El Café de la Paz, Calle de San Antonio con Calle de La Sierpe, Getsamaní, Cartagena, Colombia
Tres mujeres jóvenes con acento norteamericano acaparan una mesa. La primera es una rubia vestida de pantalón corto, camiseta sin mangas. No lleva sostén. A pesar de cierto parecido físico a la cantante de “Oops! I did it again”, su manera de ser es distinta, por mucho.
La jovencita se pudo haber puesto cualquier otra prenda. O ninguna. Su presencia alivianada hubiera sido la misma de cualquier manera.
A lo lejos, el café parece ser parte de la Iglesia de la Santísima Trinidad, sede parroquial en Getsamaní, el antiguo barrio de los esclavos en Cartagena de Indias. Solo hay unas mesas y sillas expuestas a la brisa del atardecer, colocadas en un ala de piedra del centenario edificio, a tres empinados escalones de hormigón desde la acera. En las calles alrededor de la fachada de la iglesia, de color amarillo desvanecido, manchada de hollín negro, se ven murales, pinturas, verdaderos mosaicos de color.
Claudia, una de las dos dueñas del café, sentada en una mesa con un grupo de jóvenes, se ríe. Todos están listos para apoyar a Robert, un hípster con cola de caballo, que a su vez está sentado junto a un órgano eléctrico en la entrada del café.
Robert se presenta al público, se disculpa por un dolor de garganta que, desafortunadamente, le impedirá cantar esta noche. Solamente tocará el teclado. Su público comprende y le presta toda su atención.
Su fuerte es el Schmaltz. “La Chica de Ipanema”, “Oye cómo va”, “Yesterday”, “Chiquitita”, de ABBA, todas las canciones interpretadas de la misma manera —un arpegio extravagante insertado antes del acorde final, el cual es mantenido sin cambio por un largo tiempo antes de que se desvanezca lentamente. La canción favorita de sus seguidores —y por mucho— es “A mi manera”.
A Robert hay que darle su crédito. Todo es a su manera. No existe otra.
Está por empezar una tercera iteración de “A mi manera”. Dos chicos del grupo de Claudia se hacen voluntarios para ayudarle a Robert, ofreciéndose cantar en su lugar. Los dos son tenores, estudiantes de ópera, con experiencia en dúos en armonía, adornos, trinos, técnicas para alcanzar las notas al parecer inalcanzables. Los aplausos del público de doce personas hacen eco en las calles alrededor de la iglesia.
La rubia norteamericana deambula enfrente de Robert para llegar al tocador y esperar su turno, donde hay un espejo colgado en la pared. La segunda mujer del grupo se acerca y la abraza. Las dos se miran en el espejo, sus cuerpos hechos uno solo.
Todos aplauden a los tenores, Robert también. Desesperadamente, él empieza a buscar canciones en su celular. Encuentra, así como la música deseada, su voz. En un tono algo áspero, canta “Ese hombre soy yo”, “Feelings”, “Esa tarde vi llover”.
¿Cuál de esas melodías hace llorar a la tercera mujer en el grupo de amigas? Mientras las tres se levantan para irse, ella se seca los ojos y lanza un grito a Robert desde el otro lado de la terraza: “Oh, you made me cry”.
Robert da por terminada la noche, recoge las partituras que se desparraman por su atril metálico. Su rostro irradia la felicidad de un triunfo indiscutible.
Nota de la autora: Este café es propiedad de la Fundación Mujer Sorora de Colombia, cuyo lema es “Mujeres sembrando Sororidad”. También llamada Kanua Duna, la cafetería sirve y distribuye el café producido por las mujeres de la sororidad.
* Dorothy Dean Walton nació en Colquitt, Georgia. Graduada como B.A. en Letras Inglesas en la Universidad de Chicago, formó parte del consejo editorial de poesía de la revista The Chicago Review. Escribe ficción, guiones para cine y no-ficción creativa.
** Estos relatos también pueden encontrarse, tanto en inglés como en español, en el blog Third Place Cafe Stories (https://www.thirdplacecafestories.com), enfocado en “terceros lugares”, o espacios públicos informales que sirven de lugar de reunión y conexión para la comunidad.
AQ / MCB