Lugares comunes. El hipotético hombre más poderoso del planeta es un cliché del petrolero texano que habita en las parodias de magnates. Estrafalario, como dicta el canon del potentado, duerme con un felino; el espejo de cuerpo entero de su habitación está enmarcado por cuernos de alce; usa botas vaqueras aún en calzoncillos; comienza el día haciendo negocios. Es prepotente y cursi para seguir la regla del capitalista omnipotente: trata a todo el mundo como esclavos, sea su ama de llaves, el veterinario que mantiene con vida artificial a la gata que tiene por esposa y no como mascota, sean los empleados de la empresa que extrae el oro negro en Alaska y Groenlandia, sea el jefe de seguridad medioambiental de la Casa Blanca, y acaso tiene un punto débil, aparte de la decrépita felina con la que comparte las almohadas, y es la familia, principalmente su hermana.
El supuesto hombre que dirige a la nación más poderosa es un remedo del funcionario que deambula en las sátiras políticas. Severo, como suele retratarse al presidente arropado por Halcones, compara el cáncer que le corroe el trasero con el orden mundial, hace bromas misóginas con su gabinete, no le importan las crisis sino mantener a raya a la opinión pública, delega la responsabilidad de controlar la narrativa en el petrolero que provocó una catástrofe global por la explosión de un ducto bajo el que había metano, y el desprendimiento de una placa de hielo del tamaño de Maryland que el viento puso en dirección a Europa. El único apoyo presidencial es poner a su servicio al burócrata que responde por los delitos ecológicos del Pentágono, un doctor descendiente de migrantes indios, cuya ética lo inhibe para ser cómplice de la mentira.
No obstante, el presunto millonario todopoderoso del planeta no es un ser auténtico sino un personaje, Digger Rockwell, de la obra de teatro Fossil Fools, encarnado por un actor de nombre Curtis Markson, que atraviesa un patético dilema profesional y emocional. Por un lado, no le convence la manera en que Digger es narrado por la directora de la obra, y por otro, le angustia la momentánea desaparición de su hija en un traslado en avioneta, así que como buen divo, Markson rompe la ficción súbitamente, y se revela que lo que estamos viendo es una historia dentro de la historia de lo que puso al mundo en jaque: el tal Rockwell sí produjo un desastre irreparable. No solo contaminó a la Tierra de arriba abajo sino que corrompió conciencias, heredando un caos de tintes bíblicos entre ruinas y anarquía. La distopía elemental: fuera del teatro hay una urbe devastada. La gente usa máscaras antigás, hay drones, soldados y robots tratando de mantener el orden.
La fórmula parecía infalible: refritear Birdman (2014) a través de los dilemas de un actor y la complejidad tras bambalinas, y de paso, impresionar al espectador por medio de un guiño chafa con el distanciamiento brechtiano. Parodiar al poder político y económico sin que el relato carezca de crítica y contenido, con un discurso barato sobre la fatalidad climática que generan los hidrocarburos y la responsabilidad, casi connivencia colectiva, en esa devastación urdida por las empresas (nadie quiere renunciar a los celulares, a sus autos, a sus televisores o a sus pantallas, así que alguien tiene que hacer eso posible). Digger, de Iñárritu, desgasta rápidamente su sentido del humor y desemboca en chistes insulsos que, en vez de animar al espectador, lo fastidia; se torna predecible hasta en la banda sonora, como la inclusión del hit de 1941 de The Ink Spots, “I Don’t Want to Set the World on Fire”, canción que aunque no habla de asuntos bélicos, se volvió la banda sonora de la generación de Pearl Harbor y es pieza esencial del soundtrack del videojuego Fallout, por cierto, ambientado en un planeta en ruinas por una guerra nuclear. ¿Y la transformación de Tom Cruise? Eso no es ninguna novedad. Ya en Tropic Thunder, de Ben Stiller (2008), se había disfrazado del productor Les Grossman, un productor panzón y calvo que cierra el filme bailando un rap.
AQ / MCB