En las entrañas del Antiguo Hospital Civil de Guadalajara “Fray Antonio Alcalde”, el tiempo parece transcurrir con una densidad distinta. Entre los techos altos y los pasillos, que guardan el eco de casi dos siglos de historia médica, camina María Sofía, quien habló con MILENIO.
Su figura, envuelta en el blanco impecable del uniforme, no es solo la de una trabajadora de la salud: es la síntesis de tres décadas de entrega, dolor, esperanza y una filosofía de vida que se resume en una palabra: vocación.
Desde hace 32 años, Sofía decidió que su vida pertenecería a los demás.
“Me gusta ser enfermera, me gusta atender a nuestros pacientes y, pues bueno, los años que tengo creo que lo dicen”.
No fue una decisión tomada a la ligera, sino un llamado que ha sostenido frente a las crisis sanitarias más feroces de la historia moderna de México y ante la fragilidad cotidiana de quienes llegan a este hospital buscando un milagro o, al menos, un poco de alivio.
Más que técnica, un acto de empatía
Para María Sofía, la enfermería no es una serie de procedimientos técnicos, administración de fármacos o toma de signos vitales. Es, ante todo, un ejercicio de alteridad profunda.
“Lo más bonito es meterte en la piel del paciente, sentir lo que el paciente siente”, afirma con una serenidad que solo dan los años de servicio.
Esta empatía no es gratuita. Sofía sabe lo que es estar del otro lado de la sábana clínica. Ha sido paciente y ha experimentado esa vulnerabilidad absoluta donde el nombre de uno se convierte en un número de cama.
“Yo quisiera que me trataran como cada quien se merece, con todos los principios bioéticos para el cuidado de los pacientes”, explica. Para ella, el respeto a la dignidad humana no es un concepto de libro de texto, sino la columna vertebral de su jornada diaria.
El peso de las pandemias: sobrevivir para cuidar
En más de tres decenios de carrera, Sofía ha sido testigo de la evolución de la medicina, pero nada la preparó para el impacto de las crisis de salud globales. Le tocó estar en la primera línea durante la pandemia de influenza AH1N1 —también conocida como gripe porcina— en 2009 y, más recientemente, en la crisis del covid-19.
Esos periodos no solo pusieron a prueba su resistencia física, sino su integridad emocional. El uniforme se convirtió en una armadura y, a la vez, en un riesgo. La dualidad de ser el sostén del enfermo y el protector del hogar es una carga que pocas profesiones exigen con tal severidad. Su mantra fue siempre la prevención.
“Ya me han tocado dos pandemias; gracias a las medidas que uno aplica, eso te ayuda a que los riesgos sean mínimos tanto para ti como para la familia, porque detrás de un uniforme, detrás de una profesión como enfermera, tengo una familia. También tengo que prevenir allá, cuidarme yo, porque si no me cuido, ¿cómo voy a cuidar de otros?”, reflexiona.
Gracias a su rigor con las medidas sanitarias, logró atravesar esos túneles oscuros de la salud pública, manteniendo a salvo a los suyos, aunque el miedo fuera un compañero constante en cada turno.
La impotencia cuando el paciente es familia
La paradoja del personal de salud es que, a menudo, son los más capaces para sanar a extraños, pero se sienten los más impotentes ante la enfermedad de sus seres queridos. Sofía vivió esto con sus propios padres. Cuidó de su madre durante una grave enfermedad autoinmune y acompañó a su padre hasta su último aliento.
“Sientes esa parte de la impotencia, y más cuando no estás aquí donde yo trabajo y donde conozco a mis compañeros. Cuando tienes a tu familiar en otro lugar y sabes que de repente algunos procesos se están desviando, es cuando sientes impotencia”, confiesa.
Reitera que ver procesos médicos desviarse o no tener el control total sobre el cuidado de un familiar en otra institución es una de las espinas más agudas que ha cargado. Sin embargo, esas experiencias personales han alimentado su deseo de que ningún paciente bajo su cargo en el Hospital Civil sufra por negligencia o falta de calidez.
Entre el nacimiento y la despedida
El Hospital Civil es un microcosmos donde el inicio y el fin de la existencia se cruzan en un mismo pasillo. María Sofía ha trabajado en áreas de alta complejidad, desde trasplantes hepáticos y cirugías de corazón hasta el programa internacional de coloproctología. Pero es en el área de obstetricia y neonatología donde su corazón de madre late con más fuerza.
“Yo, como mamá, sé lo que se siente recibir un bebé que lo ves chiquito, que lo ves bien, pero también a veces nacen bebés con complicaciones y se sufre casi igual que en un parto”.
“Un bebé que nace sin ninguna complicación es mucha felicidad, pero cuando sabes que viene un paciente complicado, por ejemplo, un prematuro, que sabes que va a tener alguna complicación, pues duele. En lo personal, a mí me duele mucho no solamente ver que ese bebé se va a someter a una incubadora o a un tubo, sino también ver a los papás varios días ahí en terapia, esperando a que el paciente agarre peso, se recupere y se vaya a su casa”, dice con la voz entrecortada.
En el otro extremo está la muerte. Sofía ha perfeccionado el arte de la despedida. Ha sostenido las manos de pacientes terminales de cáncer que le piden, como último deseo, que ella esté presente en su partida.
“Me tocó despedir a muchos. Esa parte es muy sensible, es algo que me pega cuando ves que se va y no puedes hacer nada, pero tienes que tener toda la fortaleza y las palabras necesarias, no solo para el paciente, sino también para su familia, porque en ese momento la familia se devasta”.
“Hay pacientes con cáncer en etapa terminal que te dicen: ‘Sé que me voy a ir, pero me gustaría despedirme de ti’. Y eso duele, aunque no sean mis familiares, porque te preguntas qué puedes decirles”.
“Algunos pacientes lloran y les digo: ‘Llora, cuando termines, platicamos’, porque esa parte de poner una mano en el hombro es bien importante. Se sienten fortalecidos. En estos años me han tocado muchas situaciones, muchos casos”, relata.
Esa fortaleza para convertirse en el ancla de una familia devastada es lo que diferencia a una enfermera de trámite de una enfermera de alma.
Todos iguales ante la enfermedad
Uno de los pilares más admirables de la trayectoria de María Sofía es su negativa a juzgar. En un hospital público de la magnitud del Civil Viejo, las historias de vida son diversas y, a veces, oscuras. Ha atendido a internos trasladados desde el centro penitenciario de Puente Grande y a personas en situación de calle que llegan con nada más que su enfermedad a cuestas.
“Son humanos, igual que nosotros. Cometieron quién sabe qué, pero aquí, como pacientes, todos son iguales”, sentencia.
Para ella, un indigente merece el mismo rigor en los protocolos y la misma calidad en el trato humano que cualquier otro ciudadano. Esta visión es la que intenta imprimir en su función actual, supervisando que los procesos se optimicen para que la sobredemanda de atención no se traduzca en una pérdida de humanidad.
El retiro como acto de dignidad
Tras 32 años, la jubilación no es una palabra prohibida, sino una etapa que comienza a vislumbrarse en el horizonte. Sofía es consciente de que el cuerpo tiene sus propios límites.
“Cuando el cuerpo informa, no enferma. Cuando me diga ‘hasta aquí’, me retiraré dignamente”.
Su deseo es simple pero profundo: irse por su propio pie, con la mente clara y la satisfacción del deber cumplido. Mientras ese día llega, María Sofía sigue ahí. No lleva alas, pero para muchos de los que han pasado por esas camas, su presencia ha sido lo más cercano a un ángel. Ella continúa recorriendo las salas y, sobre todo, ofreciendo ese hombro firme donde el dolor se vuelve un poco más ligero.
JVO