A unas horas de cumplir nueve décadas de vida, Alberto Dallal se muestra pleno, satisfecho de lo que ha logrado. Aun así, no abandona el oficio ni un minuto. Observa, indaga, pregunta. El periodismo, confiesa, lo obliga a permanecer en estado de alerta. Así vive.
—¿Cómo piensa celebrar?
—No quiero nada especial, solo estar rodeado de mi familia, mi hijo, mis nietas y nietos, y la familia. Vendrán por mí para ir a comer, pero hasta ahí.
—¿Qué te gustaría comer?
—Aún no sé.
En instantes, se anima.
—Me encantaría comer paella, con una copita de un buen vino tinto, sin emborracharse.
La influencia española es clave en la vida profesional del recién galardonado con la Medalla Bellas Artes 2026 en la categoría de danza. Recuerda la gran generación de refugiados españoles que llegaron a México en los años treinta: escritores, dramaturgos, poetas, Juan Rejano, entre ellos.
A Rejano lo considera su gran amigo. Para él no tiene más que palabras de agradecimiento.
—Me dio la oportunidad única de ser alguien en el periodismo, y de manifestarme tal como quería registrar la realidad. Con él, sentí la vocación.
Se refiere a que, cuando Rejano —periodista autodidacta— deja la dirección de la Revista Mexicana de Cultura, suplemento cultural de El Nacional, en 1976, Dallal entró al relevo.
—Lo conocí después de descubrir la publicación. Admiraba su trabajo y dije: tengo que conocer a este hombre, y lo busqué. Para entonces, además, ya simpatizaba con la causa de los refugiados españoles.
Rejano, recuerda, tenía una personalidad muy fuerte. Bajo su conducción, la revista dejó de ser únicamente un suplemento cultural.
—Se convirtió en una especie de diario de la inteligencia. Eso fue lo que me atrajo desde el principio. Cuando me acerqué a él, le dije: quiero ayudarle, quiero trabajar con usted. Y él, supongo, me vio pasta de periodista.
Así fue el inicio de Dallal en el periodismo, oficio que nunca ha abandonado. Y es que, justifica, el periodismo es maravilloso cuando la gente tiene la vocación. Uno no para, y no para. No hay tregua.
Vuelve a Rejano:
—Así era él. Cuando llegó a México, con toda la experiencia de la Guerra Civil española, no paraba, nunca se detuvo, y lo que hizo fue apoderarse del suplemento de El Nacional. No se lo dieron; lo tomó.
El café llega a la mesa y la conversación se interrumpe unos minutos. Ambos preferimos americano. Como cortesía, nos ofrecen un plato con galletas que aparentan ser caseras. Alberto declina. Prefiere esperar a la cena.
El inicio de la charla estuvo precedido de un obsequio, una novedad literaria: Los nombres de Feliza de Juan Gabriel Vásquez. Promete leerlo muy pronto.
Esa vasta experiencia periodística que inició en El Nacional, y que luego se extendería a otros espacios que dirigió: la Revista Universidad de México, Radio UNAM, y el noticiario Hoy en la cultura de Canal Once, le proveyó el bagaje suficiente para desempeñar con gran éxito su otra vocación: la docencia.
Dallal Castillo impartió cátedra en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en la de Filosofía y Letras y en la Escuela Nacional Preparatoria, durante más de seis décadas. Asimismo, se convirtió en miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde 1985. Además, se desempeñó como profesor titular e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, y, según diversos registros universitarios, también participó en al menos 29 comités de tesis entre 1988 y 2020, como director, asesor o sinodal.
—¿A quién atribuyes tu vocación por la docencia?
—A mi madre, que siempre tuvo una enorme disposición para servir a los demás.
Cuenta que desde muy pequeño mostró interés por la enseñanza, por ser maestro y dedicarse a ello. Para él, periodismo y enseñanza siempre han estado ligados. Esa combinación le permitió desarrollar otra habilidad: pensar y transmitir las cosas de manera didáctica, decirles a los estudiantes cómo hacerlas. Así fue como formó a generaciones y generaciones de estudiantes. Los ponía a practicar, los obligaba a investigar.
—Los hacía periodistas desde ya —dice con orgullo.
Y añade, con un dejo de melancolía:
—La UNAM es la UNAM. No la cambio por nada, además, no hay ni cómo sustituirla.
Alberto Dallal se percibe cómodo. Viste un suéter gris y, encima, un saco café oscuro con estampado. La tarde lluviosa lo obliga a arroparse. Conserva buena condición física. No ha perdido masa muscular. Confiesa sentirse girito; le gusta esa palabra porque, asegura, lo describe bien.
—¿Cómo es tu rutina hoy en día?
—Hago ejercicio, camino mucho, pero no soy un deportista profesional. Y, sobre todo, me gusta hacer las cosas por mí mismo. Eso me hace sentir muy vivo.
—¿Extrañas comer en el Prendes, como antaño?
—¡Qué lugar! Era carísimo.
Aprovecha entonces para hablar de la comida, uno de sus placeres confesos. Dice que pocas cosas disfruta tanto como sentarse a comer en un sitio que le gusta.
—Eso de comer bien era muy de Rejano. Nos gustaba ir a restaurantes a comer rico; platicábamos muy a gusto. Claro, a él le fascinaba la cocina española. Quizá de ahí nació mi gusto por ella.
—De nuevo, regresamos a Rejano.
—Fue un modelo para mí, algo parecido a un abuelo.
Luego de más de una hora, la conversación termina. Dallal no muestra cansancio. Los más de cuarenta libros publicados entre novela, teatro, ensayos y poesía; los reconocimientos recibidos —entre ellos el Premio Xavier Villaurrutia— y sus investigaciones fundamentales sobre danza no parecen haber disminuido su curiosidad ni su energía.
Alberto Dallal continúa haciendo lo que ha hecho toda su vida: observar, preguntar, enseñar. Como si el periodismo —más que una profesión— hubiera terminado por convertirse en su manera de estar en este mundo.
AQ / MCB