“La relación entre el cine y el jazz ha sido constante, una auténtica historia de amor”, afirma el divulgador y crítico de jazz Jaume Tauler. Recuerda a Al Jonson, judío norteamericano de ascendencia rusa, intérprete de la primera película sonora: The Jazz Singer (El cantante de jazz), que aparecía con la cara pintada con betún negro. “Era una práctica relativamente habitual, bastante extendida entre cantantes y músicos blancos que interpretaban repertorios negros”, dijo en una entrevista con Silvia Oller para el periódico La Vanguardia.
Enciclopedia viviente del jazz, Tauler cuenta que Romano Mussolini, hijo de Benito Mussolini, el implacable dictador italiano, fue pianista de jazz, una música que su padre abominaba porque la consideraba propia de “razas inferiores”. Subraya también que la voz del incomparable “Rey del Jazz”, Louis Armstrong se escucha en dos de las películas de la saga James Bond: en 007 al servicio de su Majestad (1969) canta “We have all the time in the world”, que se reproduce asimismo en Sin tiempo para morir (2021).
La histórica alianza de estas expresiones artísticas encuentra un afortunado registro en Cine y jazz, un libro de Carlos Aguilar publicado por Cátedra. Organizado de manera alfabética, contiene un extenso listado de películas, directores, actores, músicos y compositores que sintetizan el devenir de dos disciplinas que han caminado juntas, como ejemplifica la mencionada El cantante de jazz, filmada en 1927 por Alan Crosland.
El cine y el jazz son una presencia emblemática en la industria hollywoodense, pero asimismo han trascendido a otras cinematografías, en especial a la francesa. En Estados Unidos, esta relación incluye títulos como Aleluya, de 1929. Dirigida por King Vidor, es un homenaje a la cultura negra, como lo es también la independiente Hearts in Dixie, comedia musical con un reparto íntegramente afroamericano concebida para ese mercado segregado por su color.
El jazz entró al cine por la puerta grande y la nómina incluye clásicos indiscutibles como Ciudadano Kane de Orson Welles, “en la escena en la que Alton Redd canta ‘It Can’t Be Love’ con el grupo de Cee Pee Johnson”. Welles fue un apasionado del jazz. Como lo fue Dudley Murphy, autor de cortometrajes en honor de Duke Ellington y la gran Bessie Smith, y como lo son en la actualidad Clint Eastwood y Woody Allen, músicos de jazz ellos mismos.
El cine negro está remarcado por los sonidos del jazz, como se advierte en El halcón maltés, de John Huston y La dama desconocida y Criss Cross de Robert Siodmak. En estas y otras películas, el jazz surge como “atmosférico sonido de la tensión, el suspenso, el peligro, la drogadicción, la prostitución, la vida nocturna, las pasiones desorbitadas”. Entre las películas que encuentran en el jazz un motivo y una inspiración está Qué bello es vivir de Frank Capra.
El libro de Carlos Aguilar recorre el camino del jazz y el cine en 367 páginas profusamente ilustradas. Recuerda cintas como la irlandesa Danny Boy de Neil Jordan; la francesa Alrededor de la medianoche de Bertrand Tavernier; la italiana La leyenda del pianista en el océano, de Giuseppe Tornatore, que parte del monólogo teatral Novecento de Alessandro Baricco y habla de un pianista que pasa toda su vida tocando en un lujoso trasatlántico.
Las películas que involucran al jazz en su argumento o en su banda sonora son numerosas. Entre ellas están Cotton Club de Francis Ford Coppola, Bird de Clin Eastwood, Ray de Taylor Hackford, Cuanto más, mejor de Spike Lee, Kansas City de Robert Altman, Acordes y desacordes de Woody Allen y, desde luego, Ascensor para el cadalso de Louis Malle y Sombras de John Cassavetes, con el excepcional Charles Mingus en el score de la película.
AQ / MCB