Eve Babitz —musa, cronista y artista— escribió como vivió: con descaro e inteligencia. A ella se le deben los trazos del mapa íntimo de Hollywood: las grandes fiestas, los amoríos más célebres, las obsesiones privadas y las amistades peligrosas, contadas en textos bien afilados (auténticas bombas periodísticas en el mundillo del famoseo), publicados en revistas como Rolling Stone, Vogue, Playboy o Esquire. Textos dueños de unos desenfrenados rayos equis, textos ácidos, furiosos y sensibles. Siempre al borde de la combustión espontánea. Lo normal en alguien que, literalmente, fue una mujer en llamas.
Un domingo de 1997, la cronista del “otro” Hollywood, salió de un almuerzo con amigos y colegas, se subió a su vocho para volver a casa y, segundos después de arrancar, se le antojó un cigarro. Podría haber esperado a toparse con un semáforo en rojo, pero no había tráfico. Así que se le hizo fácil sacar de su bolso un Malboro y una cajita de cerillos. El coche avanzaba a una velocidad “normal” cuando, al pasar por un pequeño bache, el cerillo encendido se le cayó en su falda de poliéster y, en milésimas de segundo, la prenda se incendió.
Aterrada, alcanzó a frenar, abrir la puerta para lanzarse y rodar sobre el pasto de una pequeña colina con la intención de apagar las llamas. Nadie le brindó ayuda y ella, sin saber qué hacer, volvió al coche y se fue a casa de su hermana quien, al verla llegar en un estado deplorable, de inmediato llamó a una ambulancia. Eve tenía quemaduras de tercer grado en medio cuerpo, un susto del carajo y una incredulidad apabullante: ¿por qué la perra vida se le había volteado en un instante? Al salir del hospital decidió retirarse del ámbito público y dejar de escribir.
Pero para entonces ya tenía un considerable cúmulo de textos sobre lo que vio, escuchó y vivió entre el hedor del éxito, “con el privilegio de ser la última en irse de la orgía para luego contarlo todo” (pero todo-todo). Esos textos por fin se han publicado en español (Yo era un encanto, Random House) y por ellos desfilan amantes y amigos, anécdotas sobre personajes como Francis Ford Coppola, Jim Morrison, Nicolas Cage o incluso Charles Manson, una colección de experiencias, desenfrenos y temáticas variopintas: el yoga, la acupuntura, los bailes de salón o el amor libre. Son los demonios de Los Ángeles, esa ciudad en la que “no hay inviernos pero sí hay terremotos, fiestas y ciertas personas y canciones” y adonde ella se le invitó o se le evitó, y por donde se movía con ingenio un tanto malvado, para obtener una exclusiva. Lean esas crónicas y verán que son la constatación de que la intelectualidad y la cultura llevan zapatos de tacón, un atrevido escote y un cigarrillo en la boca.
Eve Bavitz se parecía a Brigitte Bardot, era hija de uno de los músicos de la orquesta de la 20th Century Fox, ahijada del compositor Igor Stravinsky, amiga de Charles Chaplin, Greta Garbo, Andy Warhol y de Joan Didion. Fue precisamente Didion quien la convenció de que pertenecer a una élite artística y cultural implicaba tener una responsabilidad hacia el público. En 1971 la revista Rolling Stone le pidió un artículo a la autora de El año del pensamiento mágico sobre el día a día de las estrellas de Hollywood. Didion acababa de firmar un contrato de exclusividad con Life, así que llamó a Eve Babitz: “deberías encargarte tú.”
De ese par de amigas y cómplices, cómo no, se ocupa otro libro, que también acaba de publicarse en español (Didion y Babitz, Random House), porque esa amistad/rivalidad fue emblemática para el Nuevo Periodismo. Pero es en el prólogo de Yo era un encanto, donde el escritor argentino Rodrigo Fresán resume mejor que nadie a esos polos opuestos que se atraían y acabaron por repelerse: “La suya es una relación peligrosamente simbiótica-antagónica-parasitaria. Joan Didion es la magistral mejor alumna de la clase; Eve Babitz es la más chistosa e indisciplinada que se las arregla para aprobar sin nunca estudiar demasiado. Joan Didion es pequeña y frágil y habla entre susurros inmóviles con mirada voyeur; Eve Babitz es gigantesca y exhibicionista y se expresa en largas y gritonas parrafadas y no para de bailar para que la miren bailar. Y en algún momento se cansan la una de la otra.”
Después del accidente del cerillo, Eve Babitz vivió encerrada en sus recuerdos y murió a los 78 años, en diciembre de 2021, tan sólo una semana antes que Joan Didion.
AQ / MCB