Cultura

Finales

Husos y costumbres

¿Por qué queremos saber cómo acaba todo antes de empezar? ¿Es miedo o necesidad de control ante lo imprevisible?

De un tiempo a ahora me dan ansiedad los finales. Por eso comienzo los libros por el final, veo de antemano el final de las películas para ahorrarme soponcios, consulto los horóscopos para saber qué pasará la semana próxima. También leo los periódicos con ansiedad, intentando entender hacia dónde van todas las cosas tan impresionantes que están pasando en el mundo, en qué terminará todo esto, si hay motivos para tener esperanzas o si valdrá la pena empezar a buscar un refugio de cualquier clase.

El otro día vi un pequeño video en el que una célebre adivina nacional aseguraba con gran seriedad que el mundo se terminará en el año 2031. Llevaba un peinado que recuerda al de las bailarinas a gogó. Es increíble la cantidad de cosas que la gente puede decir con gran seriedad y con esos peinados. Me acordé del fin del mundo en el año 2000, que tantos adivinos predijeron, y supuse que mi ansiedad por los finales debe de ser ridícula en comparación con la de ellos: ¿habrá convenciones de adivinos, concursos de adivinos a ver quién le atina mejor al fin del mundo? Ya me los imagino discutiendo, con sus exóticos kaftanes, las manos invadidas de anillos, las bocas repletas de acuarios, capricornios, chacras y escorpiones, todos en comunicación directa con el universo como si fueran reporteros de la fuente. Lo único malo es que no habrá manera de premiar después al ganador, ni de nada, básicamente. No podrán darse el gusto de decir “te lo dije”, ni nada por el estilo.

Es lo malo de la ansiedad por los finales, producto de no poder soportar la tensión narrativa en la vida en general. Esa ansiedad, seguramente, está en el origen de la compulsión por las apuestas, la decisión de montar funerarias y, por supuesto, la estadística. Por suerte la realidad es terca y, para bien y para mal, suele desafiar todas las previsiones.

Pero mejor hablar de los finales de las películas, las novelas, los cuentos. Hay unos que resultan buenos por sí mismos, aparte de las predicciones y las expectativas de toda clase que hemos puesto en ellos. Hace poco lo comentamos entre amigos sobre una película que se llama El tren del miedo (2013) de Bong Joon Ho, el mismo director de la célebre Parásitos. Trata, justamente, del fin del mundo: el mundo se congela y los pocos sobrevivientes lo hacen a bordo de un tren auto sustentable que recorre el planeta eternamente. Hay clases sociales en los vagones, una revolución, cosas muy sorprendentes que vale la pena ver, y el final es un buen final, porque da una pequeña esperanza, pero también habla de los riesgos de aquella esperanza. Quizá esos finales son los mejores: no los que engañan, pero tampoco los que nos dejan vacíos.

AQ / MCB​

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Ana García Bergua
  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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