Joaquín Hurtado entre un canon de la literatura regia
En 2025 fui uno de los convocados a una “especie de consejo editorial” para seleccionar autores en una colección que celebra los 30 años del Conarte (Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León), la idea: publicar a 30 escritores y escritoras de todos los géneros, el canon de la literatura regia pensé (y lo expresé) aunque no sentí entusiasmo de los otros convocados ante mi felicidad de —ahora sí— entrarle al cabrito por los cuernos. Observé mucha disciplina, los criterios estaban claros y los “consejeros” barajaron nombres, dieron opiniones, alguno sugirió no publicar a tres escritores en específico, el grupo sesionó varias ocasiones, algunas en vivo, otras por Zoom, se debatieron los pros y nunca los contras porque en un proyecto así, estoy convencido, no los hay; se entendió que la paridad de género no era obligatoria y que el número de autoras, si era una o treinta, sería el adecuado. Cabe mencionar que en las tres décadas de existencia de Conarte (que ahora depende de la Secretaría de Cultura del estado y se ha convertido en un anexo con funciones específicas) se han realizado, con esta, tres colecciones editoriales de autores nacidos, radicados y/o hechos en Nuevo León: “Árido reino”, la primera, de poesía, fue mediante una coedición con la editorial Mantis; la segunda, “Ráfagas de poesía”, fue coeditada con El Tucán de Virginia. En esas primeras colecciones tuve la suerte de participar en su hechura y en la selección de autores, en la primera trabajé con Pedro de Isla y Carolina Farías y en la segunda con Minerva Margarita Villarreal y Carmen Junco, así que con la de ahora he tenido el honor de intervenir y meter mano para que la literatura regiomontana se expanda más allá del Cerro de la Silla y llegue hasta donde deba y pueda. 2025, 2026 y 2027 serán los años en que se completará el número de autores que única y exclusivamente tiene que ver con los años de existencia del consejo, tanto así que se optó por llamarla sencillamente “30 años CONARTE”.Recientemente aparecieron los primeros diez autores con sus respectivos títulos: Hernán Galindo, ‘Dramaexpiación’; Hugo Valdés, ‘El asesinato de Paulina Lee’; Minerva Margarita Villarreal, ‘Tálamo’; Patricia Laurent Kullick, ‘La giganta’; Dulce María González, ‘Los suaves ángulos’; Eduardo Antonio Parra, ‘La noche más oscura’; Eduardo Zambrano, ‘Avance en retirada (antología poética 1988-2022)’; Mario Anteo, ‘Hervor de riel’; Alejandra Rangel, ‘La necesidad de entender’, y Joaquín Hurtado, ‘Crónica Sero’, libro que quiero celebrar.
Un cataclismo se despliega
Joaquín Hurtado está atorado en el aeropuerto de Monterrey (no es la primera ni la última vez que esto le sucede), su vuelo a Ciudad de México se acaba de retrasar 12 horas, la causa: un ave de mal agüero (al parecer un canario) se introdujo en una de las turbinas, porque ahí mero le dieron ganas de hacer su nido. Pobre pajarillo, pobre pajarraco y por pobre tituló de pobres a otros 141 pasajeros entre ellos Joaquín y yo, entonces lo acompaño en su desgracia. Ambos, hombres de mundo, resignados sacamos el lonche y nos dedicamos a observar la molestia de los otros pasajeros. Joaquín, experto en regodearse de circunstancias adversas, vuelve a ser mi maestro; no hay dolo, no hay burla, el señalamiento de los defectos que en algún momento no se pueden ocultar es su mero mole, el dedo en la llaga es lo suyo.
Tomo el término “Prosa bisturí” que tan acertadamente elige Bruno Javier en el prólogo de Crónica Sero, originalmente publicado en 2003. Diez años antes de la fundación de CONARTE, Hurtado había sido diagnosticado con el VIH: la odisea de vivir, o de sobrevivir, curtió, convirtió, empujó a Joaquín a ver y narrar el mundo sin cristales de colores, su transparencia para decir nomás lo que es, como es, trascender el cuerpo, o lo que nos resta de cuerpo, y desde esa frágil armadura armarse de valor para escribir no crónicas, ni poemas, ni novelas sino un diario de guerra desde donde nos escupe la verdad a la cara de una forma tan atrevida, tan marginal, tan refinadamente exigente, con un lenguaje crudo que de veras comunica.
Desde la literatura, Joaquín Hurtado contribuye a darle a este monstruo llamado Monterrey algo de sensibilidad.
El estirón obsceno en medio de la pesadilla
En cada texto de Joaquín hay muerte y el muy vampírico vive y revive con cada reacción que provoca. Una parte de su obra está escrita en la persona del resignado, del infectado, del discriminado, y yo, lector victorioso, levanto el brazo en la marcha y con el puño cerrado festejo los efectos colaterales de sus textos: la erradicación de reglamentos anticuados, la visibilidad de las cuarteaduras de la sociedad, el ánimo, la aceptación, la repartición adecuada de las culpas y lo que le siga.
Cargas virales indetectables
Hurtado no acata normas al escribir. Bueno si, solo una, la norma oficial de salud. En sus textos hay una tolerancia a la inversa, de lo mejor de nosotros saca lo peor y los infectados, por su prosa, son los meros meros, aguantan vara, pero sus diálogos y sus acciones son un ramillete de violetas envenenadas, una granada de mano que le explota primero a un político mocho y después a los rabiosos.
Vladimir Nabokov, cuando un alumno se le acercaba en la Universidad de Cornell para preguntarle cómo escribir una buena novela, respondía sin vacilar: “Lea poesía, la narrativa se alimenta del ritmo y el poder alusivo de los versos, es en sí misma una alusión poética”. Yo encuentro mucha poesía en la crudeza necesaria de Joaquín y estoy seguro que si te da un consejo será el siguiente: usa condón.
Joaquín le aplica al lector un examen que nunca pidió, sabe que el mundo sigue igual, mucho peor pero igual, eso no quiere decir que se conforma, padece —a veces— el silencio impotente, lo entiende, por eso metamorfoseó el terror en rabia.
Viva la Rabia.
AQ / MCB