Cultura

Emmanuel Carrère: el escritor anfibio publica ‘Koljós’, una novela sobre memoria, familia y guerra

Literatura

En ‘Koljós’, su libro más reciente, el autor de ‘Limónov’ va entreverando la vida de su madre, una distinguida académica, con su propia genealogía y la incursión militar de Rusia en Ucrania.

Emmanuel Carrère es un autor que ha tenido que pagar un alto precio emocional por traspasar los límites entre ficción y realidad. En su libro Una novela rusa contó la historia de su abuelo materno, un colaboracionista de los nazis, que le causó un enorme disgusto a su madre; a raíz de Yoga, Hélène Devynck, quien era su pareja, se distanció públicamente de él y denunció que el relato, presentado como autobiográfico, violaba su intimidad y desnaturalizaba la realidad.

Ahora, el autor de obras como El Reino y Limónov elabora una mezcla de memoria, periodismo y ficción en su nueva novela, Koljós (Anagrama), en la que dibuja un mapa familiar que arranca con el funeral de Estado de su madre, la académica de la lengua francesa Heléne Carrère, reconocida autoridad en el estudio de la historia rusa cuyo fallecimiento, en 2023, impulsó a Carrère a revisar una abundante colección de archivos, cartas y fotografías a partir de las cuales construye un relato en el que aborda su propia genealogía y la entrelaza con los grandes acontecimientos del siglo XX hasta llegar al otro gran tema de la novela: la guerra en Ucrania.

Dice Carrère que el periodismo fue una buena manera de avanzar en este amplio relato, ya que desde el inicio de la guerra en Ucrania hizo reportajes en la zona, interesándose por la parte georgiana de su familia, a la que no había prestado mucha atención. En un pasaje que ilustra el tejido de la narración, Carrére recrea la retransmisión de la reunión del Consejo de Seguridad celebrada el 22 de febrero de 2022. Desde lo alto de un púlpito, Vladimir Putin anuncia su intención de reconocer la independencia de los territorios rusófonos del Donbás, en el este de Ucrania. El siguiente paso sería la anexión.

Ordena a Serguéi Narishkin, jefe del servicio de inteligencia exterior, que se ponga de pie y le pregunta si apoya esa medida, que a ojos del derecho internacional es una pura provocación. Vemos que Narishkin no tiene ninguna intención de apoyarla, pero vacila y trata de marear la perdiz. Dice que, si se pone en marcha, sí, probablemente, muy probablemente la apoyará. Putin, con una sonrisa amenazadora y maliciosa, asusta de verdad: “Vamos, no le dé más vueltas, Serguéi Yevguénievich, hable claro: ¿la apoyará o la apoya?” Narishkin, un hombre con gran poder y más bien apuesto, balbucea, con manos temblorosas, una serie de cosas incomprensibles, hasta que finalmente suelta: “La apoyo, la apoyo”. “Pues ya está. No era tan difícil. Puede sentarse”. Fue un momento extraordinario, shakesperiano: el sadismo puro del gobernante humillando a su vasallo delante de sus semejantes.

Carrère utiliza este método a lo largo de más de cuatrocientos páginas, evocando recuerdos y estampas de su vida familiar, centrados en su madre, y la Historia con mayúsculas, que entrecruza con facilidad sorprendente, introduciendo al lector en ambos mundos mediante una escritura que parece lineal y que en el fondo es un meandro de historias, anécdotas y observaciones, como cuando reflexiona sobre el futuro de Putin en una conversación con su madre, quien unas semanas antes de la invasión había concedido una larga entrevista en la televisión francesa, una charla sobre geopolítica, rica en perspectivas históricas, deslumbrantes por su claridad, que habían hecho de su madre una institución nacional.

En un momento dado, casi como de pasada, como si fuera algo obvio en lo que no merecía la pena detenerse, dijo: “Miren, Putin no está loco, ¡no va a invadir Ucrania!” Hubo quien se burló de ella. La llamé varias veces durante mi estancia en Moscú. A esa mujer tan optimista, por temperamento y principios, nunca la había oído tan desvalida: “No lo entiendo. Ya no entiendo nada”, repetía. Durante veinte años había considerado a Putin un autócrata y un interlocutor brutal pero fiable a su manera, con el que se puede discutir si se conocen y aceptan las reglas de la realpolitik. Un jugador de ajedrez astuto, no un tipo que, cuando esperas que enroque, se levanta de golpe, vuelca la mesa y el tablero, y saca un revólver que te pone en la frente.

Quizás uno de los secretos que hacen de la prosa de Emmanuel Carrère algo casi adictivo sea su manera de atrapar la intimidad después de sortear temas de otra naturaleza.

La mayor parte del tiempo, en realidad no pensamos, vamos con el piloto automático, atrapados en compromisos sociales que, en el caso de mi madre, fuera del fin de semana, se sucedían a un ritmo constante. Glenn Gould decía que para cada uno de nosotros existe una proporción óptima, muy variable, entre el tiempo que pasamos solos y el que pasamos en compañía de nuestros iguales. En su caso, necesitaba días enteros de soledad para purificarse de unas horas pasadas en compañía; aunque no tan radical, yo soy más bien de la misma cuerda. […] Desde principios de año sabía que tenía cáncer y que, en el mejor de los casos, le quedaban unos meses. ¿Tenía miedo? Desde luego. ¿Hacía balance de su vida? No me cabe la menor duda. ¿Rememoraba momentos de esa vida? ¿De su infancia, de sus padres?
Koljós Emmanuel Carrère
Portada de ‘Koljós’, de Emmanuel Carrère. (Anagrama)

Carrère ha explicado que cuando se escribe de intimidad hay que ver cada caso particular. Piensa que la regla es no provocar sufrimiento, que hay que tener cuidado con la gente que está a merced del escritor, sobre todo cuando se trata de asuntos privados. Pero cuando se trata de asuntos públicos, agrega, podemos decir casi lo que queramos. Así lo hace mientras narra que ve la televisión en un hotel ucraniano en los primeras semanas de la guerra:

Surrealista, junto con kafkiano, dichoso y nauseabundo, es uno de esos adjetivos que en principio intento no utilizar, pero aquí me resulta difícil prescindir de él. Sorteos de lotería, documentales sobre animales ad infinitum en plena guerra, sí, es surrealista. Según un chascarrillo que me cuenta el excorresponsal de guerra Guivi, en Ucrania ya han muerto centenares de civiles, entre ellos varias decenas de niños, pero el telediario del Piervy Kanal abre con la historia de un portero de un edificio de Nóvgorod que sufre de una uña encarnada. Se ha aprobado una ley para reprimir las fake news. No hay guerra, sino una “operación militar especial”, de modo que escribir o pronunciar la palabra guerra son tres años de cárcel, cinco si se hace en redes sociales, y quince si tiene “consecuencias públicas” (a saber qué son las “consecuencias públicas”). Y luego, un buen día —el 2 de marzo, de acuerdo con mis notas—, en lugar de animales o de concursos televisados no se ven más que vehículos blindados, incendios, cuerpos ensangrentados en camillas, e incluso hablando tan mal el ruso como yo no puedes equivocarte al oír en bucle: “nazis, nazis, nazis, genocidio, genocidio, genocidio”, y, de vez en cuando, para variar un poco, el verbo unichtozhat, “aniquilar”.

Entremedias y a salto de página, Carrère introduce retazos de su propia historia, que le sirven para ajustar cuentas consigo mismo. Antes de que lleguen éxitos rotundos como Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Un viaje en la mente de Philip K. Dick, El adversario o Una semana en la nieve, y como buen hijo del Mayo de 68, confiesa que aborrece todo lo que huela a institución y sus héroes son aquellos que se retiran y se abstienen, no los que desfilan bajo los focos: Beckett, Gracq, las grandes aves nocturnas.

Es otra cara de la gloria, más orgullosa, porque en el gusto por las condecoraciones hay una especie de modestia, pero no deja de ser gloria, una gloria que hacía como que no me importaba cuando lo cierto es que aspiro a ella tanto como mi madre. Quizá sea más lúcido, quizá sea más consciente de que la notoriedad, aunque protege un poco de la humillación —tan presente en la mayor parte de las vidas, tanto en la de mi padre como en la de mi abuelo—, falsea por completo las relaciones humanas. Transforma la conversación en entrevista: una situación tan falsa, tan desigual, en la que uno habla y el otro escucha, y donde se da por sentado que lo que el primero tiene que decir es interesante, y no lo que tendría que decir el segundo. En mis años mozos fui entrevistador, y luego me pasé al lado de los entrevistados. En la mayor parte de las interacciones sociales, disfruto hoy de una posición dominante: la gente me sonríe, se interesa por mí, busca mi compañía. Esto distaba mucho de ser así en los años noventa, que fueron tan oscuros para mí como gloriosos para mi madre.

Koljós es, en todo caso, un brillante y enorme homenaje a la madre del autor, nieta de las estepas, apátrida y matriarca, huérfana y zarina; una mujer que ejercía un “imperialismo emocional” sobre su familia; una mujer sin pequeñeces ni mediocridades, que sin embargo tenía una mala fe “proverbial” y mentía “hasta cuando daba la hora”; una mujer por la que fluían todos los ríos de Europa entre el Volga y el Rin, que entre sus antepasados se contaban príncipes rusos y barones bálticos, un general prusiano, la traductora de George Sand al georgiano, una dama de honor de la última emperatriz y al menos un regicida. Su historia rememora, en las páginas que escribe su hijo Emmanuel Carrère, una saga de personajes que vivían en la Toscana, en una residencia de verano de los Médici; otra que paseaba con lobos por los salones de San Petersburgo, y que, después de haber poseído tanto, lo perdieron todo en la tormenta de 1917. La vida de esta mujer le permite al escritor evocar el mundo menesteroso y magnífico de la emigración rusa, los grandes duques convertidos en taxistas, las princesas que se ganaban la vida planchando a domicilio, y a una niña tan orgullosa que, al inicio de cada curso escolar, sentía vergüenza cuando le tocaba deletrear su apellido: Zurabishvili. Una vida que no pasa por alto que su padre fue un colaboracionista desaparecido durante la liberación de Burdeos cuando ella contaba quince años, ni a su hijo, el escritor, que revela esa vieja historia en un libro que la hizo sufrir. “Leyenda áurea”, escribe Carrère, “nuestra madre era apátrida; el día que adoptó la nacionalidad francesa, hubiera querido, en el ayuntamiento, cantar La marsellesa, recitar la Constitución o jurar la bandera, y para ella fue una decepción que no le pidieran nada de eso”. Su madre, en fin, que con el paso de los años se convierte en una especialista en la Unión Soviética, “ese gigante del que fue una de las primeras en advertir los pies de barro”, y le llegan el reconocimiento, la gloria y la elección en la Academia Francesa, donde se sienta en el sillón de Corneille y de Victor Hugo; la hija de emigrantes pobres que aprendió francés a los cinco años y se convirtió en la encarnación de la República francesa y de su lengua, a las que sirvió hasta los últimos momentos de su existencia, cuando aceleró el ritmo para llevar a buen puerto la novena edición del diccionario de la Academia y que, el 6 de julio de 2023, un mes exacto antes de morir, presidió la sesión en la que se definió la última palabra de la lengua francesa: zygomatique. Una mujer, en suma, por la que Francia se vistió de luto y le presentó sus respetos en un funeral presidido por el presidente Emmanuel Macron.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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