una mujer con los cabellos teñidos por sus sueños
se pasea por los desiertos y contempla los pozos
Benjamin Péret (Trad. Manuel Álvarez Ortega)
El árbol de la vida agita sus ramas y la savia corre a lo largo del tallo y a lo ancho de sus hojas donde habrá de convertirse en savia elaborada. La energía libera oxígeno, y de ahí el repetido milagro de la vida. Pero muy cerca, también dibujando su caprichosa figura, está el árbol de la ciencia, y los pájaros —frutos que cantan y vuelan— llevan y traen semillas que dan paso a arbustos que pueblan un monte que por momentos se convierte en bosque, espacio de asombro, o páramo, donde las imágenes se proyectan en la desnudez y densidad del aire. En tanta sequedad, y en tanta humedad, el jardín despliega su cartografía. Ciencia y vida en una sola ventana que atrae y seduce. Ingenieros, químicos, alquimistas y magos. El injerto ofrece su sombra y el árbol de la vida recibe la simiente del árbol de la ciencia, y viceversa. El padre de Remedios Varo era ingeniero hidráulico, como ingeniero fue el padre de mi abuela Vicky. Pero mi abuelo don Manuel, esposo de Vicky, hizo que me desplazara, como el padre de Remedios lo hizo con su hija, por una arcadia que se desdoblaba y revelaba a cada paso. El padre de Remedios, además de su devoción por el esperanto, sentía un apego por la mineralogía. De niño coleccionaba piedras y me atrevía por el pasillo de la casa de mis padres arrastrando mi pesado veliz —de doble fondo— donde atesoraba mis riquezas. Mi bisabuelo, a quien no conocí, era ingeniero en minas y administraba una en La Colorada, Sonora. Las piedras, los túneles, y los pájaros en la jaula, para medir la calidad del aire, son presencias que me acercan a fortalezas, puentes levadizos y almenas desde donde atisbar el bosque de Birnam que empieza a rodear el castillo; o ese rostro que exige venganza en Elsinore hasta alcanzar a la mujer que, a la salida del psicoanalista, arroja al pozo la cabeza de su padre que se confunde con la de su amante; especie de maestro, y ella de Margarita que ha decidido dejar atrás un pasado que le pesa como un cuerpo inerte que cae sobre sus espaldas. Remedios fue transitando y configurando su arcadia hasta que se matriculó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. Recuerdo que el Bestiario de Oxford contiene una lámina de un árbol cuyos frutos cantan. Alejandro de Macedonia descansó bajo su follaje. También está la historia del pelícano que se sacrifica para darles de comer a sus polluelos, o el castor que sabe que es perseguido a causa de sus genitales; entonces, cuando ya no puede más, se mutila, y salva su vida, como lo hace el buen cristiano apartando de sí aquello que pueda perderlo. Así reza en el bestiario al pie de la imagen. De niño recorría el casco de La Providencia, el rancho de mis abuelos. Ya para entonces era una imponente granja avícola llena de gallinas y enseres como la carretilla roja, de William Carlos Williams, de la cual tanto depende. También estaban las canastas, las balanzas, los sellos, cartones, cajas y cintas. Y en un lugar especial, como si se tratara de un oscuro y metálico corazón, una máquina con diferentes mecanismos que iba seleccionando y sorteando el huevo por su tamaño.
Muy cerca de la casa estaba el cobertizo donde descansaban gruesas mangueras, abrazaderas y mucho alambre enrollado. Estaba, aún más cerca de la casa de mis abuelos; en realidad, más cerca de la recámara de mi abuelo, el cuarto de las herramientas con sus pesadas cortinas de madera, sus múltiples anaqueles, cajones y toda clase de utensilios que en sí mismos provocaban una aureola que se abría y cerraba al ritmo de la luz del día.
Pero atrás, en otro tiempo que no alcanzó a ser, cuyo único testimonio eran los viñedos que subían y bajaban por las lomas, que cubrían potreros y exigían otro tipo de herramientas que iban desde tractores, obuses, cuchillos para piscar, o llantas para levantar grandes hogueras con el fin de evitar las heladas. Otro tiempo que se soñó y quedó flotando como un jirón de niebla, tras el cual se atisbaba un jardín repleto de botellas, aros, alambiques, cajas de madera, barricas, toneles, cucharas, palas, tapones, alcoholímetros, densímetros, catavinos, termómetros en sus estuches; estos últimos, en lo alto del guardarropa de mi abuelo. Todo este paisaje exigía una lectura que solo se podía realizar por medio de la contemplación. Y la ciencia y la vida revelaban su piedra filosofal cuya luz no dejaría de alumbrarnos. Cada que contemplo un cuadro de Remedios Varo, aunque sea en el laberíntico y profuso Centro Cultural Tijuana, me siento, con el solo hecho de hacerlo, un alumbrado, un Teseo que sigue un delgado hilo de luz. Y eso que no hemos tocado las puertas de San Juan que Remedios traspasó y exploró.
Hay mecanismos donde el mundo de todos los días se pule, el agua se vuelve más fresca y cristalina. Los ecos, que se pronuncian uno tras otro, van creando una danza donde los cuerpos y sus accidentes se mueven en una pista que es el poema. El poeta sufre la experiencia de la poesía y sucumbe a la acción, rápida o dilatada, de componer el poema. El poema es un espacio, el pasillo que une las habitaciones, los pasos que llevan a ese cuarto donde duermen las herramientas, o a ese cobertizo donde las aves, entre discos para escardar o deiformes instrumentos de riego, construyen sus nidos. Hay poetas que no cesan de proponernos una inusitada forma de leer la realidad. Debería decir que todo poeta lo hace, pero entre ellos, como innumerables hormigas, reconozco a Blaise Cendrars, Jean Cocteau, Francis Ponge y Benjamin Péret. El mundo como pretexto para redactar el poema. La poesía es un tropiezo, algo que se desea, pero que no se puede prever. Leo estos poetas y el milagro me cierra el paso y me inmoviliza bajo el hechizo que observo también en los cuadros de El Aduanero Rousseau.
La guerra y sus desastres asolan el mundo. París cae ante las fuerzas de ocupación alemana y Remedios Varo y Benjamin Péret están ahí. Si observamos la moneda tenemos que girarla para contemplar sus dos caras. En una, la Gestapo busca a Benjamin Péret, pareja de Remedios, por su militancia política. Remedios será detenida y confinada a prisión. La otra cara, nos muestra a Remedios ocultando a un desertor del ejército francés. Es apresada y recluida. Al salir de la cárcel, junto con su pareja, se va a Marsella con la idea de abandonar Francia. Ahí se refugian en la Villa Air-Bel junto con otros artistas e intelectuales. Varian Fry, norteamericano del Comité de Salvamento de Urgencia, con sede en Nueva York, los ayuda y consigue que viajen a México. Primero, permanecerán un mes en Casablanca. No hay permiso norteamericano para Péret por su filiación política. Finalmente, logran embarcar en el Serpa Pinto de bandera portuguesa el 20 de noviembre de 1941 rumbo a México. Remedios Varo, como fray Luis de León, nos mostrará en su pintura aquello de “decíamos ayer”, y no habrá más comentarios. San Juan, que al parecer solo estuvo unas horas en las cárceles de la Inquisición, vio un halo de luz que le permitió cantar la “llama de amor viva”. Y será esa misma llama, junto con “la música callada”, la que iluminará y sonará en esos claros que nos descubren las telas de Remedios Varo.
Hay pinturas que no sabes si las has visto o las has imaginado. Estampas que se traspapelan como recuerdos que bien podrían ser visiones que obedecen a un momento determinado. Pero ese momento, que se pierde en una edad primigenia, puede ser un cúmulo de sueños o esas pesadillas que descansan bajo la cama con sus grandes y redondos ojos de caballo.
Me veo en el cristal. Es de noche, y dentro, en la casa, las lámparas nos desdoblan en los vidrios contra lo muy oscuro de la noche. Las paredes, blancas durante el día, nos alargan en su superficie. Los interiores se descubren en los manchones de luz, en esas oquedades que se abren y cierran a nuestro paso. Nosotros, los que estamos dentro, en ese claro de noche que es la casa, titubeamos, no estamos seguros. Tenemos miedo. Pero las sombras, que se alargan por las paredes y rincones, los reflejos que se dibujan en los cristales, no tienen miedo. Siguen un ritmo que es, y no es, el nuestro. Sobre la mesa del comedor, parcialmente iluminada, un inmenso rompecabezas se va ensamblando lentamente. Hay quienes permanecen de pie. Los que van y vienen, los que aparecen y desaparecen entre las sombras, detrás de la puerta. Alguien agoniza, alguien no puede salir, escalar a través de los destellos que descubren huellas sobre la arena que va cubriendo el piso de la casa. Nadie se atrevería a salir, nadie abriría la puerta que da a la terraza frente a los olivos que no se ven, pero se saben ahí frente a los gallineros. No sé quién agoniza mientras alguien, que puede ser mi madre, se inclina sobre la mesa, y busca, pacientemente en la penumbra, una pieza, un fragmento de paisaje. Los veo reflejados en los cristales. Afuera no sé. No se sabe qué sucede bajo los árboles, entre los cuerpos mansos de los animales que rodean la casa. Alguien agoniza y hay un clima de angustia y tensión. Solo las sombras se mueven ajenas a nuestro miedo, al futuro recuerdo de esta escena que al parecer solo yo recuerdo. No sé de qué me hablas, no imagino de quién pueda tratarse. Cambiamos de lugar, pero sigue siendo de noche.
Estás acostado, y por la ventana, tras las cortinas, ves las delgadas ramas del árbol. No estás dormido, tampoco despierto, y es en esa parcela donde escuchas la música a pesar del techo, del baño, del pasillo, del cuarto de la lavandería, de la puerta amarilla con su cristal que te deja ver, o quizá imaginar, las baldosas que rodean el ciprés, el solar anochecido, iluminado por la luna que descubre otro patio que ya habías visto en algún juego, en las horas detenidas de la tarde. Oyes esa música hasta llegar al portón, hasta llegar al callejón, a la esquina, y subir una cuadra hasta alcanzar la avenida Juárez donde todo duerme. La sigues escuchando, pero comienzas a despertar. Estás ahí frente a la gasolinera, y todo duerme menos tú. El mundo está dormido, pero eres tú el que debe regresar hasta esa habitación donde veías tras la ventana la silueta del árbol mientras descansabas en tu cama antes de escuchar esa música que nunca supiste explicar, menos definir, de dónde venía, de qué cítara o arpa tocada por el viento. Sigue siendo de noche, pero es otra la habitación; también, la ciudad es otra. El siglo es otro, pero tú eres el mismo.
Lees un relato donde se describe una estancia. Las sillas, los armarios, las mesitas y sillones permanecen. Es un bosque diminuto, un pisito lleno de recuerdos, donde ellos, los que ya no están, estuvieron. Aquí solía pasar las horas del día. Allá leía el periódico y movía la pierna hasta que la pantufla caía del pie. Ellos ya no están, pero estuvieron. Fue su casa y la habitaron con todos sus recuerdos y remordimientos. Por las mañanas se sacudían los sueños que se les habían prendido de las extremidades. Algunos brincaban espoleados por los calambres que recorrían sus pantorrillas. Había sueños que descansaban en el hombro izquierdo o en el brazo que se resistía. Pero ya no están con sus pasos recorriendo el camino que imponían los muebles con su pesada inmovilidad. Era un recuento de ausentes a plena luz del día, aunque el relato lo haya leído a altas horas de la noche.
También están los exteriores, las caminatas que no tienen como objetivo cruzar la superficie de las aguas o mantener la calma ante un mar agitado. Las veredas del ganado, la parsimonia de las vacas, las espinas y las redondas frutillas con el rojo que se distingue entre lo verde del monte. Hay recodos donde los arroyos discurren bajo los arbustos semejando escondrijos o lugares que recuerdan otros leídos o vistos en alguna película. Están Zeus y Hera, de Pasolini, recorriendo un jardín renacentista; está el Volkswagen, de Tarkovski, que aparece cruzando un paisaje visto desde la nostalgia. Están los cuervos del rey Arturo y sus múltiples transformaciones. El chirrido metálico del papalote y el zumbido de las avispas en la pileta del ganado. Se hace tarde y empieza a llover. Los coyotes aúllan y se escucha el paso de animales que no se ven. Hay un claro que no quieres ver, y sigues de largo sin volver la cabeza, fijo en tu camino, siguiendo, allá tan lejos, las luces del pueblo. Pero en las caballerizas, y esto lo sabes bien, los caballos duermen de pie arcando la pata como defendiendo el sueño.
Recuerdo la estampa de un dormido en actitud de terror y angustia. Sobre su lecho, a un lado, con unos ojos plateados como dagas, una yegua tensando, con su sola presencia, las riendas del sueño. Fuera de este grabado solo estoy yo que lo contemplo. Pero no me voy a quedar con esta imagen. Está el poema “La música de las esferas”, de Jean Follain. En él un hombre camina cabizbajo en una fría noche de invierno. Las llaves en su bolsillo tintinean y de manera distraída tropieza con una lata que rueda por la fría calle, interrumpe su marcha, y gira lentamente hasta detenerse bajo un cielo completamente estrellado.
En 1940 se lleva a cabo, en la Ciudad de México, la Cuarta Exposición Internacional del Surrealismo en la Galería de Arte Mexicano que dirigía Inés Amor. La organización estuvo a cargo del poeta y pintor César Moro, gran colaborador de la revista El hijo pródigo, y autor de una singular, por bella, “Carta de amor”, que escribiera en francés, y tradujera al español Emilio Adolfo Westphalen. El otro organizador fue Wolfgang Paalen, artista austriaco que llegó a México huyendo de la guerra, y gracias a una invitación de Frida Kahlo. André Bretón participó a la distancia en esta iniciativa donde se exhibió un cuadro de Remedios Varo: Recuerdo de la Walkyria, como una señal de lo que habría de suceder.
En 1959, en París, muere Benjamin Péret. Llegó a México en 1941 con Remedios Varo. El 2 de agosto de 1942 Marc Chagall y su esposa Bella cruzan la frontera por Laredo y se internan rumbo a Ciudad de México. El 8 de septiembre fue el estreno del ballet Aleko, basado en el poema “Los gitanos”, de Alexander Pushkin, con música de Piotr Ilich Chaikovski (Trío en la menor). Chagall trabajó en los cuatro telones y en los 64 trajes. Bella dirigía el taller de vestuario. Rápidamente se conformó un gran equipo de costureras, técnicos y artesanos. Artistas como Leonora Carrington, Remedios Varo y Esteban Francés, se unieron. El éxito fue arrollador y hubo cerca de 18 llamadas a telón. La siguiente representación de ese ballet, con el mismo vestuario y escenografía, fue el 6 de octubre en la Metropolitan Opera House de Nueva York. El éxito volvió a retumbar en la sala.
Remedios Varo y Benjamin Péret se casaron en Cholula en 1946. Hay versiones que aseguran que Remedios fue el gran amor de su vida, las dedicatorias de sus poemas avalan dicha hipótesis; otras afirman, que Péret fue el de ella. Sin embargo, los temperamentos, la precariedad económica, la poca voluntad de Péret de aclimatarse a un nuevo entorno social y su anhelo de regresar a Francia, dieron por resultado la disolución de la pareja. Remedios inicia otra relación y Péret se va al sur de México, a la región maya. Experiencia que le será muy productiva. Mientras que Remedios viaja a Venezuela donde se encontrará con su hermano Rodrigo y su madre a los que no había vuelto a ver desde su salida de España. Rodrigo, médico epidemiólogo, la involucra en campañas de salud. Remedios se aísla y decide explorar el Orinoco en busca de oro para regresar a México, mientras Rómulo Gallegos, presidente de la república venezolana y autor de Doña Bárbara, es derrocado por su propio ministro de Defensa a los nueve meses de asumir el cargo. Es apresado y desterrado. Remedios, a principios de 1949, vuelve a México.
Remedios Varo tuvo que emplearse al servicio de la farmacéutica Bayer elaborando carteles publicitarios. Esta actividad se dio a partir de 1947. La vida mostraba un rostro austero y golpeaba por varios flancos. De niño, de adolescente, y durante mi primera juventud —hubo otras—, sufrí de migrañas que me hacían escapar del mundo y refugiarme en la oscuridad de mi habitación. Toda actividad se interrumpía y la cama eran los brazos de una piedad que me acogía. Era como si un cuerno fuera naciendo de mi frente, tal como le sucedió al Moisés, de Miguel Ángel. Trataba de poner la mente en blanco como un lienzo, pero sin saber cómo ni cuándo, el lienzo se iba cubriendo de líneas y números, de raíces e islas, que aparecían a la distancia, pero siempre llegaban a mí con una tremenda fuerza. Había ocasiones en que me adelantaba ante tales embestidas. Siempre llevaba conmigo un pastillero metálico de aspirinas Bayer que tomaba cuando empezaba a percibir el aliento mezquino de Caribdis y Escila. Un día, pasado el estrecho, estas deidades desaparecieron y pude componer ese lienzo a mi antojo. No conservo, como recuerdo de mis guerras pasadas, ningún pastillero marca Bayer. De hecho, la marca había desaparecido de mi vida hasta que aparecieron los carteles publicitarios de Remedios Varo que, también un día, dejó de hacer para volcarse por entero al trabajo mayor.
Los años cincuenta empiezan a correr y Walter Gruen trabaja con el señor Margolín que vende neumáticos. Le pide le concesione un pequeño espacio para vender discos ya que tiene un lote de la marca Remington. Al retirarse el señor Margolín, Gruen se ve al frente del negocio y decide darle un giro al emprender la aventura de abrir una tienda de discos. Los dioses empiezan a mover sus fichas. La sala Margolín permanecerá abierta hasta abril de 2012. Yo tendré el privilegio de traspasar sus puertas para preguntar por las Variaciones Goldberg. Había leído El malogrado, de Thomas Bernhard y, en mi ignorancia, no sabía discernir entre la realidad y la ficción. Recibí una clase magistral. Me explicaron que sí, que las tenían, pero que no eran las ejecutadas por Glenn Gould, y que esas eran las que debía escuchar. Después de una larga disertación sobre Bach y la música barroca salí a la calle con las manos vacías. Pensé que esa tienda, como negocio, estaba condenada al fracaso. Meses después, ese sitio, fundado por Walter Gruen —quien se casaría con Remedios Varo, y bajo su amoroso cobijo ella dejaría de hacer trabajos publicitarios para dedicarse a la pintura— cerraría sus puertas. Ese nicho, ubicado en Córdoba 100 casi con Álvaro Obregón, en la colonia Roma de la Ciudad de México, siguió transformándose. Ahora da cobijo a la Galería OMR. Realmente mi visita a la sala Margolín podría inscribirse dentro de un ambiente de duermevela, como un cuento medieval donde el protagonista debe ir venciendo prueba tras prueba hasta ser digno de contemplar a su dama. Años después hice otra visita. Esta vez se trató del Panteón Jardín. Quería visitar la tumba de Luis Cernuda. A unos pasos me encontré con la de Remedios Varo, de cuya lápida nacía un poderoso árbol que daba sombra y música a su memoria. Remedio Varo reclama la realidad como lienzo y espacio.
Los cuadros de Remedios Varo aparecen como un cerrado universo que da fe de una historia que transcurre en exteriores e interiores, en salas, cuyas ventanas establecen puentes, pasillos que nos impulsan de norte a sur, terrazas, ríos, sitios donde la historia, detenida en instantes que se han resuelto en personajes, discurre. Hay vehículos de muy diversa naturaleza, espigados cuerpos que semejan siluetas que apenas y reconocemos. La música es callada, pero las aves pululan por todas partes. El canto resuena en lo hierático de las figuras y todo se teje, se anuda, se sufre y maravilla. Remedios Varo nos reveló un coto, un paraje de pinturas animadas que se suceden una tras otra. No siempre fue así: hubo interrupciones, accidentes económicos y sentimentales que lentificaron el quehacer artístico. Pero la amorosa presencia de Walter Gruen cobijó y alentó, cuidó y ordenó, ese mundo siempre particular, sumamente despierto, que es la obra de Remedios Varo.
No volvió a España, tampoco asumió la nacionalidad mexicana y siempre conservó su pasaporte republicano. Pese a que Péret había regresado a Francia en 1947 y que Remedios vivió una temporada en Venezuela con otra pareja, el piloto francés Jean Nicolle, y que se casaría en 1952 con Walter Gruen, siempre mantuvo una relación de amistad con Benjamin Péret. Lo ayudó económicamente y lo asistió en su lecho de muerte en un modesto hospital de París. Esto puede ser, igual nunca pasó. Lo cierto es que Péret murió el 18 de septiembre en el hospital Boucicaut a causa de una trombosis en la aorta. Hay un ramillete de pequeñas historias, de pequeños escándalos, y de menudos comercios ilícitos con piezas arqueológicas que involucran, no solo a Péret, sino también a varios de nuestros protagonistas de la vida cultural del momento. A tan pocos años de lo acontecido la pátina de la irrealidad y del olvido nos empañan los espejuelos. La lectura también se solaza en los meridianos de la ficción. La radicalidad de Benjamin Péret acabó por aislarlo de todos y de todo, incluso de aquellos que trataron de ayudarlo.
Pero los planetas no dejan de girar y Remedios Varo nace en Anglés en 1908. Breve estancia en el Marruecos español. El patio central de la casa no solo será su alma, sino también su “más profundo centro”; y las medinas, con sus calles estrechas y laberínticas, bien podrían ir perfilando un horizonte que jamás olvidaría. Horizonte donde también incluyo las piletas de tintura para teñir las telas y esa profusión de aromas que se desprenden de las mil y una esencias que se respiran en las ciudades del desierto. La familia se muda a Madrid y ahí, silenciosamente, sigue floreciendo la curiosidad de Remedios que se afinará en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando donde conocerá a Maruja Mallo y a Salvador Dalí. Aparecen García Lorca y Luis Buñuel desde la Residencia de Estudiantes. Su matrimonio con Gerardo Lizárraga, compañero de academia, le sirve para emprender el vuelo. No hay vuelta y seguimos hasta París. Se instala en Barcelona donde formará parte del grupo Logicofobista. Exposiciones colectivas donde compartirá sala con Maruja Mallo, como la de 1936. Como telón, la Guerra Civil española; como centro, la república. México, en la otra orilla, la estará esperando. Benjamin Péret se le aparece en Barcelona y resuelven huir de España a causa de la guerra. Cada uno viaja por su lado, pero se reúnen en París y ahí la pléyade surrealista se presenta: André Breton, Paul Eluard, Leonora Carrington, con quien se encontrará, años después, en México; Max Ernst y Joan Miró.
El joven Dante, porque aquí todos son jóvenes, termina de redactar su Vita nuova. Y ahí nos advierte que no volverá a trovar hasta que pueda decir de ella lo que jamás se ha dicho de mujer alguna. El “Dolce Stil Nuovo” convierte a la mujer, en franca relación con el culto mariano, en un puente purificador que nos aproxima a la divinidad, origen de todo amor. Horas más tarde los cantores de la pureza (el Minnesang), harán de la mujer su señor, su dueño, y ahí se desarrollará todo un ritual de vasallaje que tendrá como diamante la senhal, la grieta, donde descansará el amor-pasión del sujeto de deseo; el deseoso que, al decir de José Lezama Lima: “es aquel que huye de su madre”. Este reflejo irá tomando diferentes nombres: Primavera, Beatriz, Laura. Solo por citar a Guido Cavalcanti, Dante Alighieri y Francesco Petrarca. Los surrealistas, siguiendo la tradición lírica de Occidente, trazan dos líneas de las cuales oscilará un imaginario de lo femenino. Por un lado, la mujer fatal; por el otro, la mujer niña. En los dos casos una pasión arrolladora que no solo fundará su propio mundo, sino que se opondrá a todo mundo que no obedezca a sus leyes de pasión. Un mundo transgresor que no tiene vuelta, una zona agreste sin diálogo posible. El amor loco, el erotismo, el sacrificio, la inmolación. Hay una pulsión cuya sexualidad ilumina los cuerpos de las adolescentes vueltas ninfas que acechan desde los diferentes recodos del deseo. “Quien posee una ninfa es poseído por una ninfa”, nos advierte Roberto Calasso. La habitación, el cuarto cerrado, aviva y potencia los territorios de la libido que el cuerpo subraya. Pero también está la mujer como espejo y reflejo de aquello que ha despertado; la creación de un horizonte que se ve atropellado con su sola presencia. Imágenes, estatuas, torsos y fragmentos, que agitan y condicionan la noche, el viaje, la plaza. Espectros que nos conducen a un paroxismo que nos suspende de la locura y nos conduce a la inmolación. Por un lado, Balthus; por el otro, Paul Delvaux. Los dos dueños de un imaginario de lo femenino que desquicia, somete y paraliza. Cuando Remedios Varo llega a París se encuentra con un mundo de hombres como lo era el que privaba en el Madrid de la Generación del 27 o en la Ciudad de México de Contemporáneos. Leonora Carrington era una joven de 20 años que vivía una intensa relación con Max Ernst de 46. La tormenta fatigó el paisaje y las ramas, al amanecer, estaban desnudas. La ideología nazi juzgó el arte de Max Ernst de “degenerado”, y fue puesto en prisión en repetidas ocasiones. El mundo se fue poblando de quimeras cuya ferocidad contagió a una humanidad atravesada por un libre tránsito que no solo poblaría los cuadros de Leonora Carrington, sino también el tejido de sus relatos donde la crueldad luciría los aires de la inocencia.
Balthus queda como una sensibilidad que raya el vidrio y se refugia en aquello de que “todo ángel es terrible”. El negro sol de la melancolía se ve vulnerado por el rayo del deseo. Los cuadros nos muestran una acechanza, un riesgo inminente, que eterniza la caída, el inexorable encuentro con la belleza que, a todas luces, siempre espera un tributo a cambio.
Como un rumor que crece y se desborda sobre la superficie se habla de que Remedios Varo, para sobrevivir, hizo algunas copias de Giorgio de Chirico. Destaco sus plazas y sombras, ese ejército de ausencias que pueblan sus telas. En cambio, Paul Delvaux no permite tal soledad y agrega a sus calles y andenes apariciones femeninas, luces en las ventanas que nos exponen a una compañía que se rige por la pátina del sueño. Imposible no sufrir “un silencio desierto como la calle antes del crimen”, del que nos hablara Xavier Villaurrutia. Me he imaginado un rompecabezas muy semejante al de mi madre y al de mi abuela sobre la mesa del comedor. Aquél estaba cifrado por los colores de los tulipanes, de los molinos y canales; este está compuesto de andenes, de hálitos que aparecen flotando ante nuestros ojos. Rostros que conversan con aquellos otros del pasado y que sin duda serán los del futuro. Los interiores siempre serán privados con su luz que proviene del mundo de lo público. El ojo de Remedios Varo, cultivado en la ciencia y en el arte, como un solo continente emanado del misterio, va reconociendo una tradición que le permite la fina esgrima de la creación, del cuadro por realizar.
La mesa está puesta y el mantel, que ondea furioso, se va volviendo el cuadro mismo. El número de los convidados me hace pensar en las fiestas del Bosco; y si avanzo entre los árboles mejor cerrar los ojos. Perfiles, pómulos, orejas, mentones. Bocas desdentadas, miradas lascivas, sonrisas impertinentes, amplias frentes, gorros y barbiquejos que cruzan las mejillas rasuradas; ora flacas, ora regordetas y mofletudas. Gorgueras que van desapareciendo en lo colorido de los ropones, en las expresiones, risas y ceños, de esas caras que, con toda seguridad, nos miran. Entonces contemplo esos rostros de los retratos flamencos que parecen no reparar en nosotros. Nos ignoran, bajan la mirada, se insinúan bajo el velo, se saben retratados e indiferentes, con una gravedad que los preserva, posan frente a nosotros. También están aquellos que nos traspasan y vulneran. Esas miradas como saetas que dan la sensación de desnudarnos desde su tiempo y particular circunstancia. Nos increpan con su altivez, y escapamos de los arquetipos y asumimos otros. Hechiceras, magas, seres y monstruos de los laberintos, tanto de la razón como de una sexualidad que yace al fondo del bosque. En esto no solo campea el airón medieval, también el sustrato clásico como materia viva. Los pasajes y las estrellas, los planetas y un mecanismo de balanzas que sube y baja, se tensan con su hilo que nos ha de guiar. No intento écfrasis alguna, solo recuerdo lo visto que se ha sedimentado en la memoria y que los cuadros de Remedios Varo evocan en mí. Su imaginario va con la trompeta inaugurando viajes, desplazamientos, pasos suspendidos, instantes de una larga cordillera que nos introducen a un mundo sofisticado, elegante y enigmático. Son visiones de una memoria que escapa del pasado. Se trata de aquello que aún no ha sucedido, pero que ya se vive al contemplar el cuadro. El árbol de la vida sufre el feroz tajo del árbol de la ciencia y la duda, ariete de todo dogma, descubre el camino con la lamparita del alquimista, de la transmutación de metales, pero también de sentimientos. Entonces se tratará de la lamparita del amante. Ovidio y Góngora se encomiendan a dicha lucecita en el cuarto de la amada lo mismo que Goethe en sus Elegías romanas. La vida está en otra parte, nos dice Kundera, y la suerte está echada en esos viajes de Remedios Varo que nos descubren “las profundas cavernas del sentido”, como puntualizara San Juan. El mundo está por descubrirse, entonces la barquera, a la vera del río, se hace más que necesaria. La pintura de Remedios Varo se sitúa entre las dos orillas, pero su luz descubre el cruce de miradas con que las orillas se contemplan sin negar la distancia que hay entre ellas y donde tantas cosas se mueven y definen; ese espacio de epifanía que es la imagen suspendida o el estribillo en el poema.
Se abstenía, lo decía y exorcizaba. El cangrejo, tan cercano a sus castillos y murallas, a esas veredas donde soñaba que iba, o apenas volvía, al jalar de un delgado hilo. Las historias de Circe, Calipso, Nausícaa y Euriclea, tejidas por Penélope, se adivinan, tal vez se muestran, sin los esfuerzos de Odiseo, en las ruecas que tejen y reúnen a los vagabundos que navegan y circulan por el claro del bosque. Están los pájaros, la sombra de los pájaros, las horas de los pájaros, esas aves que a cada paso reman la conciencia del veedor que ya no tiene motivos para seguir resistiendo. Las ventanas, las puertas, que sirven de guarida para resguardar su sueño; acaso sea el nuestro. Estamos fuera, pero en realidad vamos hacia dentro. Estamos dentro, pero pedaleamos hacia fuera, y el espejo nos desdobla en rostros que coronan cuerpos que apenas y se adivinan. La constelación del cangrejo, para Remedios Varo, que había consultado antiguos libros de fisiología, era una constelación que presidía las enfermedades y los asuntos del corazón. Aquí evoco a sus muchos personajes, esas entidades, que no cesan de moverse y jalar los hilos que dan luz a constelaciones que entran por la ventana o flotan a nuestro lado como sombras lumínicas. Seres que habitan las entretelas del tiempo, que nos recuerdan la presencia de las Moiras, tal vez de las Erinias. Murió en 1963, a los 54 años, víctima de un infarto agudo de miocardio. Meses más tarde se le rindió un homenaje en el Palacio de Bellas Artes al que asistió una multitud de más de 50,000 personas. En 2000 Walter Gruen y su esposa Anna Alexandra Varsoviano donarían un conjunto de 38 piezas al Museo de Arte de la Ciudad de México. Su dibujo Música del bosque, el único que no se convertiría en óleo, quedaría inconcluso resonando, una y otra vez, como un sonoro testimonio de su paso por el mundo. Los asuntos del corazón jamás interrumpieron su marcha.
AQ / MCB