“En aquel tiempo contraje el hábito de soñar con las piedras”, escribe Borges en el que sería uno de sus últimos cuentos. A mí me bastó con poseer una —un pequeño fragmento de mármol recogido en Delfos, hacia 1984— para comenzar a soñar con ellas. Inicié entonces una no demasiado vasta colección de piedras comunes, que dependía de la gentileza de mis amigos viajeros. Ellos, al emprender lejanos periplos, recordaban mi encargo: “tráeme una piedrita, una que quepa en tu mano”. Y así, con el correr de los años, se fueron incorporando a mi ingenuo almacén, una piedra verde hallada en las faldas del monolito Uluru en Australia, una leve y porosa piedra volcánica proveniente de las Islas Galápagos, una piedra triangular que por una de sus caras muestra trazos que pueden leerse como una singular cartografía y fue encontrada en la Zona del Silencio, cerca de Durango.
Pero quizá, como lo son tantas otras cosas que moldean nuestro carácter, mi fascinación por las piedras comenzó muchos años antes, en la infancia, durante un paseo en el Bosque de la Primavera, una amplia zona forestal vecina a Guadalajara, hoy en día amenazada por la usura y los cíclicos incendios del verano. En aquel entonces, mientras los adultos conversaban, los niños éramos libres de vagar a nuestro antojo; recuerdo el sonido de nuestros pies entre la abundante hojarasca, el silbido del viento entre las frondas. De pronto, al vadear un arroyo —el bosque alberga una caldera volcánica— descubrimos un grupo de piedras negras que se destacaba por su brillo. Las recogimos y al lavarlas en la corriente notamos que podíamos mirarnos en ellas, como si se tratara de pulidos espejos. Estábamos seguros de haber encontrado un tesoro. Pronto supimos que se trataba de fragmentos de obsidiana, “los guerreros aztecas la usaban para fabricar armas”. Uno de mis tíos, que era entonces dueño de una tienda de artículos deportivos, siempre cómplice de nuestros juegos, se ofreció a llevarlas y ponerlas a la venta. Generoso, nos dio un anticipo, un peso —una pequeña fortuna— a cada uno de los intrépidos descubridores. Muy pronto, demasiado pronto, otros juegos, otras búsquedas ocuparon nuestros días.
En el cuento de Borges, “Tigres azules”, un hombre sale en busca de uno de estos fabulosos ejemplares que, le han contado, había sido descubierto en India, en el delta del Ganges. Luego de largos días de búsqueda infructuosa, una noche en que transgrede la prohibición de internarse en una cumbre sagrada, lo que descubre es otra cosa. Al mirar a través de una grieta vio que “estaba llena de piedritas, todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro”. Todas eran de color azul, el azul del tigre soñado. El argumento del cuento se ramifica y continúa con la historia de esas piedras mágicas, que no le revelaré al posible lector de esa trama magistral. Diré, sin embargo, que a mí me conduce al que quizá sea el libro más hermoso que se ha escrito sobre el tema —obra de un amigo y traductor de Borges— el francés Roger Caillois. Su título, Piedras, alberga un compendio de maravillas. Y su mejor reseña es obra de una escritora mexicana, Jimena Sánchez-Gámez, que cito in extenso: “Cuenta Caillois que ‘el último de los Song reunió numerosas piedras en un jardín cósmico’, también él lo hizo, en vida, en papel. Escribió —como si esculpiera— sobre piedras que parecen montañas, sobre el agua atrapada en las ágatas desde el inicio del planeta. Vio en las septarias, dragones y sacerdotisas con vestidos de centellas; en el ónice, tinieblas reverberantes; en el cobre, la imagen duradera de la fuga del fuego. Hizo de los cristales de roca fantasmas que atraviesan murallas, y en el mapa de metal de un pedazo de meteorito pulido imaginó provincias que se prenden y apagan. Pensó en las grandes piedras verticales de los primeros hombres, las quiso exaltaciones ‘de una especie todavía ebria por haberse erguido’. Se detuvo en el malva de los jaspes; y buscó, en los raptos de la naturaleza, la escritura de los fósiles que se añade a la de las piedras”. Este libro increíble, en la traducción española de Daniel Gutiérrez Martínez, se publicó en la Biblioteca de Ensayo (serie menor) de la editorial Siruela en 2001.
AQ / MCB