Creo que fue un episodio de la Dimensión desconocida: lo vi entre sueños, alguna noche, la familia congregada a oscuras alrededor de la televisión. No teníamos tele a color y veíamos todo en blanco y negro, las series siempre dobladas a un español curioso. Acostada en el sillón, yo tenía la cabeza recargada en el regazo de mi madre. El programa trataba de que el sol se estaba acercando a la Tierra sin detenerse y el mundo se iba calentando hasta que la humanidad llegaba al borde de la extinción. Pero había sorpresa al final: resultaba que todo había sido un sueño y la protagonista —una mujer con una familia como la nuestra que sudaba todo el tiempo— suspiraba con alivio tan sólo para descubrir que, en la realidad, el mundo se estaba congelando paulatinamente y la humanidad estaba también al borde de la extinción.
No estoy segura de que la historia no fuera al revés —el mundo del sueño en el congelador y el de la vigilia en la rosticería—, pero sigo escuchando las palabras de mi madre, cada cierto tiempo: Ana, te estás durmiendo, ya vete a acostar. Y yo necia, queriendo ver absolutamente todo lo que apareciera en la caja mágica acostada en su regazo, hasta que mis padres apagaban la televisión y ya no había manera de quedarse.
Sólo una vez me pude quedar sola frente a la pantalla en blanco y negro. Pasaban Meet John Doe de Frank Capra y nadie aguantó el sueño, creo que ni siquiera mi padre, pero yo estaba tan picada que me dejaron terminar de verla sola, sin regazo ni miedo, y me encantó. Esa noche yo misma apagué el aparato en el departamento a oscuras. Al día siguiente pudimos comentar la película en el desayuno y me sentí grande, cinéfila y orgullosa: el misterio de la película nocturna me había sido concedido.
Pero antes, al ver aquel episodio de la Dimensión desconocida, ¿habré sentido la angustia de que al mundo le pudiera pasar algo así? Quizá no tenía la edad suficiente y sólo la sintieron mis padres y hermanos: qué horror, imagínate. Imagínate. A últimas fechas todo aquello parece verdad: el mundo se congela y estamos al borde de la extinción, o hace un calor sofocante, las tormentas nos aplastan e inundan todo y pensamos que la extinción ya viene, pero no cuándo ni cómo. Y vemos pantallas todo el tiempo, a todas horas. Para mí, en aquel entonces ya lejano, el regazo de mi madre era suficiente para estar segura de que nada malo podía pasar nunca, el regazo de mi madre que creía en los marcianos y adoraba la ciencia ficción. Si ella viviera aún, estaría pensando a dónde llevarla a comer mañana, entre tantos hijos y madres celebrando el diez de mayo que, como todos los festejos cursis, no se extinguirá nunca.
AQ / MCB