Cultura

‘Amaneceres de la angustia’: el tiempo respira en la poesía de Eduardo Mosches

Reseña

En su poemario ‘Amaneceres de la angustia’, Eduardo Mosches escribe sobre sí mismo, desde sí mismo, su biografía es un relato profundo y lúcido, una pulsación.

En Amaneceres de la angustia (Bonilla Artigas Editores, 2025), Eduardo Mosches nos entrega un libro escrito desde la mirada frontal del tiempo: esa mirada que no teme las arrugas, ni el temblor de la memoria, ni la erosión que deja el paso de los días sobre la piel y sobre el alma. En poemas como —“La piel”, “Despedida”, “Nostalgia de caricias”, “Hilos de vida”, “Vestigios”— el autor se enfrenta al espejo no solamente para reconocerse, Mosches aspira descubrir en él la verdad profunda del envejecimiento: una verdad que se cuartea, que tartamudea y que, sin embargo, sigue hablando.

En “Inversión de la imagen”, la escena es luminosa en su crudeza:

El espejo me mira impávido,
La imagen se cuartea ante el fragor de los años,
Tartamudean las arrugas aradas y profundas…

El poeta escucha. Como señalaba Gaston Bachelard, “para escuchar al mundo, el silencio es indispensable”. Es en ese silencio donde Mosches oye la voz de la materia —la piel, la lluvia, las manos crispadas que emergen del pasado— y convierte esa escucha en poema. El poema funciona como un sismógrafo del ser: registra las fracturas, los huecos, lo no realizado que “llena el buzón” del tiempo, como escribe Mosches, con mensajes y palomas que vuelan ya sin la altura del deseo intacto.

La angustia aquí no es un temblor, es una forma de lucidez. San Agustín escribió: “No hubo tiempo alguno en que no hubiese tiempo”. Y Mosches, quizá sin proponérselo, dialoga con esa idea. Su poesía revela que el tiempo no es una línea, sino una sustancia que se pega al cuerpo, que se arruga con nosotros, que se infiltra en cada gesto. En “Espera y angustia”, esa sustancia del tiempo se concentra en una imagen inolvidable:

La silla frente a la mesa espera en soledad y abandonada…
La tierra removida por la lluvia deja emerger una mano crispada.

Aquí el tiempo es estático, insiste, golpea en lo que ya no está. Se vuelve arena, pájaros, piel desflecada. Es el mismo mundo que, como decía Bachelard, embriaga al poeta, lo toma, lo penetra, lo obliga a beber de su copa oscura para después convertir esa embriaguez en lenguaje.

El poema es un puente entre el poeta y el mundo, afirmaba García Ponce, un espacio donde la biografía y la realidad se tocan, se interrogan y se responden. Amaneceres de la angustia encarna profundamente esa idea. Mosches escribe sobre sí mismo, desde sí mismo, su biografía es un relato profundo y lúcido, una pulsación. Cada poema es un amanecer: una pequeña luz que brota justo en la frontera con la sombra.

Si algo logra este libro es hacernos conscientes que el tiempo no nos vence: nos revela y la nostalgia no es pérdida, sino temblor de lo que sigue vivo, de lo que existe aún transparente en el cuerpo como una mano ávida en reposo, que la poesía, cuando escucha al mundo en silencio, es capaz de abrir grietas de sentido, allí donde la angustia parece una noche lenta transformada.

Con Mosches, el amanecer es un acto de resistencia como la luz que se enciende justo cuando el tiempo parece invencible.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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