Las catedrales, en su arquitectura, nos hablan desde la ciencia atenta a la gravedad. Tienen en su memoria la arcilla del campo antes de la cantera; la suavidad de la tierra ante el agua y ante las manos que la transforman en un lugar de resguardo. O los sistemas armables que se trasladaban sobre el caballo para desplegarse sobre las llanuras y volverse casa: estructuras que se extendían para ver el cielo a través de su cúspide, como un fresco natural e inagotable.
Las elevaciones estructurales protegen e intentan tocar el cielo. Las cúpulas, en su redondez, recuerdan al vientre de mujer que alberga vida; allí mismo, los frescos muestran el cielo, los ángeles, las santidades y la figura de un dios. Occidente heredó estas edificaciones religiosas, a las que se accede a través del nártex o entrada principal, para recorrer las naves laterales y la nave central, constituida como eje que conduce hacia el ábside, espacio que cobija el altar mayor, la zona de mayor importancia litúrgica.
Para los N’dee/N’nee/Ndé, registrados históricamente bajo el nombre exógeno “apache”, la constitución de la koga’ —conocida en otras etnias como tipi— se sostiene sobre doce maderos y una estructura de telas que antiguamente fueron pieles de seres animales. En su parte superior se abren las alas de humo cuya apertura deja ver el cielo. La estructura se erige sobre la suavidad de la tierra y conduce hacia ese ojo abierto que conecta con uno de los elementos rituales más importantes: el cielo.
En las ciudades, alejados de estos sistemas antiguos que no hieren la tierra con su permanencia, regresan fragmentos del largo y fundamental poema “La tierra baldía” (The Waste Land, 1922), de Thomas Stearns Eliot. Allí emerge la ciudad moderna: En la hora violeta, cuando los ojos y la espalda se alzan del escritorio, cuando el motor humano aguarda como un taxi palpitando en la espera. Más adelante, en el poema vuelve a aparecer el color violeta en un marco de misterio:
Una mujer soltó su largo pelo negro/ y halló susurrante música en esas cuerdas,/ y murciélagos con caras de bebés en la luz violeta/ silbaban, batían las alas,/ reptaban cabeza abajo por un muro negruzco/ y en invertidas torres en el aire/ tañían reminiscentes campanas dando las horas/ y resonaban voces en cisternas vacías y exhaustos pozos*. La modernidad aparece entonces como un territorio espiritualmente agotado y, al mismo tiempo, atravesado por una búsqueda de sentido.
De las catedrales, sus murales y frescos, creo más en la emoción de los cuerpos que las formaron, en las manos que levantaron esas estructuras. Creo en las manos que situaron columnas, puertas, rosetones y arcos en lugares simétricos y exactos. Creo en las manos que dieron color a las pinturas. Creo en la naturaleza de los cuerpos que tejieron pieles y árboles para tensar el arco entre la tierra y el firmamento. Allí habita la ciencia de los astros y de la luz: la misma que permite que una pirámide haga descender una serpiente luminosa sobre sus escalones. Creo en las manos que edificaron sistemas móviles o permanentes donde la belleza adopta múltiples formas.
Los N’dee/N’nee/Ndé tienen la mirada sobre la tierra y sobre aquello que respira bajo ella. Hay una comprensión del viento en el armado de la koga’ y en la disposición de sus alas. Portar una morada sobre los caballos y andar sobre su propia casa —la tierra— manifiesta el ritual de habitar el cosmos. Ese vínculo atraviesa también nuestra historia mestiza y la continuidad de la etnia en México. Ese vínculo también obliga a reconocer el etnocidio del que fueron objeto.
Hoy, el Pueblo y Nación N’dee/N’nee/Ndé acompaña en Coahuila el retorno del bisonte (Iyanee, en lengua miizaa), gesto que vuelve perceptible una memoria territorial y cultural que aún resiste bajo el cielo: cielo extendido sobre el pelaje rojizo que nuevamente recorre las llanuras, estructura vasta y perfecta.
*Traducción de Juan Malpartida
AQ / MCB