Cultura

La vez que el Pacífico dividió sus aguas

Arte

Este texto tiene como uno de sus protagonistas a Miguel “El Chamaco”, quien según Juan Soriano no fue un gran pintor, pero sí fue un gran artista que escapó al estereotipo y se fue por la tangente.

La televisión era el centro del mundo, y esta estaba en la recámara de mis padres, justo bajo la ventana que daba a un recibidor lleno de flores que coronaba el jardín de mi madre que adornaba el frente de la casa. Un farol alumbraba unos mosaicos que representaban escenas que se agolpaban en una memoria colectiva que no era la mía; sin embargo, el pajarero con sus jaulas sobre sus espaldas, o la estrecha callecita de pueblo que terminaba con un volcán al fondo, me hacían vislumbrar un pasado que no era el mío, pero que, a fuerza de verlo y no verlo todos los días, acabó por dibujarme un continente que terminé adoptando como mío. Del otro lado de la calle se levantaba Cervecería Cuauhtémoc; una mole rematada con ventanas que dibujaban una cuadrícula que destellaba al sol y ocultaba el mundo que sucedía en su interior. Por las mañanas, y por las tardes, obedeciendo al cambio de turno, veía pasar a los obreros. La sirena de las nueve y media de la noche sigue sonando. Los oídos son otros; me imagino, que las preocupaciones muy similares.

La televisión era bilingüe. De seis de la mañana a doce de la noche el canal 6, el ABC, nos hablaba en inglés; pero a partir de las cuatro de la tarde, el canal 12 de Tijuana nos hablaba en español, e iniciaba sus transmisiones con una clase de inglés de media hora. El canal estaba al aire hasta las doce. Las doce de la noche era el fin o el principio del hechizo. A partir de esa hora todo corría por nuestra cuenta.

Mi abuela y yo, en el Cadillac de mi abuelo, íbamos al mercado a la Safeway, de College Grove. La tienda preferida de mi abuela no era la Walker Scott, donde le gustaba ir a comer a mi abuelo, sino la J. J. Newberry, con su cafetería donde comíamos ella y yo. La aventura de tomar la bandeja y deslizarla por la barra de metal pidiendo esto y aquello. Panecillos de trigo, barritas de pescado empanizado, sopa de verduras, puré y un platito de ensalada; el mío con Thousand Island, y el de mi abuela con Blue Cheese. La gelatina de uva o de fresa; mi vaso de Seven Up con muchos hielos. En el piso de abajo estaban las estampillas postales. El mundo se delataba en esos timbres cuyos diseños me hacían ver aquello que estaba tan lejos. Las estampillas de Canadá con el perfil de la reina, la de los Países Bajos, Helvetia y Sierra Leona con sus verdes y amarillos; y todas esas diminutas imágenes me excitaban el corazón y me expandían el mundo. Cuando vi la película del Decálogo, de Kieślowski, donde presenta a los dos hermanos que heredan la colección de estampillas del padre, la tierra se movió bajo mis pies. Ya que concluíamos la compra y llevábamos caramelos, chiclosos, gomitas y mentas cubiertas de chocolate, nos dirigíamos a la tienda See's a comprar una caja de sabrosas sorpresas. Todo esto era el dulce preámbulo para hacer la siesta después de la comida. Mi abuela y yo nos tendíamos en la cama, y mientras saboreábamos los dulces, ella me leía cuentos, y yo me apretaba a su cuerpo y veía el techo y un mundo, que no encontraba en la tele, desfilaba ante mis ojos.

Al tiempo que iba llenando mi álbum también coleccionaba piedras. Después de una escrupulosa selección, aquellas, cuyos colores y formas me seducían, se iban a mi maleta de cuero que cada día resultaba más pesada, difícil de trasladar de un sitio a otro. También iba a las mercerías de la avenida Juárez y compraba las estampas históricas de México. Años más tarde mi padre, todos los viernes, me llevaba al Auditorio de Tijuana a la lucha libre. Blue Demon, el Nazi, los Espectros, el Matemático, el Doctor Wagner, el Enfermero, firmaban sus afiches después de sus contiendas, y mi álbum iba creciendo, y la admiración por mi padre, que era amigo de todos ellos, se derramaba del vaso. Después decidí que lo mío era la química. Visitaba el laboratorio de Cervecería y el químico me regalaba probetas, matraces y tubos de ensayo. La sosa cáustica era una substancia de atracción fatal, un peligro tan a la mano. En el patio de atrás, en una alberca que jamás se concluyó, monté mi laboratorio. Mis padres me compraron un estuche de química y un microscopio. Inauguré la isla del doctor Moreau que me acompañó por varios años. Pronto, a imitación de los Loam, que eran unos amigos sumamente ingeniosos, cuya mamá, aparte de consentirnos con ricos platillos, se sentaba por las tardes al piano y tocaba y cantaba: “Gris, gris, mi amor es gris / cuando me encuentro lejos de ti”. La casa, a pesar del alboroto que armábamos, iba cobrando una atmósfera muy particular, como de algo muy frágil que estaba a punto de romperse. Decía que, a imitación de Enrique y Carlos Loam, en grandes frascos de cristal, hice colonias de hormigas. Tenía tarántulas y viudas negras que alimentaba con moscas. Les daba agua en corcholatas. Un camaleón y una pequeña viborilla que me sacaba la lengua a todas horas. Era dueño de un minúsculo zoológico. En la secundaría el profesor de biología nos hizo la advertencia que el clima de Baja California no era propicio para sembrar caña de azúcar. Corté la caña que había comprado con mi abuela a la salida de misa e hice los canales, deposité los trozos y los cubrí de tierra, y esperé; esperé mucho tiempo, pero las palabras del profesor se impusieron. Una tarde, que veía las caricaturas y me comía un hot dog con un vaso de leche, Bertha, la muchacha de la casa, me llamó asustada y me dijo que en el eucalipto del patio había un chango. Salí con mucha cautela y desconfianza. Di unos pasos y vi un chimpancé que bajaba del árbol y corría hacia mí. Yo me di la vuelta y corrí, lo más rápido que pude, a la lavandería, y cerré la puerta. El chango se estrelló. Atontado y furioso volvió al árbol y yo volví a salir, y él se me abalanzó, y yo corrí y cerré la puerta, y él se estrelló y volvió a subir al árbol. Era el patio trasero de mi casa, pero también era la selva donde Johnny Weissmuller se jugaba la vida todos los domingos por la tarde. Si el patio era el África ecuatorial, el chimpancé resultó ser la mascota de la hija de los dueños de la frutería que estaba junto a mi casa. Mi padre, en la cabecera de su cama, tenía la colección completa de Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs, editada por TOR de Buenos Aires. Solo con ver las portadas bastaba para que el peligro y la aventura se instalaran en la recámara de mis padres. Mis calificaciones dejaban mucho que desear, y solo tenía diez en puntualidad y aseo, pero esto era mérito de mi padre que me llevaba al colegio muy temprano y de mi madre que me obligaba a bañarme todas las noches y preparaba mi uniforme. Pero en sexto año descubrí la geografía y los mapas me multiplicaron el mundo. Aparecieron los ríos y las montañas, los océanos y las islas, y los cinco continentes; pero ¿qué tal si había un sexto que me estaba destinado descubrir? El rancho de mis abuelos, que luego mi padre compró, se convirtió en un territorio infinito por explorar. Muchos años después cobré conciencia que viví y crecí en la montaña. Había unas caricaturas que veía los sábados por la mañana de una familia de osos montañeses. Todos los sábados, por el canal 6, veía una barra de dibujos animados que concluía al mediodía. Uno de esos programas era The Beatles; así que cuando fui al cine a ver Let It Be me quedé pasmado al ver a unos hombres que se pasaban toda la película encerrados en un estudio para salir, al cabo de una hora, a una azotea y tocar dos o tres canciones. El mundo, fuera de la televisión, era uno; y dentro, una extensión que no siempre coincidía.

Ahora que paso por la avenida Hidalgo rumbo a Tijuana, antes de llegar al Monumento a la Madre, que une o divide las dos arterias principales de Tecate: la avenida Juárez y la avenida Hidalgo; en un local que el tiempo baña y salpica, en su vitrina, permanece el anuncio del Laboratorio Díaz. En su interior, me imagino, solo hay ecos, recuerdos de caras asustadas, de puños cerrados, de mangas arremangadas, de expectativas que se fueron desdibujando con las muchas tardes y figuras que se han reflejado en ese cristal. He tenido la tentación, pero lo más cerca que he estado de ese local fue en 2019. Iba de mi hotel a la casa de mi madre, eran los días previos a su internamiento en su casa de salud.

Pero ahora, al contemplar los cinco mapas murales de Miguel Covarrubias, de los seis que fueron, me doy cuenta que no solo soy montañés, sino que también soy una persona del Pacífico, y esto tiene un sinfín de implicaciones que aclaran hartas cosas de mis hábitos y preocupaciones, de un imaginario que, por lo general, se cuece aparte. Durante mi infancia tenía bien claro que la machaca era de Sonora, que las barras de queso de Chihuahua, que el pan de pulque de Saltillo, el cabrito de Monterrey, la tampiqueña de Tampico, el chop suey y el chow mein de Tijuana. También me gustaba escalar entre las piedras a imitación de las cabras y borregos que vivían en lo alto de un cerro donde mi padre les había construido un corral con un pesebre y un techo de paja. Al subir entre las piedras mi brújula, a diferencia de Hansel y Gretel que seguían un caminito de piedras blancas, yo seguía las bolitas negras de las cagarrutas que dejaban los habitantes de la montaña. Y sin ir hasta la zona maya, en algún lugar entre Rosarito y Ensenada, estuvimos un fin de semana en unos búngalos frente al Pacífico cuya arquitectura imitaba “El Castillo”, de Tulum. Y así fui creciendo entre prodigiosos accidentes.

Es cierto. Estábamos muy lejos. El interior era un país desconocido que solo veíamos en películas y sabíamos de él gracias a las noticias del Noticiero Actualidades. Cuando éste finalizaba mi abuelo apagaba la televisión, y a dormir.

Vivíamos en una Tierra Prometida que se llamaba zona libre, y esta terminaba en Sonoyta, Sonora. Había una aduana, en la aduana un sobrino lejano de mi abuelo y ahí, en ese punto de revisión y decomiso, iniciaba México. Sin embargo, en Tecate había un lienzo charro y la parroquia de Guadalupe organizaba, cada año, la kermesse, y el municipio llevaba a cabo, junto con Cervecería, Tecate en Marcha; un festival que abría las puertas al turismo, sobre todo al norteamericano. En el Parque Hidalgo se festejaban las fiestas patrias y mi nana Rufina, con la ayuda de mi papá, instalaba un puesto de tostadas a donde iba a cenar con mis amigos. Mi padre era el presidente de la asociación de charros, desfilaba a caballo, y yo con él, en el desfile del 20 de noviembre. Durante la kermesse o en la fiesta mexicana del Club de Leones las señoras se vestían de “adelitas” y los señores de “charros”, y cada fin de cursos se preparaban bailables donde los niños presentábamos el “Jarabe tapatío”, “La Bamba” o el “Son de la negra”.

Sin duda, la prosa de Gutiérrez Nájera es un ejemplo de ritmo y musicalidad sostenidos. Sus comparaciones y metáforas nos despliegan un abanico cromático que encontramos también en su breve obra en verso. La potencia de su expresión nos revela un mundo cuya ubicación puede estar en cualquier parte. El Palacio de Bellas Artes y numerosos edificios y casonas nos remiten a un escenario europeizado. Como las grandes avenidas que se planearon y comenzaron durante el imperio de Maximiliano y que Porfirio Díaz maduró para asombro de todos. La Revolución mexicana fue un sisma social, político, militar y económico, que no solo zarandeó al país, sino que le dio una identidad que se vería, se tocaría, escucharía, olería y gustaría. No solo se reinventó el país, también se imaginó un nacionalismo que debía construirse a lo largo y ancho del territorio nacional. Alfonso Reyes vivía en Ciudad de México, pertenecía al Ateneo de la Juventud, y abogaba por una reforma en todos los órdenes. López Velarde también vivía en Ciudad de México, pero cantaba a una provincia que nada, o muy poco, tenía que ver con un estereotipo de la misma. Su provincia palpitaba y se oponía, en más de un sentido, al flujo sanguíneo de la capital. La década de los veinte fue fundamental en el acalorado debate sobre el sesgo nacional que debía imperar en el arte mexicano, en la expresión del país postrevolucionario. Diego Rivera, Roberto Montenegro y Manuel Rodríguez Lozano, por citar unos nombres, se formaron en los aires que corrían en Francia. Pero Tamayo, Miguel Covarrubias y Carlos Chávez, por seguir citando nombres, miraron, con mayor agudeza formativa, hacia los Estados Unidos de Norteamérica, en concreto hacia la ciudad de Nueva York. Esto es más que discutible, la cebolla tiene muchas capas, pero su aroma, y las lágrimas que provoca, son innegables. Pero nos falta una ficha para cerrar el juego. Una mula que conecte con un pasado modernista, de gusto afrancesado, cuya curiosidad lo disponga a cambiar de acera, a tomar un tranvía, subirse a un coche o ir en metro; a desplazarse en bicicleta o proseguir su marcha a pie prestando una atención desmedida a aquello que se le ponga enfrente. En 1900 estuvo en San Francisco vía Japón. Introdujo el haiku a nuestra lengua. Vivió un exilio y fundó en la Quinta Avenida la librería La Latina. Leyó con gran admiración, como también lo hiciera Julio Torri, la poesía de Ramón López Velarde. A finales de los veinte publicó La feria, impulsó a numerosos artistas mexicanos abriéndoles las puertas del Nueva York que podía ofrecer, y fue el causante de que Miguel Covarrubias llegara a la ciudad de los rascacielos. Estoy cierto que la genialidad de José Juan Tablada fue un factor decisivo en la identidad de exportación del arte mexicano en la primera mitad del siglo XX. El papel picado se impuso, el jarabe se bailó, las faldas de colores con lentejuelas ondearon, el pasado prehispánico sufrió una revaloración que exigió su estudio, y el nuevo mundo que se imponía desde el norte, y tras el hundimiento del Titanic, supo de México, de un proyecto de nación cuyos embajadores eran sus propios artistas, entre ellos Frida Kahlo y Diego Rivera. Aquí habría que dar un paso con zancos y celebrar la sensibilidad toda (artística, etnográfica, antropológica y arqueológica) de Miguel Covarrubias. No solo impulsó la museografía gracias a las vitrinas de las tiendas departamentales de la Quinta Avenida, sino que su minuciosa y amorosa pasión nos hizo recobrar y revalorar, junto con Alfonso Caso, la cultura Olmeca. Me parece por demás curioso que la representación de la tragedia del Titanic, que ocurrió en las gélidas aguas del Atlántico norte, se llevara a cabo, en su versión cinematográfica de James Cameron, en las frías aguas del Pacífico frente a la costa de Rosarito.

Si Miguel Covarrubias se inmortalizó con sus bellísimos y asombrosos mapas que iluminó en su Esplendor del Pacífico para engalanar el pabellón central de la Exposición Internacional del Golden Gate en la Isla del Tesoro, en San Francisco, California, yo, que no había ido ni a la Ciudad de México ni a Nueva York, menos a Bali, iba todos los años a la Bahía de San Diego, al restaurante Miyako, donde, en el centro de la sala, había una japonesa con kimono que tocaba un instrumento de cuerdas, y en la mesa del privado, en vez de cubiertos, había palillos. Todos los años, el 24 de julio, festejábamos ahí el cumpleaños de mi madre. A la salida del restaurante la luz de la media tarde, el gris del estacionamiento y el azul del mar, en contraste con la penumbra del interior del restaurante, me hacían bajar la vista y perderme en ese color que sería el centro de los seis mapas que Covarrubias expuso en 1939 a unos kilómetros más al norte de donde yo estaba celebrando el cumpleaños de mi madre.

Moisés Sáenz, creador de la escuela secundaria en nuestro país, regiomontano que cursó su bachillerato en el Colegio Civil, y que a finales de los treinta era el responsable del Departamento de Asuntos Indígenas, junto con el investigador René d’Harnoncourt, fue decisivo para que Miguel Covarrubias aceptara hacer esos mapas murales que, como Sor Juana con su obra, nos dan una perspectiva descentrada que acaba por proponernos un nuevo centro que exige toda nuestra atención.

Atrás había quedado la Ciudad de México con su ambiente bohemio donde se reunía un mundo de artistas, periodistas, abogados, jóvenes estudiantes, diletantes, amateurs y burócratas de mandos medios que, sin habitar las cumbres, donde el aire se hacía todavía más transparente, soñaban alcanzar paisajes de apacible y confortable belleza. La memoria colectiva habla de un sitio llamado Los Monotes. Que los monotes decoraban el café, que estos eran obra de José Clemente Orozco, hermano del dueño; que en un rincón se sentaba un “Chamaco” y que desde ahí pasaba revista a los presentes haciendo de ellos caricaturas que luego se exhibirían en las paredes del café. Que una tarde se sentó a la mesa con el poeta José Juan Tablada y le confesó su anhelo de salir del país, de ir a Nueva York, ciudad que Tablada conocía muy bien. Que los periódicos y revistas de Ciudad de México como El Universal y El Heraldo, donde publicaba sus caricaturas, le quedaban cortos y que su talento exigía planos de acción más dilatada. Juan José Tablada, que conocía el trabajo de Miguel Covarrubias, movió sus influencias. Habló con Genaro Estrada, secretario de Relaciones Exteriores, consiguió una carta de él, y Miguel Covarrubias, de diecinueve años, llegó a Nueva York en 1924. Buscó a Tablada, este lo recibió en su casa, y la aventura dio inicio. El vértigo arropó su cosecha con una velocidad y madurez inusitadas.

En Nueva York entró a un selecto círculo donde se relacionó con Rufino Tamayo, José Clemente Orozco, Carlos Mérida, Octavio Barreda, Luis Cardoza y Aragón y Carlos Chávez. Estrechó su relación con Adolfo Best Maugard, quien le presentaría a la bailarina Rose Roland con la que se casaría en 1930. En 1923, en México, Covarrubias había ilustrado el libro Método de dibujo que hizo Best Maugard durante su gestión como Jefe del Departamento de Educación Artística de la Secretaría de Educación Pública, cuyo secretario era José Vasconcelos. Conoció a Frank Crowninshield, director de la revista Vanity Fair, e inició sus colaboraciones que concluirían hasta el cierre de la revista. Un Nueva York sumamente sofisticado y elegante le abrió las puertas, y colaboró en revistas como de New Yorker y Fortune. En 1925 publicó The Prince of Wales and other famous americans, una colección de 66 personajes caricaturizados tanto del mundo glamoroso de los Estados Unidos como de su propio e íntimo santoral. Pienso en Zelda y Scott Fitzgerald, en el charleston, en el tango que, a pesar de que Covarrubias no bailaba, se jactaba de dominar algunos pasos que le llenaban de orgullo. La ley seca y un ambiente de luces, excesos y remordimientos. Pero Nueva York es sumamente plural en sus diferentes guetos que lo conforman. Miguel Covarrubias era un ávido, un curioso de todo aquello que lo sorprendía y fascinaba. Su avidez tocaba las sabrosas arenas de la glotonería, y si sucumbía ante los dulces y pasteles, también se obnubilaba por las personas, por la huella cultural que vislumbraba en ellas. Primero, fue ilustrar el mundo de su entorno más próximo; después, una otredad que se le rindió, pero pronto descubrió el jazz, la música, el baile, la poesía de Harlem. Federico García Lorca tampoco fue ajeno a este renacimiento cultural como queda asentado en sus poemas de Poeta en Nueva York. Covarrubias en 1927 publicó Negro Drawings. Estas ilustraciones, que ya había comenzado a publicar en Vanity Fair, presentaron un ambiente inédito a los ojos de un gran público. George Gershwin, amigo y modelo de Covarrubias, también exploró este universo musical que se presentaba con gran fuerza y personalidad. Covarrubias ilustró la portada de un libro del poeta Langston Hughes y participó en la escenografía de Revue Nègre, que Joséphine Baker presentó en París en 1925. Covarrubias no podía dejar de ilustrar el mundo que veía y traspasaba su atenta y fina sensibilidad.

A mediados de los ochenta, del siglo pasado, estuve, sin yo saberlo, próximo a una orla cercana al ambiente que pudo haber rodeado a Miguel Covarrubias a principios de la década del cuarenta.

La Biblioteca Pape del Museo Pape, en Monclova, Coahuila, durante la década de los ochenta, tuvo una intensa actividad cultural que se abrió a numerosos encuentros literarios de carácter regional y nacional. En uno de ellos me vi alojado en la “Ratonera”, una pequeña y acogedora casa que estaba a unos pasos de la residencia principal. Las casas se encontraban rodeadas por un verde y florido jardín que a la distancia se convertía en un campo de golf rodeado por una valla arbolada que preservaba y aislaba ese paraíso del mundo terrenal. ¿Por qué?, es fecha que aún sigue siendo un misterio, me vi en la cocina de la residencia. Recuerdo que había una gran mesa rodeada de anaqueles de madera. En mi inaudita curiosidad abrí la puerta de una alacena y quedé de piedra al ver los productos que contenía. Mostaza French’s, salsa A.1., galletas saladas Premium y Ritz Nabisco, mermeladas Welch’s, sopas Campbell’s, té Lipton —en caja y en frasco—, café Sanka, mayonesa Hellmann’s, jugo de manzana TreeTop, galletas de canela Graham, miel de maple Log Cabin, harina para pancake Aunt Jemima, una barra de pan Roman Meal y un frasco de mantequilla de cacahuate Peter Pan. Estaba en plena y delirante regresión. Era abrir la alacena de la casa de mis padres o de mis abuelos, era recobrar un pasado que caía sobre mí como un rotundo alud que me dejaba en un escenario cubierto por una espesa capa de nieve. En eso se abrió una puerta y entró la dueña de la casa. Era la señora Pape, Suzanne “Lou” Robert de Pape. Pasado el sobresalto y los saludos acabamos comiendo unas galletas con mermelada de naranja. La señora Pape nació en París, fue aviadora, llegó a Nueva York huyendo de la guerra, se hizo diseñadora de modas, en realidad de sombreros, de ahí el “Lou”, ya que esa era su marca; conoció al ingeniero Harold R. Pape, se casaron en París, dejó Nueva York y se vino a Monclova vía Monterrey a hacer su vida al lado de su segundo marido; el primero (Paul André Chicoineau) había muerto en un accidente aéreo. Me imagino el mundo que dejó al salir de Nueva York, al abandonar el ambiente de la moda y el glamour; un mundo que debió ser muy cercano, en un momento dado, al de Covarrubias. Su presente, al menos en su cocina, era mi pasado. Mis abuelos maternos, a finales de los treinta, dejaron Ciudad de México para establecerse en un rancho que colindaba con Campo, California. Eran las antípodas del país. Y la madre de mi abuela materna no asistió a la boda de su hija ya que vivía en la ciudad de Nueva York; y como bien canta José Juan Tablada:

     es una
       misma
         en New York
            y en Bogotá
                La Luna…!

En 1926 Miguel Covarrubias viaja a México; no solo viene con su amigo Adolfo (Fito) Best Maugard, lo acompaña también Rose Rolanda quien ya era su pareja. Este será su primer viaje a México. Rose conoce a Frida Kahlo, Diego Rivera, Guadalupe Marín, Roberto Montenegro, Tina Modotti y Edward Weston; quizá esta pareja la acerca al mundo de la fotografía. Finalmente, en 1930 Rose y Miguel Covarrubias se casan. Ella tiene 34 años y él 25. Hay una serie fotográfica que le hizo Man Ray en 1923 durante una gira de ella como bailarina en París; y otra de Nickolas Muray que la capta en pleno vuelo. Es un momento de gran efervescencia donde Iberoamérica se muestra al mundo por medio de un arte nacionalista de exportación. Pensemos en el círculo de artistas mexicanos de Nueva York y en los modernistas brasileños de São Paulo de la Semana de Arte Moderno, por citar dos grandes ejemplos. De hecho, Oswald de Andrade acuña el término de “poesía de exportación”, y Tarsila do Amaral, dentro del Movimiento Antropofágico, nos deslumbra con sus cuadros. Así arribamos a 1930 rumbo a Bali.

Una luna de miel que no tuvo lugar ni en Nueva York ni en Bogotá, sino en los mares del sur, en la Isla de Bali. Salieron de Veracruz en el Cingalese Prince, cruzaron el canal de Panamá, y tras seis largas semanas de viaje llegaron a Bali. Mujeres espigadas de brazos delgados y pechos turgentes. Rostros acentuados por líneas que pronuncian unos grandes ojos y unos labios sensuales. Colores verdes y naranjas. Árboles que parecen mecerse de un lado a otro, aldeas con techo de paja, seres de largos colmillos. Cuerpos sumamente estilizados en contorsiones dramáticas. Cabezas cubiertas de turbantes que se enredan entre pesadas y abundantes guedejas que asoman y se confunden. Parejas de bailarinas en una danza ritual de duermevela. Torsos largos, piernas ocultas en faldas que bajan en línea recta de colores turquesa y rojizo, sujetas de unos anchos cinturones de tela por arriba de las caderas. Ojos de almendra que descansan en un sueño; obviamente, el de Miguel Covarrubias. Lóbulos agrandados por gruesos botones que parecen vernos a ambos lados de un rostro sostenido de un delgado y largo cuello. Los pechos hacia el este y el oeste en unos cuerpos que pueblan un sueño que Covarrubias admiró, dibujó e ilustró con una delicadeza que mostraba una sensualidad que se adueñaba de todo. Después de nueve meses de arrobo pasó a reproducir aquello que percibía al contemplar ese mundo. De regreso, en alta mar, continuó trazando e iluminando lo visto y admirado en el papel. En Francia le contó su aventura de luz y sensualidad a André Gide, y este le dijo, según testimonio de Rosa, que, siendo tanta su fascinación, porque no hacía un libro sobre la isla de Bali.

Los Covarrubias volvieron a Nueva York y Miguel consiguió una beca de la fundación Guggenheim para volver a Bali y hacer un libro. En 1937 aparece Island of Bali con 90 dibujos suyos y un mapa topográfico; además, cinco pinturas a color y dibujos de artistas balineses. Como gran aporte una serie de 114 fotografías de Rosa. El libro fue un éxito y marcó la línea que seguiría Miguel en los cuarenta. Si bien Bali lo regresó a la pintura, pensemos en su mural Una tarde de domingo en Xochimilco, de ese mismo año, su vena artística se afinó con gran maestría en la ilustración de libros; entre los que destacan: Uncle Tom’s Cabim, de Harriet Beecher Stowe; All Men are Brothers, de Shu Hu Chuan, traducido por Pearl S. Buck; Frankie and Johnny, de John Huston; Typee, de Herman Melville; The Discovery and Conquest of Mexico, de Bernal Díaz del Castillo, y El pueblo del Sol, al que ya hicimos referencia, de Alfonso Caso. Su expresión artística llegaba a una singular madurez donde a la estética de su mirada se sumaban la etnografía y la antropología. Covarrubias lo quería ilustrar todo y su siguiente paso fue México. Su regreso a un México profundo.

Miguel Covarrubias fue un niño mimado y muy querido; tenía toda la atención de su familia. Se disfrazaba y encarnaba diferentes personajes que iba dejando regados por los pasillos y cuartos. Le gustaban los dulces y pasteles; era de muy buen comer. A los catorce años decidió que la escuela no era lo suyo y su padre le consiguió un trabajo donde su deber era perfilar mapas, establecer límites y, en sus horas muertas, que eran las más, sus superiores y compañeros de trabajo, de forma inexorable, se volvían, bajo su afilado lápiz, en caricaturas donde el juego, la sorpresa y la gracia no daban cabida a la ironía y al escarnio. Pero México, el de finales de los treinta, no coincidía con aquel del veinte, ni él ni su circunstancia eran la misma. Seguía corriendo ese productivo año de 1937 y Lázaro Cárdenas era el presidente de México. Se realiza una expedición al istmo de Tehuantepec donde se cabalgó por más de catorce horas. Los protagonistas de tal cabalgata fueron el Dr. Atl, Roberto Montenegro, Salvador Novo, Narciso Bassols —secretario de Hacienda—, y Miguel Covarrubias. El ir y venir sobre la montura del caballo te va aflojando el alma y el corazón se pone a conversar con tu cabeza; esto, independientemente de ti. Te hormiguea la cintura, los muslos se van de este mundo, y una vez que te bajas del caballo no hay forma de caminar como es debido. El sol hace su parte y el sombrero se convierte en una verde guirnalda. El calor del cuerpo se desnivela, los brazos te pesan, los hombros se resienten y un dolor de cabeza aprieta su torniquete. Llegas al hotel La Perla en un pueblo cercano al río. Cierras la persiana y una fatiga que te hace temblar te va llevando a “un bostezo de la tierra” que te aparta de este mundo. Pero una vez que los caballos ya retozan en los corrales de la cuadra, te percatas que has llegado al paraíso. Las ondinas se bañan en el río a la vista de todos, no así a su alcance, porque hay valquirias, armadas con piedras, dispuestas a todo si alguien se acerca más de lo conveniente. Miguel se entusiasma, anuncia su descubrimiento y Paul Bowles y Jane, su esposa, deciden seguir la música del flautista y, entusiasmados por el entusiasmo de Miguel, lo abandonan todo, o casi todo, y se vienen a México. De esta aventura surgirá en 1946 Mexico South: The Isthmus of Tehuantepec, gracias a otra beca de la fundación Guggenheim. El torrente de talento hierve en las páginas. Profusamente ilustrado con dibujos, láminas, un mapa desplegable y numerosas fotografías de Rosa Covarrubias. Carlos Chávez colabora con la transcripción de varias canciones. Mexico South es una obra que define la embestida y propuesta estética de Miguel Covarrubias. Con todas las reservas, como lo llegó a decir Juan Soriano, Covarrubias no fue un gran pintor, pero sí fue un gran artista que escapó al estereotipo y se fue por la tangente; línea que no terminamos de agradecer. No fue un gran pintor, se dice, tampoco un museólogo, etnólogo, antropólogo, historiador, arqueólogo, con sus títulos universitarios debidamente acreditados por alguna institución de prestigio. Pero estas disciplinas en México, después de su paso, ya no fueron las mismas. Durante sus dos años y medio al frente del Departamento de Danza del INBA se vivió la “época de oro” de la danza mexicana. La temporada inaugural de ballet en Bellas Artes, en 1950, se consteló con presencias de la talla de José Limón, Xavier Francis, Merce Cunningham y Lucas Hoving. Intervienen los talentos de Juan Soriano, Arnold Belkin, Blas Galindo, José Pablo Moncayo, Carlos Chávez, Salvador Novo, Juan José Arreola, Juan Rulfo, José Revueltas, Sergio Magaña, Nacho López y Walter Reuter, entre muchos otros. Fueron dos años y medio que la inteligencia, el gusto y la administración de Miguel Covarrubias se hicieron patente en su magnífico trabajo como funcionario público. Me quedo corto, y corrijo el epíteto: como hacedor de la res pública.

Miguel Covarrubias formó parte de la lista negra del macartismo, sufrió la paranoia de la Guerra Fría y ya no pudo volver a Estados Unidos puesto que se le negó la visa. La Unión Soviética experimentaba con la bomba atómica, Mao llegaba al poder y la guerra de Corea iniciaba en junio de 1950. El senador Joseph McCarthy denunció una conspiración comunista y dio inicio a una auténtica cacería que inspiró la obra de teatro Las brujas de Salem, de Arthur Miller.

Miguel Covarrubias conoció a Rose Rolande en 1925. Él llegaba de Ciudad de México y ella de una exitosa gira que había concluido en París. Fue tal el impacto que la pareja comenzó a transitar un tiempo donde el amor, el trabajo y el éxito, eran las corrientes de mayor fuerza. Él dibujaba, ella fotografiaba. Él iba desplegando una cauda de múltiples quehaceres que ella iba registrando. La danza, que brotaba de ella, fue anegando la sexualidad de él. Un vértigo, y un incesante trabajo, cuyo ritmo dirigía el día a día, los fue puliendo al grado que los extremos se confundieron, y hubo que ceder. La inercia, impulsada por una cima que acabó por imponerse, dirigió un ritmo, una forma de vida.

Miguel Covarrubias conoció a Rocío Sagaón a principios de la década de los cincuenta. Él había sido nombrado jefe del Departamento de Danza de Bellas Artes y ella venía de filmar, al lado de Pedro Infante y bajo la dirección del “Indio” Fernández, la película Islas Marías. Fue un sacudimiento, un cruce de miradas, que borró toda historia anterior. Él lo perdió y lo ganó todo, ella estaba dispuesta a entregarse, a darse con toda la fuerza que en sí contenía. Él volvió a la escenografía, y a hacer posible lo imposible; ella desplegó la magia de su presencia en el ballet Zapata, de Guillermo Arriaga, con música de Pablo Moncayo. Fue una pasión dictada por los compases del deseo y la inteligencia. El mundo podía transcurrir sin tocar los interiores de la casa con sus prisas y demandas. Nada tenía que probarse ni alcanzarse. Era un amor que cerraba una vida, pero también templaba otra en plena eclosión.

Rosa y Miguel se divorciaron en 1954, y al año siguiente Miguel se casa con Rocío que, al decir de Andrés Henestrosa, fue “la mejor bailarina de danza moderna que ha tenido México”. Hermana del fotógrafo Nacho López. Ella tenía 17 años y Miguel 46 cuando inician su vida de pareja celebrando una misa religiosa a la que no acudió la madre de Rocío, pero sí las hermanas de Miguel que veían con muy buenos ojos ese matrimonio. La diabetes de Miguel se fue agravando, su salud se volvió más frágil, y en 1957 muere víctima de severas complicaciones postoperatorias. Su gran colección de arte prehispánico, de cerca de 900 piezas, se dividió entre Rocío y Rosa. Esta nombró a Luis Barragán como su albacea. La colección se difuminó. Parte, fue donada al museo de Antropología e Historia; parte, se subastó dentro y fuera del país, y otra quedó bajo el resguardo de la Casa Luis Barragán. El mar Pacífico no volvió a dividir sus aguas.

AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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