“… la verdad nace de la imaginación”
Úrsula K Leguin
“El aspecto más siniestro de hoy, y el cambio de mentalidad
más importante desde el siglo XVII, es el miedo
de que se nos ha agotado el porvenir…”
José Emilio Pacheco
Al escuchar a jefes políticos, funcionarios públicos o líderes de cualquier tipo, la mayoría dudamos. Las redes sociales nos avasallan con información difícil de validar. En ellas tienen tanto peso el sentir y experiencia individuales, como el conocimiento científico. Las posturas se confrontan, pero los algoritmos nos ofrecen, de preferencia, lo acorde a nuestras creencias y las refuerzan. Hay en el ambiente una sensación de peligro, las noticias alimentan esa percepción. Acabamos de pasar por una pandemia, la guerra no se ve lejos y la inseguridad en las calles es constante.
Nuestros miedos los utilizan el poder social, económico y político, para envolvernos y lograr sus fines. Vivimos en estado de alerta, con desconfianza. Estamos expuestos a la manipulación y la mentira. Quizá solo los monjes zen viven en calma, felices en medio de la incertidumbre.
¿Para qué necesitamos conocer la verdad?
A mediados del siglo XV, en Europa, arrancó la llamada Edad Moderna. Su sello distintivo fue la búsqueda de la verdad a través de la razón. La verdad se volvió indispensable para organizar el pensamiento, las relaciones, la justicia y justificar el poder. El Renacimiento, la Ilustración, el humanismo, el desarrollo de la ciencia, las matemáticas y la filosofía, privilegiaron la razón como medio para conocer la verdad. Lo verdadero se erigió como justificación de guerras, revoluciones y un principio fundamental para la justicia. Su gran valor nace de considerarla el soporte para tomar decisiones, punto de partida para comprender la realidad y la vía para distinguir lo justo.
El desprestigio de la verdad
En 1977, el Consejo de Universidades del Gobierno Provincial de Quebec, le encargó a Jean-François Lyotard, un informe sobre el estado del saber y la investigación en las sociedades más altamente desarrolladas del siglo XX. Tenían interés en evaluar el impacto de la tecnología en las ciencias y el conocimiento en general. El resultado fue el libro: La condición posmoderna, apareció en 1979. En él Lyotard definió lo “posmoderno” así: “Simplificando al máximo, se tiene por ‘posmoderna’ la incredulidad con respecto a los metarrelatos”. Dicho en palabras más llanas, el avance de la ciencia, su metodología para lograr conocimiento, dudar, el pensamiento crítico, condujo a no creer en ideas absolutas, principios universales o una lógica incuestionable. Se derrumbó la aspiración de alcanzar una verdad única, indiscutible e igual para todos. Un principio universal capaz de dar justificación y sentido a todo. La tranquilidad de distinguir de forma fácil lo verdadero de lo falso ¡se esfumó!
¿Qué es la verdad?
La definición más extendida es: correspondencia entre las cosas y cómo las definimos o explicamos. Es decir, coherencia entre ideas y hechos, sustentada en pruebas y/o evidencias. Aquí aparecen los primeros obstáculos para captar o reconocer la verdad: ¿puede haber una correspondencia exacta entre el lenguaje (idea-símbolo) y lo que nombra (objetos, situaciones, cosas, etcétera)?, ¿cuánto influyen las emociones, la percepción de cada individuo, su experiencia, para comprender? La película japonesa Monster, de Hirokasu Koreeda, ilustra con elocuencia las diversas perspectivas de la verdad.
Hoy aceptamos una gran variedad de formas de verdad y maneras de entenderla. Eso vuelve al concepto escurridizo, difícil de identificar para cualquiera. La verdad puede ser ambivalente, coyuntural, con validez temporal, pero esas y otras características no niegan su existencia, ni nos condenan al relativismo, o a considerar cualquier opinión como verdadera.
Existen muchas teorías sobre la verdad, infinidad de formas de corroborar afirmaciones mediante pruebas o evidencias. Cada análisis parte de perspectivas distintas, no existe una única respuesta correcta. Las verdades, aunque se contrapongan, no se excluyen, eliminan o invalidan entre sí: la teoría de la relatividad no desacredita la mecánica de Newton, la restringe. Ninguna de las dos teorías es un absoluto, son incompatibles en muchos ángulos, pero válidas en ámbitos específicos. En la verdad habita la contradicción, lo dual, la paradoja, lo inacabado. La diversidad de teorías sobre la verdad y formas de corroborar, no convierte en válida cualquier apreciación subjetiva. Algunas teorías de la verdad son: teoría de la correspondencia, pragmatismo, teoría de la coherencia, teoría del consenso y tantas más.
La diversidad de formas de abordar la verdad y obtener evidencias pueden interactuar, ser complementarias o excluyentes, cada caso es distinto. Conocer la verdad requiere tiempo, interés, intención de ser objetivo, pensamiento crítico. Todo eso es habitual en las ciencias, pero en la vida cotidiana es diferente.
El poder político, económico, social, o los intereses de algún individuo, como el de un padre con intención de proteger a sus hijos; buscan influir de manera premeditada: el padre en su familia, los políticos y empresarios en la opinión pública, cada uno tiene un objetivo específico. Llamamos narrativas a esas formas de construir y describir lo real, son discursos no verdades. Se fraguan desde una particular forma de ver y apreciar, responden a intereses. El lenguaje es una herramienta muy poderosa, creamos mundos con palabras. Recordemos el gran impacto del modo cómo, mediante una narrativa, el Reino Unido abandonó la Unión Europea. Se manipuló a la opinión pública, hay evidencias al respecto.
Crisis de la verdad
Conocer qué es verdad a veces se vuelve una tarea cuesta arriba. Por lo común usamos vías cortas para discernir: se elige en primer lugar lo conocido, lo más cercano a nuestras creencias, aunque lleve a lo falso. Aquí una idea generalizada: los cambios bruscos de temperatura provocan resfriados, la causa del resfriado son los virus no la temperatura. Cuando hace frío pasamos más tiempo en espacios cerrados, eso acelera los contagios. Un enfriamiento brusco, por sí mismo, no causa el resfrío, si no hay virus, no hay resfriado.
La psicología demuestra cómo el razonamiento usa atajos, se llaman sesgos cognitivos, es más fácil para la mente aceptar ideas comunes o patrones conocidos. Así se forma el sentido común, es una inferencia desde lo habitual. También podemos distorsionar los hechos para sobrevivir: los síndromes de Estocolmo o de Lima son un par de infinidad de casos. En Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahaneman desmenuza los sesgos cognitivos. Kahaneman ganó en 2002 el Premio Nobel de Economía por sus aportaciones en ese terreno de la psicología. Todos tenemos sesgos.
Los hechos con impacto emocional arrasan: ver niños sufriendo da sensación de urgencia. La alerta ante el peligro es la materia prima de los programas de noticias, buscan audiencia por encima de informar. En redes sociales se vuelve viral la información cuando exalta la vulnerabilidad. Para lograr ese efecto, con frecuencia se usa inteligencia artificial, se modifican imágenes, videos, con la intención de maximizar la alarma y ganar seguidores.
Podemos dudar en busca de certeza o inducir la duda para desacreditar. Quien quiere manipular cuenta con esa delgada frontera. Sabemos de sobra cuan manipulables somos si tenemos miedo, estamos cansados, sufrimos carencias o nos sentimos insatisfechos. La mayoría de los usuarios de redes sociales usan filtros, modifican su imagen, la adecuan a modas, para ganar atención y ser validados. El compromiso en las redes sociales, internet o los medios de comunicación no está con lo fidedigno. Captar seguidores y acaparar la conversación son los objetivos, a veces a cualquier precio. El contenido pasa a un segundo plano.
El pensamiento crítico y sus obstáculos
La tradición filosófica y científica han buscado, por siglos, criterios estables para distinguir verdadero de falso, hoy la dificultad se agranda. Estamos expuestos a información todo el tiempo y carecemos de criterios sencillos para discernir. Ante las dificultades para conocer la verdad perdemos perspectiva, usamos las emociones para validar. La mayoría de los sucesos son multifactoriales, no tenemos el hábito de enfrentar lo complejo, llegamos a conclusiones apresuradas.
Un botón de muestra: obras como El tejido social rasgado y Para una teología política del crimen organizado de Claudio Lomnitz, Historia de la mafia de Salvatore Lupo o El crimen como realidad y representación de Fernando Escalante Gonzalbo, analizan cómo y hasta qué punto una parte importante de la sociedad está involucrada en las dinámicas de la violencia. El problema del crimen no se resuelve solo combatiendo el delito, con cárcel o castigos. Cuando se hace desde ahí, surge abuso por parte del Estado, totalitarismos: a mayor control menos libertades. Recordemos las imágenes de las cárceles y el tratamiento de los presos en El Salvador, bajo la política de Nayib Bukele. Tomar postura ante hechos complejos no es sencillo. Las explicaciones mediante lógicas de causa y efecto son insuficientes, reduccionistas, producen polarización. Nos advierte el filósofo Édgar Morin: cada solución abre nuevos problemas, saltan preguntas. Ese efecto es consustancial al proceso de conocimiento.
El arte y la práctica artística, el contacto con la ciencia, el estudio de las humanidades, abren la mente para aceptar la contradicción, las paradojas, lo ambivalente, lo ajeno a lo habitual. Todo el tiempo escuchamos hablar de la importancia del pensamiento crítico pero ¿estamos dispuestos a buscar evidencia suficiente antes de creer, afirmar o inducir la duda en los demás?, ¿podemos escuchar con atención posturas contrarias a la nuestra sin sentirnos atacados y tratar de comprender a cabalidad?, cuando los datos confrontan nuestras creencias más profundas y las refutan ¿lo aceptamos y cambiamos de opinión?, ¿somos capaces de reconocer, identificar y corregir nuestros sesgos cognitivos? En caso de hacerlo, ¿podríamos dar ejemplos recientes de cada una de esas prácticas? El pensamiento crítico no se limita a analizar, cuestionar y evaluar antes de creer o actuar. También requiere valentía para reconocer cuándo nuestras emociones son un obstáculo. Implica renunciar, si es necesario, a las ideas donde fundamos nuestra seguridad, confianza y valía.
Para diferenciar: verdad, mentira, falsedad y posverdad necesitamos, además de pensamiento crítico, manejo de las emociones.
¿Qué es la mentira?
El ensayo de Jacques Derrida: Historia de la mentira: prologómenos, publicado en 1995, esclarece por qué la mentira no es lo opuesto a la verdad. La mentira es la intención de engañar. Implica expresar de manera premeditada algo contrario a lo que sabemos, sentimos o pensamos. Es un problema de responsabilidad, de ética. Si decimos algo falso, bajo la creencia de decir la verdad, no mentimos: “Comer solo ensaladas y frutas es la mejor forma de tener una buena nutrición.”, no es verdad, pero muchos lo creen.
La mentira se gesta en la acción premeditada de engañar para lograr un efecto: podemos decir algo verdadero y mentir. Los políticos ¡son expertos!, con frecuencia defienden: “no recibí dinero ilegal”. Después nos enteramos cómo, no llegó directo a sus manos, pero disponen de él vía prestanombres o diversos intermediarios.
Para Derrida la mentira no es solo un vicio moral; es un dilema ético: individual y social. Enfrentamos ese dilema todo el tiempo, cuando escondemos algo para no lastimar a un ser querido ¿nuestro acto es cuestionable?, o bien, si animamos a alguien a una aventura para obtener beneficios, y no mencionamos los riesgos o les restamos importancia, ¿estamos en falta? Casos hay cientos, la frontera entre mentira, autoengaño, ficción y estrategia se vuelve frágil, inestable. El discurso político, el ejercicio del marketing y la publicidad, los principios morales, los valores, se mueven en esas fronteras. Cuando se promueve la ambigüedad, la duda, para lograr un fin o provocar un efecto, se construyen narrativas para manipular, estamos en el territorio de la posverdad.
En 2025 OpenAI dio a conocer un estudio donde examinó el proceder de la inteligencia artificial, ahí reconoce que la IA puede ocultar información, distorsionarla o inventar, si así conviene a sus intereses.
Posverdad
Quién miente conoce la verdad. La posverdad carece de esa consciencia, por eso mentira y posverdad no son sinónimos. La posverdad no es un engaño premeditado, es dar prioridad a una emoción o ideología aunque conduzcan a lo falso. Es la distorsión deliberada, manipular creencias y emociones para influir en la opinión pública, en conductas sociales o individuales. No es ignorancia, quienes manipulan pueden tener acceso a información verdadera, pero deciden ignorarla, para defender un objetivo político, su identidad, intereses económicos, una cultura o por cualquier otro fin.
Al fracturarse la verdad, como algo universal e inobjetable, se abrió la puerta para que los sentimientos, las emociones, los intereses, se usaran como fuente de validación, la evidencia perdió peso. La desconfianza en la ciencia, porque comete errores y acepta con honestidad sus limitaciones; la suspicacia ante las acciones de gobierno, porque los Estados engañan; y el recelo ante las instituciones, porque pueden favorecer intereses; además de otras causas, llevaron a convertir al miedo y los sesgos cognitivos, en formas de verificar datos y puntos de vista.
Si el juicio se sustenta en una reacción emocional, cualquier narrativa, por absurda que sea, encuentra eco, seguidores, foros y redes de apoyo. Un número importante de personas dice con plena convicción: “hay tantas verdades como individuos”, o “todas las interpretaciones y opiniones son válidas e importantes”. Así se impone lo visceral, eso lleva a la confrontación, a la guerra, a confiar en quien manipula. ¿Cómo retomar el camino a la verdad?
Desde la ética abrazar la incertidumbre
La verdad durante siglos fue el anclaje para luchar contra la incertidumbre y sentir seguridad. Creó una ilusión: todo se puede explicar. El filósofo Enrique Dussel, dio un fundamento ético a la búsqueda de verdad. Para Dussel entender la verdad como coherencia lógica es reduccionista. La correspondencia de los hechos con una explicación, es interpretar. La importancia de la verdad está no solo en el conocimiento que aporta, sobre todo en su utilidad práctica. Es indispensable analizar cada afirmación o propuesta, para revisar si no atenta contra la vida o esconde exclusión o violencia.
La ética de Enrique Duseel confluye con la voluntad de comprender de los pueblos originarios. La visión de Mesoamérica y de los pueblos originarios coloca a la ética al centro de los actos humanos, lo importante para ellos es la sabiduría no la verdad. El conocimiento no es búsqueda de verdad, es voluntad de comprender. Los antiguos pobladores de América sabían: todo está en constante transformación, es volátil, dicen los Cantares mexicanos: “No para siempre en la Tierra: solo un poco aquí”. Miguel León-Portilla en su Filosofía náhuatl explica: “La verdad para los nahuas no es tanto adecuación lógica cuanto enraizamiento firme en lo que da fundamento”.
Alfredo López Austin nos ilumina, en su estudio del pensamiento nahua Cuerpo humano e ideología, da pautas para reconocer: los nahuas integran. La naturaleza, sociedad, cuerpo, divinidad, son un todo en un sistema de correspondencias: “La concepción del mundo de los nahuas puede entenderse como un sistema coherente de relaciones estructuradas”. Nuestras antiguas civilizaciones ponían al centro comprender, buscaban sentido, no el conocimiento con fines utilitarios.
Ojalá, después de tantas tragedias individuales y colectivas, pudiéramos estar más próximos al concepto de Flor y canto, donde lo importante es, desde la rectitud de corazón, captar el diálogo entre la finitud humana y lo trascendente, para crear armonía. El conocimiento, al usarse, adquiere un fin práctico, cobra sentido en función quién lo utiliza y para qué fines lo usa. Si la guía es preservar la vida toda, la brújula es la ética. Pero si el impulso es evitar el sufrimiento a cualquier precio, cuidar pertenencias, buscar comodidad, proteger intereses, se avizoran muchas tragedias. Toca a cada uno decidir, dar sentido a la verdad, marcar rumbo con sus acciones. La ética es un acto cotidiano e ineludible.
AQ / MCB