Antonio Ortuño concluyó la escritura de El amigo muerto en 1996, cuando había cumplido 20 años. La novela durmió un sueño profundo del cual despertó en 2012 cuando apareció con el nombre de Blackboy, firmada por un tal A. del Val. Trece años después, El amigo muerto (Seix Barral) ve por fin la luz con la autoría de Antonio Ortuño, quien volvió al original y apenas “pulió lo necesario, sin exceso”.
El amigo muerto tiene el encanto de aquel primer amor, impulsivo y curioso, al que años después reconocemos como una aventura de la cual nunca nos reponemos y a la cual buscamos en otros. Es vivaz, dueña de una inteligencia natural y felizmente desposeída de sentimentalismo… y eso que sus personajes recién comienzan a experimentar la juventud: les tiene sin cuidado a dónde irán a parar.
Guiados por un vertiginoso sentido de la acción y por una resuelta concisión estilística, que huye del desparpajo, recalamos en una zona comercial donde las pocas esperanzas conviven con la medianía de los pobladores de una raquítica zona habitacional. Por ahí, entre los puestos de ropa y comida y los oscuros andadores, se mueve el protagonista, quien se ha echado a cuestas la tarea de investigar y quizá vengar, sin más ventaja que la complicidad de una camarilla de inadaptados y un arrojo sin reserva, el asesinato de un amigo que, vamos descubriendo conforme damos un nuevo paso, ha ocultado más de un secreto. Esta es la trama de El amigo muerto. Sería una vulgaridad ofrecer detalles, sobre todo porque se trata de un thriller que es también un relato iniciático: en ese mundo de dobleces, nadie, ni siquiera el lector, llega al desenlace con la ingenuidad, o el brillo en los ojos, de las primeras páginas.
Antonio Ortuño, el cartógrafo de la Guadalajara festiva y cruel de las últimas décadas, ha levantado un escenario sin nombre ni asiento geográfico al que podríamos atribuirle todas las desgracias de cualquier ciudad mexicana. Con clarividencia, diseña un teatro de máscaras donde la camaradería es el único refugio frente a la criminalidad, los abusos de la Iglesia católica y la indiferencia de una sociedad incapaz de ofrecer algo más que la errancia por avenidas polvorientas con una cerveza en la mano. Al final, sentimos que el sueño tranquilo puede siempre malograrse por “la campanilla electrónica de una alerta”.
El amigo muerto
Antonio Ortuño |Seix Barral | México, 2025
AQ / MCB