esa contradicción erótica que surge entre la caricia y el ardor de una sonrisa que deslumbra. Contraria a la distracción, esa sonrisa erotiza la caricia y crea una herida de lava donde antes no existía. Nace entonces la bruma de la duda, de la diferencia incontrolable, bruma donde navegan peces a través de venas y sueños. Y diremos: mi corazón está marcado por mi cuerpo y mi angustia. Soy un todo que se aflige por la pérdida de hombres que conozco solo por sus escritos. Cuánto dolor de lo que no fue. Y sin embargo, el todo posee cualidades que desaparecen cuando las partes se separan; del mismo modo, ciertas potencias de las partes quedan inhibidas por las fuerzas del todo. El ser alcanza paroxismos de vida en el éxtasis y en la embriaguez; somos homo sapiens y homo demens.
Oh venerado y condenado contexto que rompemos y nos atraviesa. Cómo entregarse al bucle de la razón, el afecto y el impulso una noche, o dos o tres, con la brasa en la boca y el insomnio en la sangre. Así los seres animales que buscan su hambre en el agua, en la densidad de la tierra y en su completa oscuridad.
El atardecer en este pedazo de tierra del norte de México, donde surgirá el ánima de una casa, confirma lo que sabían nuestros ancestros, como los N’dee: cuatro puntos cardinales marcados con plumas de águila, con el humo de palabras que bendicen. Morin nos recuerda que nuestra educación nos ha enseñado a separar, compartimentar, aislar y no a ligar los conocimientos. Y como él, los N’dee lo saben desde hace generaciones: somos a la vez seres cósmicos y terrestres.
Y así en la tormenta, a diferencia de las aves, con artefactos metálicos podemos volar. Habitamos la bruma del cielo, la bruma de la memoria y del deseo; somos los peces de la bruma, indóciles. Somos uno.
AQ / MCB