Es una mañana soleada y fresca en Guadalajara. Hay muy poco tráfico en la avenida López Mateos y en el Periférico Sur, habitualmente congestionadas por automovilistas desesperados, motociclistas temerarios y choferes de autobuses y tráileres salidos de la saga de Mad Max. El miedo se siente todavía, como un manto invisible que amortigua los sonidos de la ciudad.
Esta mañana de lunes vi largas filas de autos en un par de gasolinerías abiertas. Decenas de autos estacionados en la calle afuera de un Soriana y del Costco porque ya no hay lugar en el estacionamiento. Son muchos los negocios que no abrieron hoy, farmacias, tiendas de conveniencia, restaurantes, supermercados... Cuentan amigos en los chats que algunas zonas aún huelen a humo. Nos escriben familiares y amigos de Torreón, Ciudad de México, del extranjero. Aún hay algunos bloqueos en algunas partes.
Ayer, domingo 22 de febrero, la hermosa y golpeada Guadalajara se transformó en la ciudad de la furia, del caos y del miedo. No fue un estallido aislado, sino una erupción que se extendió por veinte estados del país, con bloqueos en carreteras, vehículos y locales comerciales incendiados, tiroteos, amenazas a ciudadanos y ataques que recuerdan las peores pesadillas de nuestra historia, la reciente y la de siempre. Las imágenes que circularon inmediatamente en redes y noticieros son terribles: gasolineras envueltas en llamas —una cerca de mi casa—, autos carbonizados como esqueletos retorcidos, negocios destrozados, sus fachadas ennegrecidas por el fuego y la rabia. No faltan las imágenes falsas, muchas de ellas fabricadas, dicen, por el mismo narco para crear más terror y confusión. ¿Por qué los Oxxos, por qué los Bancos del Bienestar? En medio de todo, el anuncio oficial de la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, líder del poderoso Cártel Jalisco Nueva Generación, abatido en un operativo en Tapalpa —o, me entero, en el traslado a la Ciudad de México... Sí, es una organización terrorista, que nadie lo dude.
Más allá de las noticias frías quedan las duras y dolorosas experiencias personales. Una amiga de la universidad, con su pequeña hija, iba en un autobús al Tianguis del Sol cuando un tipo con metralleta se subió y les pidió amablemente a los pasajeros que se bajaran. Todos corrieron sin mirar atrás.
Apenas imagino la sensación de impotencia y desolación que invade a una población que ya está harta de ser rehén de políticos y criminales. Una niña —mi sobrina de siete años— llora y le pide a su padre, que está en el trabajo, que vuelva ya a casa. Amigos nos cuentan de más calles bloqueadas y disparos lejanos —a veces no tanto.
La vía recreactiva, espacio dominical de bicicletas y familias, se suspende abruptamente, lo mismo que la reunión de therians —esos muchachos que exploran identidades alternativas en un mundo que ya parece irreal— y que la protesta contra el tarifazo, disuelta en el aire cargado de humo. Se suspenden las clases presenciales este lunes —y también mañana, acaban de avisarme—. Todo sucumbe ante el terror provocado por el narco. Los rostros de los desaparecidos miran con estupor desde la glorieta que lleva su triste nombre.
—¿Por qué mataron al Mencho?
—Porque sabía demasiado...
En 2021 el Mencho ya había sido ubicado en El Grullo —municipio al sureste de Jalisco— por fuerzas federales. “El Mencho nos cuidaba”, le contó una amiga, oriunda de ese pueblo, a un colega de la universidad —es psicólogo, por cierto. Me explica que muchos de los narcos exhiben rasgos de trastorno de personalidad antisocial o psicopatía clínica debido a la crueldad, falta de empatía y frialdad necesarias para sus actividades, y que si bien la psicopatía es un trastorno mental, el narcotráfico a menudo implica comportamientos depredadores, hostilidad y una alta capacidad para la violencia—. Al ser informado el entonces presidente López Obrador detuvo el operativo destinado a su captura. Unos años antes, la tarde del 17 de octubre de 2019, Culiacán se volvió una zona de guerra. El Ejército había detenido a Ovidio Guzmán, pero hombres armados tomaron la ciudad para obligar a su liberación, a lo que el presidente accedió. Una amiga nos escribe: “A toda mi familia y amigos que están en Guadalajara y otros lugares afectados por los narcobloqueos de esta mañana, les envío un fuerte abrazo desde Culiacán, cuídense mucho y no escatimen precauciones”. Le pregunto cómo están las cosas allá, si está tranquilo... Responde: “Comparado a los narcobloqueos que están padeciendo ustedes sí, aquí no ha habido. Sigue la violencia de ejecuciones y balaceras con muertos y desaparecidos. Eso se incrementó la semana pasada”. Vaya, me digo.
Antonio Ortuño escribe en su columna de ayer en El País, “Un domingo cualquiera bajo fuego”: “En México, los domingos ya no son para el descanso, sino para contar los daños de una guerra que no termina”. Así es, tristemente. Una violencia que nos remite a esa larga marcha de tropiezos que menciona Dickens en su Historia de dos ciudades —al parecer, esta no será la primavera de la esperanza; en México parece que el invierno de la desesperación se alargará indefinidamente.
En 2009 escribí en la desaparecida revista Milenio Semanal: “La noche del 14 de mayo pasado mi sobrino Juan Pedro y otras siete personas fueron asesinados, a algunos les dieron un tiro de gracia. En ese ataque fueron heridas muchas personas más, y varias murieron después en el hospital. Pedro tenía 26 años y el próximo mes se titularía como abogado por la Universidad Autónoma de Coahuila. El hijo de mi prima María Elba salía poco, pero esa trágica noche de sábado fue a la inauguración de Las Juanas Vip en la colonia Campestre La Rosita, de Torreón. Ese bar, una palapa de madera como las que hay en Mazatlán y cuyo nombre ‘homenajea’ a las amantes intercambiables de los narcos, también llamadas ‘buchonas’ en Sinaloa, había sido baleado el jueves anterior. Una advertencia ignorada temerariamente, con las dolorosas consecuencias para las víctimas y sus familiares. Otra vez, gente inocente fue sacrificada con saña y con toda intención en medio de una guerra entre cárteles, de una guerra a ciegas del gobierno contra algunos de ellos”. Quince años después, la guerra sigue.
¿Cuánto más coraje, cuánta impotencia es posible aguantar antes de exigir un futuro diseñado con inteligencia y sensibilidad, no con balas? Guadalajara, la entrañable ciudad que me adoptó, merece más que esto: una utopía posible, no este eterno estancamiento en el miedo.
En tanto, la vida sigue... Una muerte y 466 nuevos casos comprobados ocurridos entre el 10 y 16 de febrero —poco más de 77 nuevos casos diarios en promedio—, mantienen en ascenso el brote de sarampión en Jalisco, ah, y en junio empieza el Mundial.
¿Qué puede salir mal?
AQ / MCB