Cultura

A sus pies

Husos y costumbres

Los pies, base del cuerpo y del desplazamiento, acumulan desgaste, memoria y deseo. Condensan tensiones entre cuerpo y cultura; han sido modelo estético, territorio marcado por el esfuerzo y el paso del tiempo.

Quizá son lo más animal que nos queda, los pies. La cabeza al aire y libres las manos por la postura erguida, solo nos faltaría despegar los pies del suelo para volar. Pero siguen ahí, con las sombras del callo grueso o las pezuñas que necesitaríamos si tuviéramos que andar descalzos sobre la tierra. Los calzamos, los ocultamos o los adornamos, según nos hayan tocado en suerte. Buscamos formas de trasladarnos que superen en rapidez a los humildes pies, los pies maravillosos y desesperantes también: “Va corriendo, andando, huyendo/ de sus pies”, dice un poema de César Vallejo.

Los sajones siguen usando la medida del pie romano, que es de cerca de 30 centímetros, un pie muy grande para nuestras tallas de calzado. Me pongo a averiguar el origen de aquellos pies y al parecer varían: ¿serían reyes, dirigentes griegos y romanos cuyo pie daba el ejemplo de la medida de las cosas? Habría que seguirles el paso, me imagino, de pie grande o no tanto, y conforme a él construir pirámides y templos.

Porque el pie es también un modelo de belleza. El pie griego debía tener el segundo dedo más largo que los otros, formando una especie de punta armónica. Y en las mujeres siempre debió ser pequeño: recordemos a las hermanastras de la Cenicienta rebanándose los dedos para que les cupiera el dichoso zapatito o a las chinas que debían atrofiar su crecimiento. Y es que a pesar de la belleza, los pies deben sufrir, ese es su destino. Ya López Velarde lo expresa en su poema “Para tus pies”: “Porque yo sé de tu planta ser de todas la más pura,/ tu planta sabe las rutas sangrientas de la pasión,/ que por ir tras Jesucristo por calles de la Amargura/ dejó el sendero de lirios de Belkis y Salomón”. También de las pasiones que levantan los pies hablan algunos sonetos de El rayo que no cesa de Miguel Hernández: “Coloco relicarios de mi especie/ a tu talón mordiente, a tu pisada,/ y siempre a tu pisada me adelanto/ para que tu impasible pie desprecie/ todo el amor que hacia tu pie levanto”. Ese pie “de liebre, libre y loca”.

Los pies saben de sufrimientos, quizás el agobio del caminar de nuestra especie a lo largo de los siglos, persiguiendo presas y pasiones, se ha ido transmitiendo de planta en planta, de callo en callo. A cierta edad, dejan de ser aquellos miembros encantadores para encarnar los afanes que han dejado tanta huella. Y entonces queremos huir de nuestros pies como de nosotros mismos, como Vallejo: “Adonde vaya,/ lejos de sus fragosos, cáusticos talones,/ lejos del aire, lejos de su viaje,/ a fin de huir, huir y huir y huir/de sus pies —hombre en dos pies, parado/ de tanto huir— habrá sed de correr”.

Sed de correr y ponerse los tenis para siempre.

AQ / MCB

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Ana García Bergua
  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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