Cultura

‘Index Retium Prohibitarum’

Bichos y parientes

Del ‘Index librorum prohibitorum’ al miedo a las redes sociales, prohibir no forma criterio ni responsabilidad.

En este medio milenio de la Modernidad, los medios de comunicación han dado el tono del progreso. Cada innovación vino con un deseable salto cultural y como riqueza añadida para todos. Un mundo sin libros sería infinitamente más pobre. Y cada paso ha traído también su desfile de miedosos, desde los críticos prudentes hasta los delirantes que exudan prohibiciones. Por supuesto, un aumento de recursos comunicativos abre grietas en el poder, tanto del Estado como de la iglesia. En el pasado hubo muchos intentos de controlar los medios y siempre perdieron los miedosos. El Index librorum prohibitorum (1564) hoy da más risa que temor. Los periódicos sortearon todo tipo de ataques; el telégrafo fue objeto de regulaciones “por seguridad nacional”; la radio, el cine, la tele… todos los medios produjeron sus propios terrores y, desde John Milton, como que ya es tiempo de entender que la prohibición no es más que la manifiesta renuncia a la responsabilidad.

El caso es que un fantasma recorre la civilización. Es el fantasma pálido del miedo a las redes sociales. Y empieza por zonas cultas: Australia, España, Francia, Portugal, Grecia y Austria, o ya prohibieron, o están en vías de prohibir el acceso de los adolescentes y niños a las redes sociales. Pongámoslo en su latín correcto: estamos estrenando el Index Retium Prohibitarum. (Y no nos detenemos en los bárbaros que simplemente desprecian la inteligencia, la libertad y la dignidad humana: China, Irán, Rusia, Cuba, Corea del Norte y, próximamente, México).

En las publicaciones impresas la interactividad siempre ha sido muy precaria, muy limitada. Hasta el Internet, los medios propusieron una dinámica que fluye caudalosamente en un sentido y fatigosa en el contrario. Autores y editores son emisores (y están dotados de una autoridad); lectores, público, son receptores. Era un mundo que no tenía que preocuparse por la autoridad: estaba dada en el hecho meritorio de ser autor y ser editor (o su lugar equivalente en radio, tele, cine). Quien publicaba en los medios tradicionales había pasado filtros y crítica. Era, pues, autoridad cernida, cribada, confiable (siempre cum grano salis). Pienso en un buen libro: Homo videns, de Giovanni Sartori, como crítica de la claudicación del sapiens, pensante y analítico, ante el mero videns, como una ablación mental. Y en Marshall McLuhan: aunque el brillante canadiense atisbó la era de la interacción, apenas columbró que se trataba de un cambio de galaxia: es un universo distinto el de leer autores que el de ser interlocutor (en las buenas) o ser interactor, o usuario usable.

Es muy raro que las cartas de los lectores al editor de una publicación periódica alcancen notoriedad. Está el magnífico libro La mosca y el frasco, de Ved Mehta, pero es un garbanzo de a libra. Virginia Woolf o Vladimir Nabokov escribieron a sus editores en respuesta a objeciones publicadas en revistas, pero son famosas porque ellos eran famosos.

Más raro es que en esta era de redes, una carta al editor se convierta en la pieza más leída de una publicación y se reproduzca miles de veces. El 26 de febrero, el Wall Street Journal publicó esta carta, firmada por Rod Wilson:

“Las prohibiciones parecen enérgicas, pero evaden la dura realidad: El entorno digital no es temporal, y la adolescencia no puede posponerse hasta que sea conveniente para los adultos. No estamos criando a nuestros hijos para un mundo sin algoritmos. Los estamos educando para un mundo conformado por la inteligencia artificial, la visibilidad pública y la comparación constante. Eliminar el acceso no fomenta la resiliencia, el juicio ni la autorregulación.

Simplemente retrasa el momento en que se requieren esas habilidades, a menudo hasta que la influencia parental se debilita. La historia demuestra que la prohibición rara vez produce madurez”.

No tengo motivos sino de elogio para el señor Rod Wilson. Se rehúsa a escurrir la responsabilidad y a ceder su lugar al miedo ambiente. Sencillo y claro, supo poner el problema en unas pocas líneas, de modo que su siega de fantasmas nos coloca frente a un conflicto que se ha presentado por acá y allá, de modo caótico, como río revuelto. La cobardía en la cultura lleva a ceder un problema de conocimiento, comunicación y ética a sus peores exponentes y enemigos naturales: los fabricantes de leyes.

El tema se bifurca. Habrá que regresar. Hoy lo dejo en provocación.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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