DOMINGA.– En los días en los que mundo entero tiene el Jesús en la boca, observando las delicadas negociaciones de paz de una guerra contra Irán generada por Estados Unidos e Israel, y de la cual ya no es fácil salir, Donald Trump encontró el tiempo para mantener prendida la llama de la polémica con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum: “México perdió el control de su país [...]. Y es triste. La presidenta es una muy buena mujer, pero es una mujer muy asustada. Los cárteles de la droga gobiernan México. Ni de lejos hay otra opción”, dijo.
Estas fueron las palabras del presidente de Estados Unidos que resonaron en el escenario de Évian-les-Bains, localidad francesa de montaña de la Alta Saboya, famosa por su lago Lemán y por el agua de la burguesía mundial, en el marco del G7, el foro de las mayores potencias industriales que se llevó a cabo del 15 al 17 de junio.
En un perfecto nado sincronizado presidencial, desde los estudios de Univisión, su vice, JD Vance, le contestaba a la periodista Ilia Calderón, que le había preguntado sobre la posibilidad de intervención militar: “Queremos trabajar con el gobierno mexicano, pero realmente necesitamos acabar con estos cárteles. Son organizaciones muy peligrosas. Son como una organización terrorista masiva [...]. Queremos ayudar al gobierno y al pueblo mexicanos a debilitar a estos cárteles.”
La periodista insiste en preguntar si esto significa que Estados Unidos tiene la intención de intervenir militarmente en México. “Bueno –contesta Vance– tomaríamos medidas militares si lo consideramos necesario para proteger a nuestra gente. No queremos hacerlo a menos que trabajemos con el gobierno mexicano. Pero debemos reservarnos el derecho.”
Reservarse el derecho. El derecho a intervenir militarmente en México. La manera en la que los líderes estadounidenses hablan de los cárteles ya es la misma que la que habla de los grupos terroristas y a los cuales bombardea, como Hamas, Hezbolá o, en América Latina, el Cártel de los Soles de Venezuela, que después de la agresión militar –que llevó al secuestro del presidente Nicolás Maduro– resultó no existir por admisión de la misma Casa Blanca.
En este sentido, las víctimas de la “guerra contra el narco” se parecen muchísimo a las víctimas de la “guerra contra el terrorismo”, principal argumento de Estados Unidos y sus aliados para generar conflicto en diversas zonas estratégicas a partir del atentado del 11 de septiembre de 2001. Y justo hace unas semanas dialogaba de estos temas con el periodista Oswaldo Zavala porque su trabajo explica precisamente la relación que existe entre la construcción del discurso del “narco” y la de las políticas de intervención militar de Estados Unidos.
—Lo que hay que hacer es interrumpir esa discusión, dejar de hablar de cárteles, desautorizar la idea de que el narcotráfico es una amenaza a la seguridad nacional o a la seguridad de cualquier país. Y pensar cómo es, por diseño, una política pública que proyecta un violento militarismo en países de América Latina conducido por Estados Unidos que genera un lucro tremendo, eso sí es medible: los contratos multimillonarios de seguridad que genera la guerra son verdaderas fortunas.
La narrativa política del tremendo poder del narco
Oswaldo Zavala es un académico mexicano clase 1975, de Ciudad Juárez, que trabajó como reportero en el Diario de Juárez antes de emigrar a Nueva York, donde hoy es profesor de literatura y cultura en la City University of New York. En 2018 irrumpió en el debate público mexicano con su libro Los cárteles no existen, en el que argumentaba una crítica a las producciones culturales sobre la narrativa del narco.
A ese trabajo siguió, en 2022, La guerra en las palabras (Debate) en el cual reconstruye la historia intelectual del narco en México. Pero en febrero de 2026 salió una edición renovada y repensada de su Los cárteles no existen con Penguin Random House y en una ocasión de presentarlo tuve una larga plática con él, para entender qué ha cambiado en estos años y cómo tenemos que leer la narrativa del narco en épocas de “narcoterrorismo”.
El 22 de febrero de 2026, después de meses en que la Casa Blanca hizo presión a México sobre la poca eficacia de sus estrategias en contra de los grupos “narcoterroristas”, en un operativo militar y policiaco llevado a cabo en la localidad de Tapalpa, Jalisco, fue abatido Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, considerado el líder del grupo denominado Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). En el operativo para capturarlo murieron 57 personas, de las cuales 27 eran agentes de las fuerzas de seguridad mexicanas y 30 eran civiles, contabilizados por los medios y las autoridades como pertenecientes al CJNG. Le pregunto a Oswaldo Zavala cómo lee la construcción narrativa de la caída del Mencho.
—El abatimiento del Mencho parecería una respuesta de urgencia del gobierno de Sheinbaum para paliar la presión y la bravuconería de Trump pero es la manera en que la inteligencia estadounidense detona matanzas: ubica a un traficante y las fuerzas armadas del país donde está el traficante salen a matar. En México no existe la pena de muerte. Tampoco en Estados Unidos ser traficante amerita la pena de muerte. Y sin embargo, es la expectativa que se genera. Estados Unidos se arroga el derecho de matarte si sospecha que eres traficante.
—Después del operativo contra el Mencho —le digo a Oswaldo—vemos cómo el narco flexiona su músculo y se muestra a través de violencias difusas que se dan en más de 250 incidentes en Jalisco, Michoacán, Guanajuato. Eso se narra como el poder del cártel.
—Esa narrativa está ya tan instalada en el sistema de la gente que si se cae un árbol, es el narco; si un mesero tira un plato, es el narco. Y si alguien incendia un Oxxo, ese es el poder del cártel. No deja de sorprenderme cómo la presencia de un encapuchado con un rifle equivale a captura de un territorio y como un performance y la teatralidad de la violencia equivale a poder.
—¿Qué es lo que vimos? Sin una interpretación guiada, lo que vimos fueron calles bloqueadas, coches quemados en medio de la carretera, gente que iba a asaltar gasolineras. No vimos palacios municipales tomados con las armas, ni ningún otro símbolo de las instituciones puesto en jaque. La captura del Estado es otra cosa.
—El momento en que los zapatistas marcharon por San Cristóbal de las Casas el 1 de enero de 1994, tenía mucha mayor validez como una insurgencia que captura un territorio que cualquiera de estos disturbios momentáneos que duraron literalmente treinta minutos en algunos casos y que al cabo de unas horas el tráfico y la ciudadanía estaba circulando por esas mismas zonas.
“La paranoia que suscita todo esto es el único hilo conductor. Veo disturbios y los asocio con el poder espectral, ahora sí espectral según el gobierno federal porque está muerto El Mencho. Y esa espectralidad, la única consistencia que tiene es decirle a la sociedad que el narcotráfico captura territorios, que el CJNG es una organización suprema de criminalidad y que necesitamos combatirla con más ejército. Todo esto es contradictorio en todo tipo de nivel, empezando por el hecho de que ¡el jefe de la organización ha sido muerto! No se entiende cómo aceptamos que el poder del cártel es tal cuando su principal líder ya fue abatido.
Los ‘cuadernitos’ de sobornos del CJNG… ¿Organización precarizada?
Le digo al periodista Oswaldo Zavala, autor de Los cárteles no existen, que son narraciones contradictorias que dicen a la vez una cosa y su contrario. Están diciendo: esta gente, el narco o el CJNG, es omnipotente mientras el Ejército mexicano los descabeza por completo. ¿Cómo pueden ambas cosas suceder a la vez?
—Eso es muy importante. El discurso de la guerra contra el narco está lleno de contradicciones y refutaciones autoinfligidas en las que el discurso está diciendo dos cosas opuestas. Es el doublethink de George Orwell en 1984: dices una cosa y su contrario al mismo tiempo y ambas están validadas.
Pienso en los lemas del Partido, en la novela de Orwell, que en ese entonces parecían invenciones algo caricaturescas y hoy suenan plausibles: “la guerra es la paz”; “la libertad es la esclavitud”; y por supuesto la famosa ecuación 2+2=5. En el libro el Ministerio de la Paz se encargaba de dirigir la guerra, el Ministerio de la Verdad falsificaba la historia y el Ministerio del Amor era el que suministraba tortura y terror.
—En el caso del operativo con El Mencho –dice Zavala– lo que vemos es un grupo de traficantes que fue tiroteado por el Ejército. Según la narrativa oficial, El Mencho estaba buscando un encuentro amoroso con una joven, y así fue cómo lo localizaron. Pero también se nos reveló que no sólo cayeron en el lugar donde fueron tiroteados, sino que encontraron entre los haberes del traficante estos cuadernitos donde anotaron su sistema de extorsión o sobornos. Lo que ves son las anotaciones de un grupo bastante básico, bastante precarizado incluso, que ni siquiera tiene la idea de registrar todo esto en una computadora y salvarlo en una nube sino más bien en cuadernitos donde, en este control financiero, las transacciones son muy modestas.
—Como si fuera una tienda de abarrotes...
—Lo que tienes es un soborno de 500 pesos por aquí, 2 mil pesos por allá, cantidades tan irrisorias que solamente un policía municipal de un pequeño poblado aceptaría como soborno. El grupo alrededor del Mencho tiene sí gente que está obrando en el borde de la ley, repartiendo ciertos sobornos, pero uno podría leerlos como el intento de asegurar la posibilidad de existir dentro de un mundo de diferentes fuerzas, incluyendo las de la policía municipal, la policía estatal y ni qué decir del ejército. Parecería que estos grupos tienen que hacer una pequeña derrama de sobornos para seguir operando. Y de todos modos los van a matar. Esa es la mayor contradicción: tienes una organización precarizada que lleva sus apuntes en cuadernitos, y que de todas formas es ejecutada por las fuerzas estatales cuando políticamente la presión se vuelve ya impostergable.
Se vuelve impostergable, le digo a Oswaldo Zavala, porque las exigencias que vienen de Estados Unidos no son cuestionables. Toda la región, es decir todo el continente americano, son ya un espacio estratégico que tiene que regresar bajo el control total de la potencia hegemónica. Así se considera desde hace tiempo y todas las políticas de intervención, tanto militar como política, obedecen a la misma lógica. América, con sus recursos naturales, energéticos, mineros, laborales, geoestratégicos, en el tablero mundial es territorio de los Estados Unidos, y cada vez más la política agresiva de Trump evidencia este objetivo geopolítico.
—Lo que importa entender es que la violencia estatal, que se traduce y que se narra como “guerra contra el narco”, está siempre reaccionando a presiones geopolíticas que nada tienen que ver con el narcotráfico. Y sí todo con presiones diplomáticas binacionales, con la militarización del país, con las exigencias del poder colonial imperial sobre México, o Colombia, y que han sido dramatizadas del mismo modo en algunas series de televisión.
El primer episodio de la serie Narcos, retoma Zavala, tiene este momento casi de inconsciente político en el que se cuenta cómo un dron estadounidense que ilegalmente está volando sobre Bogotá, localiza a un traficante de quinta fila en una conversación telefónica en la que dice que esa noche irá a ver a una chica a un bar. Ni siquiera va a hacer una transacción de droga o a cometer algún crimen, va a emborracharse a un “barsucho”. Estos le pasan los datos primero a la DEA –la agencia estadounidense antidrogas–, que tiene su estación en Bogotá, y luego ésta pasa el dato al grupo de élite entrenado por Estados Unidos para matar traficantes.
—La cadena de información “compartida” más bien opera como una cadena de presión, en la que las fuerzas que ha habilitado y entrenado Estados Unidos para matar, en efecto, salen a matar. Llegan al bar en cuestión y hacen una masacre en la que, por cierto, mueren civiles. Van y matan.
A Zavala le sorprende cómo parte de lo que realmente hace la guerra contra el narco está expuesta, abiertamente disponible al ojo público, y no podemos verlo porque seguimos en la bruma de la narrativa épica de las fuerzas del orden que van tras el gran criminal. Le pregunto al periodista Oswaldo Zavala por qué funciona, por qué la gente acepta una visión que es antilógica.
—Lo que hace la guerra contra el narco no es sólo crear ese enemigo al que hay que combatir de un modo militar, con apoyo transnacional, sino también desautoriza al estado del país en cuestión, para que las decisiones las tome Estados Unidos. La narrativa de la corrupción asume dos cosas: que el estado mexicano no puede operar por sí solo, y que el estado que denuncia, en este caso Estados Unidos, no sólo está libre de esa corrupción, sino que tiene la receta de solución. Son ellos los que nos van a dar la medicina para salir de este atolladero. Y la medicina que siempre prescriben es más militarización.
“Nadie dice que Estados Unidos está capturado por el cártel de Nueva York”
Toda esa corrupción existe pero, sostiene Zavala, eso no significa que el narco ha capturado al Estado. El 80% de la cocaína que se genera en América Latina se consume en Estados Unidos, pero a nadie se le ocurre decir que ese Estado está capturado por un supuesto “cártel de Nueva York”. Las organizaciones delictivas reparten sobornos en las policías para existir. Pero el dinero que generan no es tanto.
Los traficantes de drogas no acceden a un poder político con un tamaño de ventas que pueda competir con los negocios de la economía legal en otras zonas, como lo son, por ejemplo, la inteligencia artificial, la explotación de gas natural, las redes de petróleo, las refinerías. El discurso del narco ha sido utilizado tanto por gobiernos de derecha como por gobiernos progresistas. Es una narración transversal.
—La derecha la usa en contra de la izquierda y la izquierda la usa en contra de la derecha. Lo que a mí me asombra es cómo la izquierda es capaz de utilizar estas narrativas en contra de la derecha sin medir las consecuencias que esto tiene. Si tú te pones a hablar de narcogobiernos en México sólo para golpetear a la derecha, tarde o temprano la derecha te va a golpear con el mismo discurso. Y es lo que está ocurriendo. Se habla del narcogobierno, narcopresidenta, porque esa discusión ya también está validada por nuestra propia clase política.
Para salir de este círculo vicioso, la única manera es “de-securitizar” el lenguaje de un modo claro y generalizado. No se puede aceptar las narrativas de la seguridad nacional que impone Estados Unidos en ningún nivel, incluso en contra de Estados Unidos. Zavala recuerda cómo en los años setenta, cuando empezó la DEA a operar en Estados Unidos, formalmente para acabar con la producción y el tráfico de cocaína, lo primero que hizo fue descargarse en contra de las minorías, de la población vulnerable y la disidencia política. La primera interesada en hablar de los cárteles es la DEA porque eso justifica su presupuesto, su injerencia doméstica y externa y va en sintonía con la securitización del espacio estadounidense.
—Lo que hay que hacer es interrumpir esa discusión, dejar de hablar de cárteles, desautorizar la idea de que el narcotráfico es una amenaza a la seguridad nacional o a la seguridad de cualquier país y pensar cómo la guerra contra el narco es, por diseño, una política pública que proyecta un violento militarismo en países de América Latina conducido por Estados Unidos que genera un lucro tremendo, eso sí medible: los contratos multimillonarios de seguridad que genera la guerra son verdaderas fortunas. Durante el gobierno de Joe Biden fueron 22 mil millones de dólares en contratos de seguridad solamente en la frontera de México con Estados Unidos. Dinero que ningún traficante siquiera sueña con tener.
Cualquier fortuna de narcotraficantes palidece frente a las ganancias que genera esta guerra como transacción, gasto público o transferencia de dinero público a manos privadas en contratos para comprar drones, spyware, infraestructura de vigilancia y la derrama que genera incrementar el presupuesto en defensa y en ejército.
—Lo que entiendo es que resulta redituable, para el poder hegemónico, mantener a la sociedad dentro de una cultura de la violencia para que se den las condiciones de responder con toda esa infraestructura represiva.
—Exacto. La acción de las fuerzas de seguridad y en guerra global contra el narco poco o nada tienen que ver con el narcotráfico, y sí con el desplazamiento forzado, con el acceso a territorios ricos en recursos, con el control social, con limpieza incluso social, en algunos casos terribles. Parte de la militarización se utiliza en contra de sectores indeseables, incluso para las élites gobernantes.
En Los cárteles no existen Oswaldo Zavala habla de cómo todo esto se conecta con el genocidio en Gaza. Escribe que “entre la violencia experimentada en Ciudad Juárez y Gaza se expresa un nuevo orden global basado en la exhibición de la impunidad y de la ley como exterminio que disuelve el Estado de derecho y que legitima el poder de muerte”. Es lo que es evidente en los discursos de Benjamin Netanyahu o de su ministro de seguridad nacional, Itamar Ben-Gvir, ambos buscados por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad.
—La guerra contra el narco, como la guerra contra el terrorismo, son diseños de la misma agenda de seguridad nacional estadounidense que, desde finales de los años ochenta, se han ido expresando de un modo más violento en diferentes zonas del mundo. Lo que vincula a la guerra contra el terrorismo y la guerra contra el narco no es que vienen de las mismas instituciones, sino que las ampara una misma lógica: la idea de la seguridad. Pero cuando Estados Unidos y el norte global hablan de seguridad, lo que están proyectando son sus ofensivas, sus ataques en diferentes territorios, enmascarando con el lenguaje el modo de operar de los poderes coloniales.
“Estados Unidos habla de los traficantes, de los cárteles, incluso ya en términos de operativos del mismo modo en que habla de Hamas y Hezbolá. Lo único que los diferencia, según el discurso oficial, es que los traficantes no tienen una ideología política como sí la tiene Hamas. Al despolitizar el discurso, los traficantes pueden aparecer repentinamente en cualquier parte de México o de América Latina, porque lo que los moviliza no es intervenir políticamente en un país, sino expandir su poder económico y territorial. Quieren la captura del Estado porque eso les permite construir un imperio de ganancias. Lo tremendo es que cuando uno observa los efectos de ambas “guerras”, vemos las mismas empresas que ofrecen los mismos servicios de seguridad y tecnologías de vigilancia y asesinato masivo”.
Las víctimas de la guerra contra el narco se parecen a las de la guerra contra el terrorismo
Una de las empresas más perniciosas en esta discusión es Elbit Systems, empresa israelí que manufactura los drones Hermes, que primero volaron en la frontera de México con Estados Unidos en junio de 2004. Fue puesto en circulación en Gaza. El software Pegasus es producto de NSO Group, otra empresa israelí, y ambas entran en lo que en inglés se llama profiteering de la guerra, el lucro industrial para dar las herramientas al asesinato colectivo de gente.
—Esas empresas son las mismas que lucran en la frontera. Y la misma tecnología, por cierto, es comprada también por el gobierno mexicano.
—¿Cuál es el efecto de todo esto?
—El asesinato colectivo de gente joven, pobre, racializada, gente que no se puede defender, que no tiene la capacidad de responder a ese fuego. Las víctimas de la supuesta guerra contra el narco se parecen muchísimo a las víctimas de la guerra contra el terrorismo. Lo que vincula realmente a estos operativos es la capacidad, la impunidad que despliega el poder colonial y que sólo tiene que llamar a su asesinato colectivo, a su genocidio, “guerra” para que se acepte a un modo público este operativo. Que sigamos llamando “guerra contra el narco” a operativos militares en contra principalmente de jóvenes pobres que nacen y mueren pobres, ejecutados por una infraestructura militar, me parece extraordinariamente atroz.
“Esto no es una guerra, esto es una política de exterminio. En México ha habido más de 460 mil homicidios desde el gobierno de Felipe Calderón y desproporcionadamente han sido víctimas pobres, jóvenes, hombres, los que han perecido en esta militarización. Es como si dijéramos que entre Israel y Gaza sigue librándose una guerra. Lo que estamos viendo es una política de exterminio”.
—De la misma forma en que se le llamó “guerra sucia” a la represión armada en contra de movimientos estudiantiles, sociales, campesinos.
—Los años de la llamada “guerra sucia”, que más bien fue un sistemático despliegue de fuerzas policiales y militares en contra de movimientos disidentes políticos, fue también instigado por Estados Unidos. Con esto no quiero exculpar de ninguna manera a las fuerzas mexicanas. Pero el diseño de la guerra contra el narco, de la guerra contra la insurrección o el comunismo o la izquierda extrema armada, contra los movimientos sociales en México en los años sesenta y setenta, son producto de una genealogía de intervenciones violentas militaristas de Estados Unidos en México, donde las fuerzas mexicanas hacen lo suyo y capitalizan con la misma violencia y posicionan a sus fuerzas armadas en el centro de operaciones políticas del país.
La narconarrativa colonial del norte global en Emilia Pérez
—Sentiste la necesidad de escribir un agregado a la nueva edición de Los cárteles no existen para pensar críticamente la película Emilia Pérez, que lees como un ejemplo de la forma en la que opera la narconarrativa a un nivel más global en los campos de producción cultural. ¿Nos puedes explicar por qué?
—Lo de Emilia Pérez me pareció una afrenta personal. Tú sabes. Yo no tenía prejuicios, al contrario, hubiera querido que me gustara. —lo dice con fuerza recordando lo mucho que le gusta ir a ver musicales de Broadway—. Lo que comunica la película es que la experiencia de violencia en México la están perpetrando hombres morenos que vienen de las zonas rurales del país. El personaje se llama Manitas del Monte y sólo eliminando a estos hombres vamos a encontrar algún tipo de paz en el país: eliminando físicamente a los hombres que producen la violencia que son los traficantes, sólo exterminándolos, vamos a salir del ‘impasse’ de violencia que vive México. Eso repite una de los axiomas coloniales más recurrentes a lo largo del siglo XIX, que es: que hay que ir a matar a los brutos, lo que está en completa sintonía con la idea colonial del norte global en el sur global y no sorprende que la película haya sido concebida por un director francés.
“Yo no digo con esto que Jacques Audiard quiera revivir la colonialidad en América Latina, sino que su película expresa ese orden porque está imbuido de él, y porque reproduce además todos los clichés sobre la guerra contra el narco que se notan en el discurso no sólo en México, sino en todo el planeta: que la violencia del narcotraficante latinoamericano es tan insólita, tan devastadora, que la única solución es ir a matarlos a todos. Me produce horror pensar que esta película haya sido celebrada como algo positivo en las discusiones sobre narcotráfico.
Mientras se concluye este texto se multiplican las reacciones a las palabras de Donald Trump y JD Vance, una parte de la opinión pública defiende la soberanía nacional y otra pide a gritos la intervención militar de Estados Unidos para erradicar el “cáncer del narco”. A la luz de los argumentos de Oswaldo Zavala, sin embargo, el debate toma una dimensión diferente y más siniestra que invita a ampliar la mirada.
GSC/ATJ