Prometeo desafió a Zeus. Robó el fuego y se lo entregó a los humanos. Con ello dio el conocimiento, el progreso y la libertad. Zeus lo castigó con el tormento eterno. Lo encadenó a una roca donde un águila le devora el hígado cada mañana.
Aquel fuego expulsa de las tinieblas al ser humano, el conocimiento es otorgado como una herramienta para alcanzar la civilización, se hace de la razón la materia fundamental. El ser racional se enfrenta, inevitablemente, con su monstruo interno. Aquel monstruo es el que nos desafía y nos impulsa a regresar al lado más irracional. El conocimiento, mal utilizado, puede crear falsos dioses de barro que terminan fragmentados ante los peligros de sus acciones y ponen en riesgo a la humanidad.
Guillermo del Toro ha dirigido una nueva adaptación de Frankenstein, basada en la célebre novela de Mary Shelley, y a pesar del reto que implicó, por la presencia que tiene el monstruo en el imaginario colectivo, logró hacerlo de manera original, respetando la idea central de la novela e imprimiéndole su sello.
La escenografía es de una gran inteligencia, los elementos en su conjunto se convierten en símbolos que le dan un lenguaje oculto a la película. El espacio trasmite soledad y frialdad, las escenas del barco varado en el hielo, los extensos salones calentados por chimeneas, la nieve constante, las calles húmedas llenas de sangre de los animales cazados para alimentar, el agua que recorre el laboratorio de Víctor Frankenstein. El agua es un elemento de transmutación en las películas de Del Toro, es un elemento característico de su creación, le permite purificar a sus monstruos. Les otorga, así, la posibilidad de iniciar otra vida, no la que le dicen los otros sino la que ellos ansían. El espectador se traslada al espacio que muestra la película, siente ese frío y soledad; vive en tensión permanente, no sabe que puede suceder. Aunque se haya leído el libro, el director ha dado una vuelta de tuerca y ha trasladado a Frankenstein a su propio mundo: donde los monstruos se redimen.
¿Quién es el monstruo? Parece ser una de las preguntas que nos plantea Guillermo del Toro en sus obras. Entonces, debemos de mirar desde otra perspectiva la historia. Víctor Frankenstein, es educado con rigor por su padre, él lo hace conocer cada parte del cuerpo humano, su función y su nombre. Sufre la pérdida de su madre y anhela recuperar la vida, quizá con la necesidad de volver a encontrar ese amor. Sabe que solo Dios es inmortal y desde el fuego del conocimiento crea a su monstruo, que es un retrato de su interior: un ser noble y con necesidad de pertenecer a algo y que la dureza del exterior termina transformándolo, saca su lado oscuro. Busca venganza, es el único instrumento que puede satisfacer las heridas que los otros, aquellos que juzgan el exterior sin conocer el interior de la persona, le han causado.
El monstruo, que nunca tiene un nombre propio y asume el de su creador, sale a la vida. Contempla la belleza de un bosque, la nobleza de un animal que es cazado y asesinado por un hombre, parece ser normal por fuera y en realidad es un monstruo por dentro. Únicamente encuentra compresión en un anciano ciego quien lo juzga por la nobleza de su alma, en ese momento logra darse cuenta que hay seres capaces de amarlo y de aceptarlo. Vence momentáneamente sus miedos, e imagina una vida, pero pronto aparecen los prejuicios de aquellos que juzgan lo externo. Lo confrontan, otra vez, a sus miedos que sacan su lado oscuro, aquel que es capaz de destruir toda belleza que pudiera haber adquirido para su vida.
Elizabeth Lavenza, la novia de William Frankenstein, hermano de Víctor, conoce al monstruo, en los sótanos del laboratorio. Admira su belleza. Se percata de que es un ser inteligente y al cual puede amar, porque él es capaz de expresar el amor más puro, aquel que viene de la nobleza: surge de adentro y no espera nada a cambio. Son las únicas posibilidades de salvarse del monstruo, quien se enfrenta a vivir la eternidad en soledad. No convivir con nadie de su misma especie lo hace vivir en la locura. Ve que su amor se transforma en el odio a su creador, porque no fue capaz de darle a su Eva, lo condenó a la soledad, a vivir aislado, nadie es capaz de conocer el fondo de su alma, basta con verlo para salir corriendo. Su venganza vendrá con el tormento de perseguir y destruir a Víctor Frankenstein, de enseñarle que al querer convertirse en Dios se transformó en su propio demonio.
Frankenstein en su muerte se mira frente a Frankenstein y ambos entienden que la venganza no los dejará descansar. La criatura perdona a su creador, se resigna a su soledad, esperando su muerte. Entiende que la plenitud de la vida solo se logra con la tranquilidad del alma, cuando un ser es capaz de recobrar su esencia, la que un mundo de maldad le hizo cambiar.
Guillermo del Toro ha dotado a su monstruo de una belleza que contrasta con la idea que ha existido de Frankenstein, no es extraño por la tanto ver como cada parte de cuerpo que el Dr. Víctor selecciona, corta y arma tiene la función de crear un monstruo con una belleza singular y de grandes proporciones, Mary Shelley así lo escribe: “¿Cómo podría describir al miserable ser que, con infinitos sufrimientos y cuidados, me había empeñado en formar? Sus extremidades eran proporcionadas y había procurado que sus rasgos fueran bellos. ¡Bellos, digo! ¡Dios del cielo!”
Guillermo del Toro ha creado un universo cinematográfico único, el más auténtico de nuestra época. Ha sido capaz con sus monstruos de mostrar el significado de la palabra, nuestros miedos y otorgar la ligera esperanza de que en la bondad interior de cada uno se encuentra la posibilidad de mejorar como especie.
Me atrevo a decir, como nota final, que es la primera vez que una película supera al libro.
AQ / MCB