Cormac McCarthy se empeña en hacer una distinción que se borra en el alud del horror. No son lo mismo, ni cumplen las mismas funciones, las partes corporales de las víctimas: unas son parte de una función comercial, otras son rituales. No es lo mismo moneda que tesoro.
El uso de partes humanas como moneda representa una crueldad real y ancestral. No aludo al comercio contemporáneo de órganos, cuyo fin es preservar una vida a costa de otra. Alguien acepta la muerte ajena para extender la propia. No: hablo de formas de intercambio que propagan la muerte colectiva. La paga premia el exterminio; la prenda humana es mero objeto transaccional. Cobrada, pierde toda utilidad.
Peter Forbath, en The River Congo (1977), detalla cómo las manos cercenadas se convierten en moneda corriente. El avance belga en el Congo elige la vía expedita: eliminar a los habitantes negros es más rápido y rentable que integrarlos. Los jefes no matan; pagan por manos, portátiles, frente a cuerpos enteros. Con el progreso invasor, la oficina de cobro se distancia; surgen intermediarios en postas. La central paga, digamos, diez pesos por mano; para evitar desgaste, se vende en la posta a siete, generando una nueva moneda: manos humanas.
Idéntico patrón ocurría con las cabelleras indígenas en el norte de México y territorios cedidos tras la Guerra de 1847. Bandas de sicarios se contrataban con gobiernos de Chihuahua, Texas y Sonora para exterminar indígenas y facilitar la apropiación territorial.
Es un fenómeno de horror incremental. Comienza por una idea política que suena a civilización y, conforme se mira más de cerca, revela un más horrendo infierno. Meridiano de sangre no es una novela tolerable para cualquier lector. Requiere tripas fuertes, y desafía a la larga y luminosa liga que ha civilizado a la humanidad: esa línea platónica que identifica el Bien con la Belleza.
Tampoco es de McCarthy el primer desafío; ahí están dos fuentes de la connivencia entre la belleza y el mal, que forman parte de la literatura de lengua inglesa e influyeron directamente en Meridiano de sangre: el Satán de Milton, y su infierno negrísimo, y la blancura atroz de Moby Dick. Pero tanto Ahab como el formidable Satán de Paraíso perdido son temores infantiles frente al horror puro del clan Glanton y, sobre todo, del Juez Holden.
Las cabelleras son mercancía: operan como moneda en trueque ordinario, orientado a la ganancia. Ninguna vale más; son indistintas. El gobierno chihuahuense pagaba 20-25 dólares por una. Poseen valor de uso o cambio. Muy diferente es el repugnante collar de orejas que distingue al poseedor: Bathcat "llevaba un collar de orejas humanas secas ensartadas en un cordón de cuero crudo que tintineaban cuando cabalgaba". Ese maldito escapulario no es un monedero, sino un objeto ceremonial: genera reconocimiento, prestigio, jerarquía encarnada. Su valor es simbólico. No es moneda, sino tesoro.
McCarthy era ávido lector de antropología. Lo dijo en entrevista con Richard B. Woodward (NY Times Magazine, 1992): "Estoy muy interesado en sociedades primitivas… Leo mucha antropología". Investigadores como John Sepich (Notes on Blood Meridian, 2008) catalogaron su biblioteca: Malinowski, Mauss, Geertz, Lévi-Strauss, René Girard, entre otros. Ahí radica el fondo más horrendo y la indescifrable belleza de la mayor novela estadounidense desde Moby Dick, según Harold Bloom.
¿Leyó McCarthy Los argonautas del Pacífico Occidental (1922)? Malinowski revolucionó la antropología al descubrir el kula: un intercambio simbólico, no comercial. En las islas Trobriand, habitantes trocaban objetos vitales (canoas, utensilios, herramientas) por reliquias de guerreros míticos. Ofrecían riquezas útiles a cambio de prestigio. Los vaygu'a —brazaletes mwali y collares soulava— circulan lentamente, con nombres propios y genealogías, creando rango y alianzas. No se venden; su maná (poder) eleva al poseedor, no al modo de un organigrama sino en un sentido ontológico: un prestigio.
En Meridiano de sangre, el collar de orejas replica esta lógica: pasa de Bathcat al Kid, y contrasta con los scalps mercantiles. La violencia mimética de Girard canalizada en ritual; el don de Mauss transformado en agresión simbólica. Un ámbito sacro donde la humanidad pierde valor. ¿Qué hacemos con la tradición platónica, que promete Belleza en el Bien? McCarthy la invierte: en el desierto, el horror es dios, y el tesoro, su escritura.
AQ / MCB