Perder de forma repentina la fuerza en un brazo, una pierna o en un lado del cuerpo; sentir que la boca se va de lado o que el rostro pierde simetría; dejar de hablar con claridad o no comprender lo que otros dicen pueden ser las primeras manifestaciones de un evento vascular cerebral (EVC).
Se trata de una emergencia médica en la que el cerebro deja de recibir el flujo de sangre y oxígeno que necesita para funcionar. Cada minuto sin tratamiento destruye millones de neuronas, reduce las posibilidades de recuperación y aumenta el riesgo de una discapacidad permanente o incluso de morir.
Riesgo de eventos vascular
Aunque algunos de estos síntomas desaparezcan en cuestión de minutos, nunca deben minimizarse. El cerebro suele advertir que algo no está bien antes de que ocurra un infarto cerebral incapacitante y esa puede ser la última oportunidad para recibir tratamiento oportuno.
“Las señales de alerta incluyen la debilidad o parálisis de la cara. A la gente se le va la boca de lado. Puede tener sensación de que está perdiendo fuerza en el brazo, en la pierna o completamente en la mitad del cuerpo, y frecuentemente tiene dificultad o incapacidad para hablar o entender”, explicó Daniel Salvador Ruiz González, neurocirujano con subespecialidad en radioscirugía del Instituto Mexicano del Seguro Social y del Hospital Médica Sur, en Ciudad de México.
“La enfermedad te avisa, te avisa que te va a dar la enfermedad grave”, detalló el especialista tras explicar que, por lo regular, las personas dejan pasar esa primera advertencia porque los síntomas desaparecen en pocos minutos y creen que el problema se resolvió por sí solo.
Sin embargo, esos episodios pueden corresponder a un ataque isquémico transitorio, una alteración pasajera de la circulación cerebral que anuncia un alto riesgo de sufrir un evento vascular cerebral en las horas o días siguientes.
“Inicialmente un paciente puede tener un evento transitorio, tiene alteraciones del lenguaje, se recupera y no le da la mayor importancia; o tiene alteraciones en el movimiento y nuevamente se recupera sin darle la importancia requerida”, explicó en entrevista con MILENIO.
Reconocer esas manifestaciones y acudir de inmediato a un hospital puede marcar la diferencia entre recuperar la vida normal o enfrentar secuelas permanentes.
El tiempo no solo determina el tratamiento; también define cuánto cerebro puede salvarse.
El cerebro también sufre infartos
Aunque la mayoría de las personas asocia la palabra infarto con el corazón, el cerebro también puede sufrir uno cuando una arteria deja de suministrar sangre y oxígeno al tejido cerebral.
“La causa de un evento cerebrovascular básicamente es la falta de circulación en una parte del tejido cerebral que deja de funcionar y finalmente se muere, o conocido esto como un infarto cerebral”, explicó Ruiz González.
El cerebro prácticamente no dispone de reservas de oxígeno. Cuando una arteria se obstruye, las neuronas comienzan a morir en cuestión de minutos y las funciones que dependen de esa región, como el movimiento, el lenguaje, la visión, la memoria o la capacidad para comprender, empiezan a deteriorarse.
El neurocirujano explicó que existen dos grandes tipos de evento vascular cerebral. El más frecuente es el isquémico, ocasionado por la obstrucción de una arteria. Representa entre 67.3 y 80.5 por ciento de los casos.
El segundo corresponde al hemorrágico, provocado por la ruptura de un vaso sanguíneo dentro del cerebro, una forma menos frecuente, pero generalmente más grave.
“El segundo tipo de enfermedad vascular cerebral, menos frecuente pero más catastrófica, es la hemorragia dentro del cerebro”.
Aunque ambos constituyen una emergencia médica, el tratamiento es completamente distinto.
Por ello, desde el ingreso al hospital es indispensable realizar estudios de imagen para identificar con precisión el tipo de lesión y decidir el manejo más adecuado.
Los primeros minutos deciden el futuro
Dentro de la neurología existe una frase que resume la urgencia de actuar: el tiempo es cerebro.
“Entre más pronto reciba yo esa atención médica, menos va a ser el número de neuronas que llegan a morir por la falta de circulación del cerebro”, comentó.
Cada minuto sin tratamiento implica la pérdida de aproximadamente dos millones de neuronas, lo que explica por qué el EVC continúa siendo la segunda causa de muerte en el mundo y la principal causa de discapacidad.
Además, alrededor del 90 por ciento de los fallecimientos ocurre en países de ingresos bajos y medios, donde el acceso oportuno a la atención especializada sigue siendo limitado.
El especialista señaló que existe una ventana terapéutica durante la cual algunos pacientes pueden recibir tratamientos destinados a restablecer la circulación cerebral.
“Idealmente de seis a ocho horas, entre que se desarrolla el evento, empiezan los síntomas hasta que recibe tratamiento médico”, dijo.
Durante ese periodo es posible administrar medicamentos trombolíticos o realizar una trombectomía para retirar el coágulo que obstruye la arteria, siempre que el paciente cumpla con los criterios clínicos correspondientes.
Sin embargo, Ruiz González enfatizó que llegar después de ese periodo no significa que el paciente ya no deba recibir atención.
“Aunque una persona tenga un evento cerebrovascular y salga del tiempo idóneo para recibir atención médica, debe recibir atención para evitar que esto repita o termine afectando más allá de lo que ya inicialmente se afectó”.
¿Cómo se hace el diagnóstico?
Contrario a lo que muchas personas imaginan, identificar un evento vascular cerebral no siempre requiere la valoración inicial de un neurólogo o un neurocirujano.
El primer contacto puede realizarlo un médico de atención primaria, siempre que reconozca los síntomas y active de inmediato el protocolo de atención.
“Hacer el diagnóstico de esta enfermedad no es una cosa difícil y puede hacerlo un médico de primer nivel”, explicó Ruiz González.
La evaluación comienza con un interrogatorio dirigido sobre la hora en que iniciaron los síntomas, una exploración neurológica y la identificación de factores de riesgo como hipertensión, diabetes, tabaquismo o enfermedades del corazón.
Posteriormente, la tomografía simple de cráneo se convierte en el estudio indispensable para distinguir si se trata de un evento isquémico, provocado por la obstrucción de una arteria, o de uno hemorrágico, ocasionado por la ruptura de un vaso sanguíneo. Esa diferencia determina por completo el tratamiento.
Los errores que más vidas cuestan
En la práctica clínica, uno de los principales enemigos del paciente no es únicamente la enfermedad, sino el tiempo que se pierde antes de llegar al hospital.
Muchas personas esperan a que los síntomas desaparezcan, otras buscan información en internet, llaman a un familiar, consultan las redes sociales o recurren a remedios caseros, decisiones que retrasan el tratamiento cuando el cerebro continúa perdiendo tejido.
“El paciente escucha lo que su cerebro le dice: ‘esto se me va a quitar solo’, o lo que habitualmente ocurre es que se busque información en las redes sociales o terminamos preguntándole a un conocido”.
El especialista insistió en que ninguna de esas acciones sustituye una valoración médica urgente.
“No preguntarle al internet. No es malo el internet, pero no tiene el juicio clínico que los médicos sí tenemos. Tampoco utilizar remedios… estamos perdiendo más tiempo”, aseveró.
Subrayó que incluso si los síntomas desaparecen antes de llegar al hospital, la persona debe acudir de inmediato a valoración, porque el riesgo de presentar un infarto cerebral incapacitante continúa siendo elevado.
México enfrenta el reto de llegar a tiempo
Ruiz González reconoció que el país todavía no dispone de suficientes hospitales con capacidad para atender oportunamente a todos los pacientes que desarrollan esta enfermedad, especialmente aquellos que requieren tratamientos altamente especializados.
“No hay hospitales suficientes para atender a todos los pacientes que pueden acudir”.
Ante ese panorama, consideró que la mejor estrategia continúa siendo evitar que la enfermedad aparezca o reconocerla desde sus primeras manifestaciones.
“Lo que sí tengo es hacer medicina preventiva. Control de factores de riesgo, hacer educación para la salud, avisarle, alertar a la gente qué es lo que puede pasar”.
A su juicio, informar a la población sobre las señales de alarma puede reducir de manera importante el número de personas que llegan fuera de la ventana terapéutica.
Una enfermedad que sigue cobrando vidas
El evento vascular cerebral mantiene un enorme impacto sanitario tanto por las muertes que ocasiona como por la discapacidad que deja en quienes sobreviven.
Ruiz González recordó que una revisión encabezada por Fernando Barinagarrementería documentó que el EVC constituye la segunda causa de muerte a nivel mundial y que cerca del 90 por ciento de los fallecimientos ocurre en países de ingresos bajos y medios, donde persisten importantes limitaciones para acceder de forma oportuna a servicios especializados.
En México también representa una de las principales causas de discapacidad permanente.
Aunque reconoció que los registros nacionales requieren actualización, recordó que estudios epidemiológicos reportaron tasas de mortalidad de 24.3 por cada 100 mil hombres y 27.2 por cada 100 mil mujeres, cifras que reflejan la magnitud del problema en el país.
La mortalidad aumenta conforme avanza la edad. Entre los hombres, las mayores defunciones se concentran entre los 45 y 74 años, mientras que en las mujeres predominan después de los 75 años.
“Las estadísticas son muy frías… aunque esos números parezcan muy amplios, si a mí me toca, representa para mí el cien por ciento de la enfermedad”, expresó.
Factores de riesgo que se pueden modificar
La mayoría de los eventos vasculares cerebrales no aparece de forma espontánea. Detrás suele existir una combinación de enfermedades crónicas y hábitos poco saludables que, con el paso de los años, deterioran los vasos sanguíneos del cerebro.
La hipertensión arterial continúa siendo el principal factor de riesgo, seguida por la diabetes mellitus, la obesidad, la ateroesclerosis, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, el sedentarismo y las enfermedades cardiacas, particularmente las arritmias.
Los datos muestran la fuerza con la que estos padecimientos favorecen el desarrollo del EVC. La hipertensión está presente en alrededor del 54 por ciento de los pacientes con infarto cerebral y hasta en el 72 por ciento de quienes presentan una hemorragia cerebral.
La diabetes puede multiplicar entre dos y cuatro veces el riesgo de un evento isquémico y entre cuatro y doce veces el de un evento hemorrágico, mientras que la obesidad incrementa significativamente la probabilidad de desarrollar la enfermedad.
“Cada uno de estos factores, aislados o en su conjunto, potencian o favorecen que esta enfermedad se presente”, explicó.
Las secuelas no terminan en el hospital
El pronóstico de un paciente depende, en gran medida, del tiempo que transcurre entre el inicio de los síntomas y la atención médica.
Cuando el tratamiento se administra de forma temprana, las probabilidades de recuperación aumentan considerablemente.
“La recuperación puede ser óptima en el 75 por ciento de los pacientes cuando reciben la atención”.
En cambio, quienes llegan varios días después tienen muchas menos posibilidades de recuperar las funciones neurológicas perdidas.
Pero el impacto del EVC no termina con el alta hospitalaria. “Deja secuelas muy importantes en el paciente y también en la familia, porque no es una enfermedad de una sola persona, sino es una enfermedad de la familia y el paciente”.
La pérdida de movilidad, las alteraciones del lenguaje, la dependencia para realizar actividades básicas y la imposibilidad de regresar al trabajo modifican por completo la vida de quienes sobreviven y también la de sus familias, que con frecuencia deben convertirse en cuidadores permanentes.
Escuchar al cuerpo puede salvar la vida
Para Ruiz González, disminuir el impacto del evento vascular cerebral no depende únicamente de contar con más hospitales especializados. También requiere que la población aprenda a reconocer las primeras manifestaciones de la enfermedad y actúe sin demora.
“Me sé enfermo, no tengo que dar por hecho los opuestos… Nuestro cerebro siempre nos va a decir: ‘esto no es tan grave’, pero eso no es una realidad”, aseveró.
Su llamado es claro: mantener bajo control la presión arterial, la diabetes y el colesterol; abandonar el tabaquismo; reducir el consumo de alcohol; realizar actividad física y acudir inmediatamente a un hospital ante cualquier pérdida súbita de fuerza, desviación de la boca, dificultad para hablar o para comprender.
Porque cuando aparece un evento vascular cerebral, el tiempo no solo determina el tratamiento. También decide cuánto cerebro puede salvarse y qué calidad de vida tendrá el paciente después.
“La enfermedad te avisa, te avisa que te va a dar la enfermedad grave”. Escuchar esa advertencia puede significar la diferencia entre volver a casa caminando o vivir con una discapacidad permanente. En un evento vascular cerebral, cada minuto cuenta porque el tiempo, literalmente, es cerebro.
LJ