América, de Rocío Cerón, publicado por Los libros del perro, recorre fragmentos de la historia familiar, el linaje y la migración de las mujeres de su clan. Al leerlo, colegimos que hay una historia trágica, esbozada apenas por palabras que a veces se erigen en una narración poética de hechos; mientras que, otras veces, se desarticulan y conforman puentes léxicos y fónicos —como si fueran las hojas de un árbol que es todo América, cada una con su singularidad, pero que a la distancia constituyen el follaje verde que es el poema completo.
Ahí atestiguamos, con una nostalgia que nos contagia la poeta, la muerte del padre, la huida de las mujeres, los cambios necesarios de identidad (cambios del apellido y posiblemente de nombres). Es también un libro sobre las ausencias y sobre cómo la memoria encarna en el cuerpo. Ella es una pausa, tal vez un silencio paradójicamente lleno de palabras:
Detener el discurso. Pausa. /// Memoria.
Atrás de la conjetura solo restos.
Minucias. Detalles. Sisa. La cavidad. La hendidura.
La memoria es pausa, costura, detalles “minucias”. Y la madre: hendidura, una rasgadura de cierta manera que divide, pero no separa:
Recuentos. Cada minuto. Recuentos.
La hendidura (la madre). Apenas cuerpo [conocido (la madre)]
Se ata. La memoria se ata a la piel como bacteria,
escherichia coli que no interrumpe su morar en la breve patria.
La memoria es piel y se aloja en los órganos, es decir, se interioriza. Es ese silencio de lo que está ahí pegado a nosotros hasta que un día lo miramos y, sin despegarlo, lo enunciamos. Por ahí lo dice Rocío: “la sangre escribe”. Esto significa una inmersión y un distanciamiento, porque narrar o poetizar con la historia personal lo requiere y no por objetividad, sino para conseguir ese balance de alcanzar la belleza con las palabras precisas y la cautela de la emoción.
La desmemoria antecede a la memoria, porque esta es espacio (jardín) y abstracción que se ancla gracias a saber la historia:
Letal la idea, la idea de extranjería. Y todo antepasado es extranjero en punto,
emergiendo en historias de sobremesa:
médico de corte capitán de guerra
ingeniero en minas curandero
paleontóloga recolector de trigo
Una es la figura (trazo) en la que el justo [se encuentra consigo mismo,
una la línea donde el sí se encuentra a sí mismo.
Imagino la mano de Escher que dibuja la mano. El poema traza sobre la “anécdota” su punto de despegue en donde lo literal (la figura) sostiene lo no literal (lo poético). Pero detengámonos un momento en la frase: “todo antepasado es extranjero”. La distancia que impone a cualquier persona su propia historia cuando es pasada y las transmutaciones que sufre la narración de esas vidas le dan al sujeto del que se habla esa categoría “del de fuera”, pues éste es una construcción personal y la memoria básicamente es un acto interno dinámico y cambiante.
Aquí hay tres mujeres, un padre muerto, un trayecto de Europa a América (Serbia —lo sabemos por la sección “Kalemegdan, 1947”—) que pasa por tierras de mate, Cabo Polonio, Uruguay.
Grobonica es la abuela, ¿Eleonora es la madre? Además de Eleonora también se dicen los nombres de Clara y Carmen. Sin embargo aquí hay la evocación del disfraz por la huida. ¿Son acaso Clara y Carmen otras versiones de Eleonora?
El pasaje dice:
El ritual prosigue en cada ciudad que mudamos
de nombre.
Clara. Carmen. Eleonora.
Vestir a los hijos de vida, alejarlos de enredadera [y piedra.
Nadie notará la huella de la huida.
Otra ciudad cantará tu nombre: Jovana.
De los padres hay información: de él, la muerte. Suponemos que se ahogó. El padre es “proa, árbol, espacio subcutáneo sideral”. La madre es “hendidura, apenas cuerpo, papel incoherente”. La historia familiar de las mujeres no avanza linealmente, salvo porque sabemos que hay un trayecto de Europa a América. No obstante, el recuerdo juega con los tiempos y los paisajes en un espacio que nos señala que el clan no es pausa, es réplica, además de continuo.
La obra, dividida en 3 partes: “Kalemegdan, 1947”, “América” y “Eleonora” da cuenta, con diversos recursos poéticos y de dislocación sintáctica, de la historia familiar que, al final, es la que conforma a quien la narra. Compuesta por pasajes de versos largos y otros de prosa poética nos muestra también en sus aspectos formales que la historia es sensorialidad: tacto, música / escucha, vista, gusto en cierto sentido (el mate, el café). Leerla te marca su cadencia, ya que posee una fuerte musicalidad (vemos que el ritmo es muy importante para la poeta) y una serie de mecanismos para darnos pausa o aliento sin que sean explícitos, así como un marcaje tipográfico de pasajes que intuimos especiales gracias a la cursiva y que a veces implican cambios de perspectiva, anclajes o precisiones.
En una nota se nos advierte respecto a que hubo una edición anterior que tuvo un acompañamiento musical —piezas de chelo— y una serie de fotografías. Aquí solo hay una: las manos enjoyadas de una mujer que suponemos la abuela, pero aunque acá se prescindieron de las fotos, el poema es fuerte en las imágenes y en la réplica de las atmósferas de la memoria personal.
Cómo entrar en las cosas. En estado de excepción. En estado. Perseguido por los contornos de la herida que se cierra, y ata. Una tribu decide inmolarse. Cuestión de supervivencia. El reflejo violáceo sobre la copa, hojas ligeramente lobadas –dombeya– flores colgantes. Es el morder (prolongación de zumbido / bosque de tronco en pasmo/ pero el odio era tan grande…), es el paso de la estación sobre el cabello que refleja el revés del mundo. Y sollo queda esa latitud del aire donde la tentativa palabra desvanece piel, tragedia, restos.
Nosotros los lectores perseguimos el contorno y la palabra, y nos sumergimos en la belleza que nos salpica con uan historia que duele sin saber muy bien por qué, así como con frases y pasajes excepcionalmente hermosos.
Leamos América y toda la obra de Rocío Cerón.
AQ / MCB