Una mujer que aprendió el oficio del tejido y el crochet durante los cinco años que estuvo privada de la libertad —por lo que asegura fue una falsa acusación— ha transformado esa habilidad en un medio de vida.
Tras salir de prisión hace tres años y medio, no solo crea y vende bolsas tejidas y muñequitos, sino que ha logrado establecer un taller familiar que le permite sostenerse económicamente y reconstruir su vida junto a los suyos, narró a MILENIO.
Puntada a puntada, reconstruir el futuro
La textura áspera del hilo de plástico reciclado se transforma, entre sus manos, en destellos de color y esperanza. Cada punto de crochet que da Lorena Castañeda es un nudo que amarra su pasado a un futuro que se empeñó en reconstruir desde el encierro.
“Aprendí a hacer bolsas en la cárcel. No me avergüenzo. Fue mi escuela forzada, mi golpe de realidad. Ahí entendí que uno puede elegir entre pudrirse o aprender. Y yo elegí aprender”, dice
Lorena, con la mirada clara, desafiando el estigma que cargan como una losa las mujeres que han estado privadas de la libertad.
Su taller no es un local cualquiera; es el territorio reconquistado de una vida que pudo desmoronarse, pero que ella, contra todo pronóstico, decidió tejer de nuevo.
Un puesto que cuenta historias en Guadalajara
En el corazón vibrante de Guadalajara, justo en el Andador Chapultepec, que huele a nieve de garrafa, a cacahuates y a prisa, cada fin de semana se instala un pequeño puesto de colores vibrantes que llama la atención y hace voltear la mirada.
Lorena Castañeda maneja sus hilos con la precisión de quien escribe su propia historia, puntada a puntada. Cada bolsa que cuelga, cada cartera dispuesta con cuidado, es más que un accesorio: es un capítulo de redención, un testimonio material de que los caminos rotos pueden remendarse con determinación y fe.
La cárcel como escuela forzada
Originaria de Colotlán, Jalisco, Lorena Castañeda es una emprendedora dedicada al tejido de bolsas artesanales bajo el proyecto “Bolsas Iyari”. Aprendió el oficio no en un taller común, sino en la escuela a donde la vida la llevó tras una amarga experiencia.
“(La cárcel) es una experiencia. Y yo siempre he creído, porque lo viví, que sí existen las segundas oportunidades. Creo mucho en Dios, y a veces pienso que tuve que caer en ese lugar para realmente darme cuenta de muchas cosas. Allá dentro, una custodio nos decía: ‘Aquí tienes tiempo, mucho tiempo. Tiempo para aprender lo bueno o para hundirte en lo malo’. Yo decidí agarrar lo bueno”.
Esa elección, tomada en la oscuridad de una situación límite, marcó el punto de quiebre. No fue un momento épico, sino una decisión silenciosa y diaria: aprovechar el tiempo.
Maternidad, ausencia y discriminación
Lorena es madre de dos jóvenes, una enfermera y una ingeniera, que lejos de juzgarla por lo que sucedió en su niñez, la apoyaron para iniciar su emprendimiento.
Al recobrar su libertad, lo primero que enfrentó fue la discriminación social y la dificultad para encontrar empleo debido a sus antecedentes penales, por lo que decidió emprender su propio negocio y comenzó a buscar espacios para vender sus artesanías.
“Mis hijas estaban pequeñas, mi hermana se hizo cargo de ellas. Yo no podía estar ahí, pero quería aportar, ayudar de alguna manera”, comparte con la nostalgia de haberse perdido aquellos importantes momentos.
Lorena salió con la determinación de rehacer su vida, pero la sociedad no siempre está preparada para dar una segunda oportunidad, especialmente a una mujer que carga con antecedentes penales.
“Desgraciadamente la sociedad nos ataca muy feo, porque si quieres buscar un trabajo te piden antecedentes no penales, entonces imagínate para ir a trabajar; si yo decía de mi carta de antecedentes penales, me iban a decir: ‘no, esta mujer estuvo en la cárcel y no hay confianza’. Entonces yo dije: voy a hacer mi propia empresa, y ahí me dediqué; si yo sé hacer bolsas, ¿qué ando batallando?”, apunta.
Aprender para sobrevivir
Primero trabajó en la tortillería del mismo centro penitenciario. Después, cuando se abrió un taller de manualidades, se aferró a él como a un salvavidas.
Los hilos se convirtieron en sus herramientas de supervivencia y de conexión con el mundo exterior. Aprendió crochet, después macramé. Empezó a elaborar pequeños productos: monederos, pulseras, bolsas sencillas.
Los vendía dentro del penal o a través de gestiones discretas. El dinero, “poquito o mucho”, como ella dice, viajaba hasta Colotlán para apoyar a su hermana y a sus hijas.
“Así empecé. Y debo decirlo: Dios me bendijo con unas hijas que me salieron muy buenas, comprensivas. Y mi hermana… creo que nunca, nunca en la vida le voy a poder pagar lo que hizo por mí y por ellas”, comenta.
La libertad y el peso del estigma
Tras cumplir una sentencia de nueve años, de los cuales estuvo recluida cinco, llegó la verdadera prueba: la libertad. Pero esa libertad exterior chocó de frente con las cadenas invisibles del estigma.
“Cuando yo salgo de la cárcel después de una sentencia de nueve años —y un ‘disculpe usted’, duré cinco— una custodia me dijo: ‘júntate con gente productiva, porque la gente negativa te va a traer muchas cosas’, y así traté de llevar mi vida poco a poco y aprender a agarrar las herramientas. Cuando yo salí, mucha gente decía: ‘no existen las segundas oportunidades; la gente que cae a la cárcel vuelve a la cárcel’. Y yo dije: voy a demostrar que yo soy la diferencia”, menciona.
Así, con la misma tenacidad con la que aprendió cada punto en el penal, Lorena emprendió.
“Bolsas Iyari”, plástico convertido en elegancia
El proyecto se llamó “Bolsas Iyari” (que significa “corazón” o “esencia de vida” en lengua wixárika).
Lo que empezó como una producción pequeña en un rincón de su casa, hoy tiene un puesto fijo en uno de los andadores comerciales más emblemáticos de Guadalajara.
De domingo a viernes, de 3 de la tarde a 10 de la noche, Lorena se instala con su telar portátil de sueños. Sus productos incluyen bolsas de playa, carteras, monederos, loncheras e incluso prácticos “carritos del mandado”, tejidos con tiras de plástico reciclado.
“Hoy trato de innovar constantemente. Juego con los colores, combino puntos, invento nuevas formas. No quiero hacer siempre lo mismo. A esto le llamo ‘plástico en elegancia’. Es darle valor a algo que muchos desprecian”.
Su trabajo ha trascendido el puesto callejero: tiene presencia en redes sociales, recibe pedidos en línea y ha participado en ferias y exposiciones apoyadas por el Instituto de Turismo de Zapopan.
Volver para tender la mano
Pero el éxito comercial es solo una parte de su victoria. La otra es la reconciliación familiar y personal.
“La resiliencia y mis hijas son mi mayor orgullo y mi fuerza”, confiesa.
Lorena no ha cerrado el capítulo del encierro. Lo lleva como recordatorio y compromiso. Visita con regularidad centros penitenciarios femeniles, especialmente aquel donde estuvo recluida.
“Les hablo claro. Les digo que el tiempo está a favor o en contra, que depende de ellas. Les enseño los puntos, sí, pero también les muestro fotos de mi puesto, de mis hijas, de mi taller en casa. Les digo: ‘Miren, yo estuve donde ustedes están. Y hoy estoy aquí. Es posible’”.
Tejer segundas oportunidades
Su objetivo es consolidar “Bolsas Iyari” como una empresa socialmente responsable que genere empleos formales para mujeres en situación de post-penalización.
Esa vocación la llevó a integrarse a “Aliadas”, una red de mujeres que se apoyan en sus negocios y colaboran en causas sociales, como colectas para madres de desaparecidos y otros grupos vulnerables.
“Entiendo el dolor ajeno de una manera distinta ahora”, reflexiona.
La libertad hecha a mano
Al anochecer, las luces del Andador Chapultepec se encienden y el puesto de “Bolsas Iyari” se ilumina como un pequeño faro. Su taller ya no es un cuarto compartido con 17 mujeres, sino un espacio propio en su hogar.
Lorena Castañeda no pide compasión. Ofrece belleza hecha con sus propias manos. Y en cada puntada, en cada color, va diciendo, silenciosamente, que las segundas oportunidades no solo existen: se tejen.
JVO