Con Baltasar Gracián asistimos al ocaso de la civilización española. No termina la lengua, ni el pensamiento, ni las facultades de quienes hablan español, porque falta Sor Juana, pero la nulidad cultural de los siguientes 150 años comienza cuando Gracián parece ser la sola estrella. Y no es él la causa sino un síntoma. España iba rumbo a la noche. Lo suyo es el secreto, el cálculo del otro, el disimulo en uno mismo: la desconfianza. "El varón… permítase al conocimiento, no a la comprehensión” (Oráculo manual y arte de prudencia), o “Todos te conozcan, ninguno te abarque; que con esta treta, lo moderado parecerá mucho, y lo mucho infinito, y lo infinito más” (El Héroe). Es un estoicismo cortesano, cuya nobleza es de toga y ya no de espada. Al arte o treta de esconderse, lo llama “cifrar la voluntad” y, para él, cifrar no es ocultar solamente, es codificar, convertir la propia voluntad en un jeroglífico para que los demás no puedan leer las intenciones. Que nadie sepa qué deseas, porque quedas vulnerable: “lo mismo es descubrirle a un varón un afecto que abrirle un portillo a la fortaleza del caudal, pues por allí maquinan políticamente los atentos, y las más veces asaltan con triunfo”.
Hasta hoy, las voluntades cifradas generan una vida pública embozada. No hay política, sino conspiraciones, cuchicheo, chisme, delaciones. Quien hace saber su deseo de trepar a un cargo público queda en desventaja. Como si exhibiera su codicia y no su capacidad.
El momento de Gracián, ese complejo barroco que tortura la sintaxis, es igualmente complejo y barroco en otras lenguas. Quizá la más intrincada escritura de toda la lengua inglesa sea la prosa de Milton. Digo la escritura cuyo objetivo sea público y dialógico. De otro modo: la prosa de Gracián y la de Milton son muy arduas y muy distintas. Gracián hace bonsais, enanismo por tortura: oraciones que no son breves, sino compactadas; geniales, pero sin aire. Pensamiento enlatado al vacío. Milton es alambicado y denso, pero dinámico, casi veloz. Lo suyo no era contener, sino extender; discutir con el interlocutor, hacer público su pensamiento y sus deseos. Por mor de simetría, digamos que Milton produjo un “Arte de imprudencia”.
Mientras, la gran literatura española de fines del Barroco, es decir, el jesuítico Gracián y la gran Sor Juana, emboza y esconde sus deseos. La lengua española tuvo la mayor poesía amorosa del siglo XVII, pero siempre conceptual, sin erotismo: no conoció la presencia deseada de ningún cuerpo, lo esconde. Salvo la poesía burlesca, solamente puedo pensar en dos cuerpos desnudos del Siglo de Oro: el Cardenio, dando maromas, en el Quijote, y una calavera en El mágico prodigioso, de Calderón.
El barroco de lengua inglesa, en cambio, está profusamente salpicado de erotismo, incluso entre sus poetas más religiosos: Donne, Herbert, Crashaw y, desde luego, John Milton. Puritano, irascible, intransigente, tenía todos los ingredientes del oscurantista. Fue lo contrario. Creía ferozmente en dos cosas: en la vida pública de la moral y la política, y en la libertad de todo ser humano. Ambas a mansalva.
Por ejemplo, en el canto VIII del Paraíso Perdido, el Arcángel Rafael conversa con Eva y Adán. Eva se levanta y se retira. Dice que prefiere escuchar después la explicación de Adán, porque él va a introducir “sabrosas digresiones y caricias conyugales”. Mientras Eva camina, los dos, el Arcángel y el hombre, quedan hechizados por la belleza de aquella que anda. Su desnudez provoca la admiración de Rafael, obligado a explicar que en la mujer advierte la perfección creadora de Dios, y el respingo del deseo en Adán. Ninguno puede obviar los estragos de la belleza. Pierden el hilo de la conversación… ¿En dónde estábamos?
Paraíso Perdido es un poema teológico, pero también es una confrontación con el mal al que ha de enfrentarse todo aquel que se sepa libre, y un provocador poema erótico, muy fino.
Milton no tenía miedo ni reparo en decir su deseo. Ni en lo íntimo, ni en lo público. No sólo no cifra su voluntad: es notoria como el velamen de un barco: visible de lejos, antes que la nave. La prosa difícil de Milton sale a la plaza y arenga, interpela, hace política. Su Areopagítica es el banderazo de salida para la existencia del liberalismo. En todo caso, esta perorata a favor de la libertad de prensa frente al Parlamento es la sentencia de muerte contra toda censura. Prohibir la lectura o la publicación, de lo que sea, equivale a castigar un pecado antes de que sea cometido.
AQ / MCB