El escritor Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) charla con MILENIO sobre su nuevo libro, Rey Lepra (Almadía), una colección de 12 cuentos de terror que trascienden las fronteras geográficas para explorar los aspectos más oscuros de la naturaleza humana.
¿Qué te ofrece el cuento para narrar el horror citadino?
Me siento cómodo en ambos géneros, pero implican retos y herramientas distintas. El narrador debe entender qué conviene a cada historia. En el caso del cuento, la prioridad es la anécdota y no tanto el desarrollo de los personajes. La novela requiere una evolución amplia de los protagonistas; el cuento, en cambio, utiliza a los personajes como sostenes de ideas o cimientos de la atmósfera. Para Rey Lepra, me interesaba poner temas específicos como el sistema predatorio actual: la depredación de animales, de ecosistemas y de cuerpos. El cuento me ofreció el espacio ideal para entrar y salir con efectividad sin entretenerme en la construcción psicológica profunda.
¿Esa estructura directa contribuye a que la historia sea más terrorífica?
Julio Cortázar utilizaba una metáfora del boxeo: el cuento debe ganar por knockout y la novela por puntos. El cuento es un puñetazo a la cara al tener poco espacio; el enfoque total recae en el impacto. La novela es un abismo que permite sumergir al lector durante más tiempo, pero el cuento ofrece una efectividad más a botepronto. Como lector, si quiero una cachetada, leo cuentos; si quiero hundirme en arenas movedizas, busco una novela.
¿El horror está cerca de todos?
O uno mismo frente al espejo. Somos nuestros propios monstruos y, paradójicamente, los necesitamos para sentirnos humanos. Todos albergamos un monstruo interior; algunos están más desarrollados que otros. Creativamente hay que desatar a los demonios, pero en la vida cotidiana debemos domesticarlos. Históricamente, el monstruo literario ha funcionado como un reflejo. El vampiro o el hombre lobo son proyecciones de nuestra condición de predadores. Creamos al “monstruo exterior” para decir que el mal está fuera, pero es un ejercicio de terapia para no admitir que ese horror habita en nosotros.
¿Es más efectivo el terror cuando nace de la indiferencia o de la soledad que de lo sobrenatural clásico?
Es un método necesario para ampliar los mecanismos de reflexión. El vampiro es una metáfora romántica y efectiva que a todos nos gusta, pero el horror cotidiano, el que ocurre en departamentos de clase media o en el Metro, obliga al lector a confrontar su realidad. Acudir a lo cotidiano permite que el género evolucione y no se quede estancado en los castillos góticos.
¿En Rey Lepra exploras diversos escenarios geográficos y urbanos?
Es el libro más personal que he escrito. Contiene anécdotas de mi infancia, adolescencia y madurez. Es lo más cercano que he escrito a la autoficción, aunque siempre bajo el filtro de lo sobrenatural. Al cumplir 54 años, la mirada vuelve al pasado para entender quiénes somos. Hay relatos donde el protagonista se llama Bernardo porque apenas hay metáforas. Por ejemplo, incluí una historia que sucede en la calle de Ayuntamiento que es totalmente real. Viví en un edificio donde ocurrió un feminicidio; mi vecino era el escritor J.M. Servín y la madre de mi hija también aparece en el texto. Me obsesioné con ese hecho real y lo trasladé al papel.
¿Te gusta asustar al lector?
Es una pregunta difícil. No sé si mi objetivo es asustar a alguien. Mi intención es inquietar, incomodar y explorar el lado oscuro para encontrar respuestas sobre la condición humana. Sacar a la gente de su comodidad es fundamental, porque a veces estamos demasiado cómodos con la realidad que percibimos. La literatura de terror presenta otras posibilidades de la realidad y eso siempre incomoda. Si como efecto colateral el lector siente miedo, me parece fantástico.
¿En qué proyecto trabajas actualmente?
Estoy en la fase de investigación de una novela sobre las Poquianchis. Con ella quiero cerrar una trilogía sobre el true crime mexicano que comenzó con Asesina íntima (la Mataviejitas) y continuó con La región peninsular (sobre Gregorio Cárdenas). En el caso de la nueva novela, mi abordaje se centrará en el pasado de las hermanas, antes de que se convirtieran en el mito criminal, y en el fenómeno de la trata de personas.
¿Cómo percibes la salud del género de terror en la literatura actual?
No me siento solo. Hay un movimiento creciente en México y América Latina. Antes existía un prejuicio por parte de la academia y las editoriales que consideraban al terror un género menor, pero eso ha cambiado. Las editoriales están abiertas porque saben que hay calidad y público; con autores como Mariana Enríquez, Liliana Blum, Mónica Ojeda o Álvaro Bisama demuestran que es un momento extraordinario. El género no es una moda pasajera, va a seguir creciendo.