Hasta hace unos años, la única manera de ver el mural del artista guanajuatense, José Chávez Morado, era, a la distancia, desde un vagón en la estación del Metro General Anaya, pero ahora se puede hacer mientras disfrutas una taza de café.
Tuvieron que pasar setenta años para que el mural La medicina prehispánica, fuera restaurado y exhibido al público en general.
En 1954, Chávez Morado fue invitado por el arquitecto Alejandro Prieto a realizar dos murales divididos (interior y exterior) que retratan las prácticas y concepción de la medicina prehispánica.
El lugar: las oficinas de los Laboratorios CIBA, empresa farmacéutica suiza, ubicada en el número 1779 de calzada de Tlalpan, alcaldía Coyoacán (...) Posteriormente, tras fusionarse Ciba- Geigy con Sandoz, nació Novartis, transnacional que por muchos años resguardó el mural.
Ángel Jaime Santos, ex directivo de CIBA y Novartis, recuerda que después de la Segunda Guerra Mundial, muchas empresas farmacéuticas europeas quedaron completamente destruidas, entonces buscaron diferentes partes del mundo para instalarse. CIBA, empresa suiza, escogió México, y, muy seguramente, para brindarle un aire identitario en tierras aztecas, pidió un mural a Chávez Morado, pintor mexicano de corriente nacionalista.
“Era un pintor muy representativo del muralismo mexicano, y desde luego yo creo que no tenía el dinero para contratar a Diego Rivera ni a Orozco y si pudieron contratar a Chávez Morado”, cuenta entre risas.
El hombre nonagenario recuerda que el mural era un orgullo de la empresa, el cual era presumido en encuentros médicos y reuniones.
Ahora, sentado frente al mural disfrutando un café de Tim Hortons, se agolpa la nostalgia en su mente.
“Me recuerda la empresa y me recuerda también el orgullo que teníamos de poseer este mural. Un director que tuvimos tenía mucho miedo de que hubiera incursiones era la época de Echeverría, incursiones terroristas o algo así y levantó unos muros que taparon el mural de afuera, pero ahora ya se puede apreciar.
“Entonces decidí regresar a tomar un cafecito y volver a ver el mural, está tal cual lo recuerdo”, comparte.
La restauración
Años después de que Novartis dejó el predio, fue adquirido por O´Donnell, una desarrolladora de parques industriales, que proyectó una plaza comercial, por lo que ahora el mural puede ser apreciado mientras se disfruta de una bebida al interior de Tim Hortons.
“Queríamos que fuera una cafetería incluso pensábamos una farmacia, pero creo es mucho mejor tomar un café y disfrutarlo. Fuimos muy estrictos en establecer un reglamento para su conservación y cuando hablamos con Tim Hortons, aceptaron las condiciones: luces, temperatura, incluida una revisión cada seis meses del mural”, comentó Sofía Díaz, asociada comercial de O´Donnell.
De esta manera, a principios del 2024 inició la restauración de los murales a cargo del taller Rimane, con la supervisión del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).
La obra del guanajuatense se conforma por dos muros en los que combinó el fresco con el mosaico de vidrio para jugar con la plasticidad y darle continuidad con el mural exterior.
Natalia Rivera Scott, fundadora y directora del taller Rimane, explicó que en el mural exterior, afectado por la exposición a factores ambientales y marcado por pérdida de elementos decorativos como piedras y mosaicos, se realizó una profunda consolidación, resane, reconstrucción y reintegración de faltantes, logrando la recuperación de la lectura estética.
Fue como un armar un rompecabezas, ya que el movimiento y vibración del terreno propios de la sísmica ciudad y de una transitada avenida, provocaron daños en el mural cuya escena nos recuerda la dualidad entre la vida y la muerte, o bien la luz del conocimiento y la cura con la oscuridad de la enfermedad.
“La empresa que compró el lugar muy responsablemente durante los años guardó las piedritas que se caían, y cuando nosotros entramos, nos dio cubetas llenas de piedritas que se colocaron en los faltantes. Algunas chiquitas como los personajes, pero sobre todo las de fondo, las que son como rojitas y los mosaicos de la serpiente que une con el de adentro, esta parte era la más afectada".
"También había algunos detalles en la esquina de la firma, y lo que hicimos fue conseguir piedras que fueran lo más parecidas posibles a las que faltaban".
“Para las piedritas rojas fuimos a un volcán que hay Milpa Alta a buscar en los montones de piedritas. Esto permite hacer una intervención respetuosa y bien ejecutada, fuimos al volcán. Para los mosaicos fuimos a una fábrica en Morelos que, después me enteré, que Chávez Morado también conseguía los mosaicos ahí. Ellos nos ayudaron a conseguir los mosaicos que el artista utilizó para esta escena”, relató.
La intervención, comentó Rivera Scott, cumplió con criterios nacionales e internacionales, siendo reversible, respetuosa, de calidad y ejecutada por mano de obra especializada.
Quetzalcóatl, la serpiente emplumada es el elemento que brinda la continuidad entre ambos murales. La cabeza de la serpiente en relieve y mosaicos nos conduce al interior, donde el artista combinó el fresco con el mosaico de vidrio.
El mural interior muestra escenas de distintos rituales de la medicina prehispánica, y para devolverle su belleza se realizó una limpieza primero en seco y luego en húmedo para retirar la suciedad acumulada; además, el resane de ligeras grietas superficiales, así como recuperación de tramos y reintegración del color.
Marianel González, auxiliar de restauración del Taller Rimane, fue responsable de colocar color donde era necesario, igualar tonos y texturas de tal manera que se lograra la lectura estética de la obra. Un trabajo que duró casi medio año.
En el trabajo se debía respetar la técnica del fresco, la cual era empleada por los muralistas de la época y que consiste en que el pigmento queda adherido al muro, dándole una gran estabilidad al color y a la superficie de la obra.
“Se pone el color en las partes donde no había para que la lectura sea pareja, no haya interrupciones a la hora de que el espectador pueda leer la obra".
"Básicamente el mural trata sobre procedimientos de medicina prehispánica, siendo quien encargó el mural fue un laboratorio, entonces quisieron hacer ese tipo de homenaje digamos a estas prácticas prehispánicas de la medicina.
"Me parece un mural único porque algunos tienen diferentes tipos de temática, pero este en particular es único”, compartió la restauradora.
El mural es un homenaje a la sabiduría ancestral. En cada recuadro, Chávez Morado retrata diferentes técnicas de la medicina. En el mural interior de lado izquierdo se observa a una pareja sentada dentro de un temazcal circular tomando un baño de vapor y hierbas; al ser subterráneos se pretendía tener contacto con la tierra y ser un lugar de tránsito entre el inframundo y el mundo de los vivos.
Mientras tanto, en la parte inferior, hay una gruta con un manantial, en el cual se observa a Chalchiuhtlicue, la contraparte femenina de Tláloc y deidad de las aguas que corren como ríos, lagos, manantiales.
Dentro del pensamiento prehispánico, el agua simbolizaba el fundamento de vida, al ser esencial para su desarrollo como sociedad, por lo tanto, este líquido tenía propiedades curativas.
En tanto, en el lado derecho, hay diversas escenas como una estatuilla representativa de la diosa Chicomecóatl, proveedora de las buenas cosechas, que porta dos mazorcas en cada mano, así como un tocado rectangular de varios niveles llamado amacalli (término que significa “casa de papel”).
Además, encima de la serpiente emplumada realizada con mosaicos de vidrio que une a ambos murales, se observa la representación de una mujer en labor de parto, siendo atendida por dos mujeres.
En la parte inferior también se plasma a un hombre de avanzada edad que sustrae una pieza dental a otro, mientras que a su costado se observa a otro hombre practicándole una sangría a un hombre, con la punta de una hoja de obsidiana.
Otro aspecto a resaltar, es un curandero portando atributos de Quetzalcóatl (el collar de caracol y la máscara bucal) frente a un conjunto de personas que buscan su ayuda para aliviar sus enfermedades.
Es así como el nombre de José Chávez Morado vuelve a ser mencionado gracias a la restauración de una de sus obras, para el disfrute de las nuevas generaciones y la nostalgia de las viejas.
¿Quién fue José Chávez Morado?
El pintor José Chávez Morado (Silao, Guanajuato, 4 de enero, 1909 – Guanajuato, 1 de diciembre, 2002) formó parte del movimiento muralista mexicano, y fue también grabador, promotor y asesor cultural, dejando una valiosa aportación en el terreno de la creación de instituciones educativas, impulsando la cultura en México y en su estado natal.
Expresó en vida que lo que más le gustaba del muralismo era su contacto permanente con el espectador.
“Los murales son obras hacia las que el público tiene la misma actitud que a veces tenemos con los miembros de nuestra familia o con amigos muy cercanos: a fuerza de verlos y convivir con ellos parece que no los tomamos en cuenta, pero lo cierto es que están ahí y que sin ellos nuestra vida sería distinta”.
El pintor galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1974, dejó en su obra un legado de mensaje social y de gran riqueza para el arte mexicano, además de una muestra de su convicción revolucionaria.
Fue exponente de la tercera generación de la denominada Escuela Mexicana de Pintura, junto con Juan O’Gorman, Raúl Anguiano y Alfredo Zalce.
En la década de los cincuenta del siglo XX, José Chávez Morado alcanzó la cúspide en su producción mural: en su haber cuenta con cerca de una treintena de murales, entre los que destacan los ubicados en Ciudad Universitaria (El retorno de Quetzalcóatl, La conquista de la energía, y La ciencia del trabajo), la Alhóndiga de Granaditas (Guanajuato), el Museo Nacional de Antropología, el Centro Médico Nacional, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, entre otros.