Policía
  • Hawala, el antiquísimo sistema financiero que cooptó el Cártel de Sinaloa

  • El narco ha demostrado su capacidad de adaptarse a los cambios tecnológicos. Usa comunicaciones cifradas, criptomonedas, drones explosivos, IA, y ahora una red de transacciones que no deja huella.
Mientras el mundo persigue criptomonedas, el Cártel de Sinaloa mueve millones con un sistema nacido hace más de mil años | Especial

DOMINGA.– Cuando el protagonista de esta historia supo que Ontario, la segunda ciudad más importante de Canadá, se había convertido en una ratonera de la cual debía escapar, ya era muy tarde. Gurkaran Singh Isshpunani intuía que llevaba tiempo bajo la mira de la agencia antidrogas de Estados Unidos, la DEA, pero no sabía que llevaban dos años de rigurosa investigación y que conocían lo que haría en el verano de 2014, cuando lo conectaron con el Cártel de Sinaloa.

El 12 de septiembre, Isshpunani huiría a pie de su país natal. Su plan era llegar al condado de Niágara, rodear las bellas cataratas y cruzar hacia Buffalo, Nueva York, donde la densidad de la población lo volvería invisible. Solo así, pensó, según el documento judicial de su acusación, la DEA olvidaría las investigaciones en su contra como líder de una agrupación dedicada a lavar dinero proveniente de la venta de cocaína y metanfetaminas. Pero se equivocó: apenas pisó suelo estadounidense elementos de Protección Fronteriza lo arrestaron, siempre vigilantes de su próximo movimiento.

La captura de Gurkaran Singh Isshpunani expuso cómo una red financiera movía dinero del narcotráfico a escala internacional | Reuters
La captura de Gurkaran Singh Isshpunani expuso cómo una red financiera movía dinero del narcotráfico a escala internacional | Reuters

Su anonimato se hizo añicos cuando su detención fue presumida por las autoridades estadounidenses: había caído uno de los más grandes operadores del blanqueamiento de capitales en el mundo mediante el sistema hawala. Una rareza para el estereotipo de colaborador del Cártel de Sinaloa: canadiense, joven –apenas 34 años– y quien nunca había pisado México.

En tiempos de criptomonedas y billeteras digitales para despistar investigadores financieros, Isshpunani operaba para Joaquín El Chapo Guzmán un sistema de transferencia de dinero que data, al menos, del siglo VIII. Un criminal de la vieja escuela.

El sistema hawala para el blanqueo de capitales

El nacimiento del sistema hawala es incierto, pero la mayoría de los investigadores lo ubican en la región de la India –donde nacieron y crecieron los ancestros de Isshpunani–, cuando uno de los derroteros comerciales más relevantes del mundo era La Ruta de la Seda, que conectaba el Lejano Oriente con el Sur de Asia, África y Europa. Además de seda, claro, por esa ruta se movían bienes muy codiciados: metales, piedras preciosas, especias como pimienta, nueces, cardamomo y hasta pólvora y bloques de mármol. El alto valor de los productos atrajo a piratas, corsarios y bandidos en los puertos. Los robos eran comunes y los dueños de las mercancías podían perder una fortuna en un solo asalto.

Así que comerciantes indios, árabes y musulmanes crearon el hawala, que en el viejo árabe significaba cambiar o transformar. El mecanismo consiste en pagar al destinatario con dinero que nunca sale del país emisor. Y se logra mediante hawaladars, es decir, una red global de intermediarios que conecta a otros operadores en el mundo, quienes se encargan de transferir fondos sin necesidad de bancos ni instituciones financieras.

La hawala funciona con una premisa simple: el dinero nunca cruza fronteras; lo que viaja es la confianza entre intermediarios | Getty Images
La hawala funciona con una premisa simple: el dinero nunca cruza fronteras; lo que viaja es la confianza entre intermediarios | Getty Images

Por ejemplo, un operador criminal en Canadá entrega 500 mil dólares en efectivo a un hawaladar en Vancouver y que debe asegurarse que un narcotraficante en México reciba esa cantidad. Para lograrlo, el intermediario no hace una transferencia bancaria ni depósito alguno. Se embolsa ese dinero y toma un teléfono para contactar a otro hawaladar en Tamaulipas, México, quien tiene un millón de dólares en una caja fuerte, toma 500 mil y lo entrega a un criminal mexicano como el destinatario final. Luego, entre los hawaladar se discutirá su comisión que puede pagarse con favores o un trueque de mercancías. El dinero nunca viajó; lo que viajó fue la orden.

Así, los comerciantes del viejo mundo evitaban perder su dinero en tránsito. Y el método después fue adaptado por migrantes, quienes preferían la hawala para darle vuelta a los primeros bancos que suelen imponer altas tarifas y abusivos tipos de cambio del siglo XVI hasta la fecha. Incluso, durante desastres naturales o conflictos armados, este sistema es una herramienta veloz para dar apoyo financiero a quienes más lo necesitan. Y, claro, el crimen organizado también vio una excelente oportunidad.

La hawala se vale de un supuesto código mafioso: el valor de la palabra. La confianza es vital para la supervivencia del sistema. Los hawaladars suelen ser miembros de la misma comunidad, lo que los obliga a honrar sus tratos no escritos o se convertirían en parias de su pueblo. El prestigio y la reputación son esenciales para el éxito, igual que el silencio y la discreción.

“En una definición muy simple el blanqueo de capitales es el proceso de hacer que el dinero obtenido de actividades ilegales parezca legítimo. La hawala, debido a su naturaleza informal y falta de regulación, ha sido utilizada por organizaciones criminales para facilitar este proceso. La ausencia de un registro formal de las transacciones hace que sea difícil rastrear el origen de los fondos”, asegura la World Compliance Association.
“Existen varios métodos mediante los cuales se puede utilizar la hawala para el blanqueo de capitales. Uno de los más comunes es el uso de múltiples operadores en diferentes países para dispersar el dinero. Este método complica el seguimiento de las transacciones y dificulta la labor de las autoridades para rastrear el dinero”.

Y uno de los máximos operadores en el mundo era Gurkaran Singh Isshpunani. Los documentos judiciales del Departamento de Estado que revisó DOMINGA dan cuenta de una estructura de decenas, acaso cientos, de hawaladars en el mundo bajo sus órdenes y quienes sabían que estaban blanqueando dinero del crimen organizado mexicano. Una compañía informal que duró hasta que uno de sus integrantes cayó en manos de las autoridades de la forma más tonta posible.

La DEA rastrea registros contables entre Canadá con Culiacán

En octubre de 2012, uno de los hawaladars de Isshpunani, un tal Harinder Singh, fue detenido por un agente de la Patrulla de Carreteras de California. Una infracción de tránsito de rutina. Aparentemente inofensivo. Los registros judiciales no son específicos, pero pudo tratarse de una vuelta prohibida o conducir a exceso de velocidad. Algo que debió terminar en una simple infracción se convirtió en una gran trama judicial, cuando el oficial vio dentro del automóvil varias bolsas y preguntó por el contenido. Singh dijo que eran zapatos de su esposa, pero los agentes encontraron fajos de dinero en efectivo con un origen que el sospechoso no pudo explicar. Había iniciado una investigación de altos vuelos.

La DEA siguió el rastro de dinero y teléfonos desechables hasta descubrir una red hawala al servicio del narcotráfico mexicano | Reuters
La DEA siguió el rastro de dinero y teléfonos desechables hasta descubrir una red hawala al servicio del narcotráfico mexicano | Reuters

Después de la detención, agentes federales obtuvieron una orden de cateo en el domicilio de Singh y decomisaron más cantidades de dinero en efectivo. Pero lo más relevante no sería el dinero, sino registros contables que parecían estar relacionados con actividades del narcotráfico en México: conectaban a la pacífica Canadá con la violencia en Culiacán. Y en ese momento un hecho de tránsito se transformó en una investigación conducida por la DEA y otras agencias estadounidenses.

Cayó Singh y luego 13 cómplices más gracias al sistema de conversión de delincuentes a testigos colaboradores y luego testigos protegidos. Con el panorama armado, las autoridades fueron contra Isshpunani, quien creyó que saliendo de su país podría escapar de la vigilancia. Tras su arresto en Nueva York quedó claro el panorama: el sistema hawala seguía vivo y hacía rico al Chapo, su socio El Mayo y sus hijos, Los Chapitos, que años más tarde avivaron la llamada “guerra en Sinaloa”.

Las autoridades estadounidenses comprobaron que la red hawala de Isshpunani transfirió millones de dólares provenientes del narcotráfico a sus distintos destinatarios en Sinaloa. Una maquinaría de mover dinero que empezaba en Canadá y que fluía hacia el sur del continente fuera del sistema financiero. La cantidad real podría contarse en decenas de millones, tal vez más, me cuenta el abogado Salvador Mejía, especialista en el combate al lavado de dinero, en entrevista para DOMINGA.

Las pruebas presentadas durante el juicio demostraron que todos los hawaladars sabían que los fondos estaban relacionados con el narcotráfico y que, tan solo en 2012, hubo quienes realizaron entre diez y quince entregas de efectivo a otros operadores por montos que iban de 100 mil a 800 mil dólares. Por este servicio cada uno recibía una comisión de 250 dólares por cada 100 mil dólares transferidos, equivalente a una tasa aproximada de 0.25%, muy por debajo de lo que cobra un banco tradicional. La mayoría lo hacían con miedo porque los hawaladars, en general, no se ven a sí mismos como delincuentes o evasores fiscales, sino facilitadores de un servicio de bajo costo.

“A los operadores hawala entrevistados se les preguntó si aceptarían una transacción vinculada al tráfico de opioides, aun cuando desearan rechazarla. El 70% consideró que un operador hawala no aceptaría una solicitud de transferencia proveniente de un traficante de opioides. Sin embargo, el resto opinó que podría verse obligado a aceptar la operación de manera involuntaria, o con reservas, por temor a la violencia o extorsión de los narcotraficantes”, estableció en el estudio “El Sistema Hawala” de la Oficina para las Drogas y el Delito de las Naciones Unidas.

Para despistar a las autoridades que siguieran sus pasos, las transacciones ilícitas de hawala se mantenían separadas de las operaciones legítimas habituales. Se mezclaba dinero de drogas con remesas migrantes o las ganancias de tráfico de armas se intercalaban con transferencias a empresas legales. Y para saber que el destinatario era la persona indicada a quien dejarle el dinero desarrollaron un sistema de contraseñas con palabras clave como “Shaman” y “Merchandise”.

La investigación reveló cómo una estructura basada en la confianza y el secreto movió millones de dólares entre Canadá y México durante años | Reuters
La investigación reveló cómo una estructura basada en la confianza y el secreto movió millones de dólares entre Canadá y México durante años | Reuters

Las autoridades en Estados Unidos ya no tenían dudas de que estaban frente a un esquema criminal. Contraseñas, susurros y movimientos de madrugada. Y lo más relevante para consolidar la investigación: los teléfonos celulares.

“Estas transacciones se realizaban bajo un estricto manto de secreto y se adoptaban diversas medidas, más allá de las utilizadas habitualmente en las operaciones hawala, para ocultar su verdadera naturaleza [...]. Singh cambiaba su tarjeta SIM y su número telefónico cada 20 o 25 días. Los integrantes de la conspiración utilizaban teléfonos desechables, es decir, dispositivos prepagados, temporales y prácticamente imposibles de rastrear, para comunicarse entre sí.
“Las transferencias empleaban palabras clave para encubrir la naturaleza real de las operaciones. Asimismo, los operadores hawala utilizaban los números de serie de los billetes de dólar para verificar que la persona que recibía el efectivo era efectivamente el destinatario previsto”, se lee en uno de los documentos judiciales del caso, que también establece que los narcohawalas cobraban comisiones más elevadas de lo habitual, lo que reflejaba el riesgo de las transacciones.

El sistema cooptado por los criminales sinaloenses

Luego de la detención de Isshpunani, las autoridades en Estados Unidos reconocieron que tenían la brújula extraviada: mientras los investigadores más agudos buscaban en la tecnología de punta los siguientes movimientos del crimen organizado nacional, los cárteles estaban regresando a lo análogo. Movimientos anónimos, transacciones que llevan siglos sucediendo en la clandestinidad

Lejos de desaparecer, la hawala se ha adaptado al siglo XXI y sigue siendo una herramienta atractiva para el crimen organizado | Especial
Lejos de desaparecer, la hawala se ha adaptado al siglo XXI y sigue siendo una herramienta atractiva para el crimen organizado | Especial

Este año, Naciones Unidas publicó su más reciente informe sobre Crimen Organizado Transnacional. Una guía para entender los nuevos movimientos de las organizaciones clandestinas del mundo. Y ahí, entre lo más novedoso, estaba este sistema cooptado por los criminales sinaloenses: “Los avances tecnológicos también han facilitado la adopción de esquemas de lavado de dinero, tanto nuevos como tradicionales, que involucran a facilitadores profesionales. Entre ellos se encuentran los activos virtuales, las instituciones financieras bancarias y no bancarias, los sistemas hawala y otros proveedores similares de servicios de transferencia y pago, así como las redes profesionales dedicadas al lavado de dinero”.

El hecho de que el sistema hawala esté marcado en un documento internacional de este año refleja que el crimen organizado mexicano ha demostrado una capacidad extraordinaria para adaptarse a los cambios tecnológicos. Sí: usa drones explosivos, comunicaciones cifradas, criptomonedas, inteligencia artificial y complejas redes empresariales para ocultar ganancias ilícitas. Sin embargo, cuando llega el momento de mover dinero, a veces recurre a un mecanismo que nació hace más de mil años y que no deja huella.

Para muchos, parece una contradicción: ¿por qué un cártel que es capaz de infiltrar cadenas globales de suministro utilizaría un método basado en la confianza, las relaciones comunitarias y simples anotaciones en una libreta? La respuesta es que el crimen organizado no siempre busca la tecnología más avanzada, sino la que mejor resuelva un problema con el mejor riesgo posible y la mayor rentabilidad. Y pocas herramientas son tan eficientes para mover dinero entre países, sin dejar rastros bancarios, como una red de intermediarios que opera a partir de la palabra empeñada. El regreso al sistema de la palabra criminal como moneda.

La fortaleza de la hawala no está en la tecnología, sino en una red de relaciones personales, discreción y reputación | AP
La fortaleza de la hawala no está en la tecnología, sino en una red de relaciones personales, discreción y reputación | AP

Isshpunani lo tenía claro: la innovación criminal no siempre consiste en inventar algo nuevo. En ocasiones consiste en mirar hacia atrás, retomar mecanismos antiguos y efectivos y combinarlos con mercados ilegales modernos. Mientras las autoridades invierten millones de dólares en rastrear transferencias electrónicas, grupos criminales como el Cártel de Sinaloa aún usan códigos en papel, números de serie de billetes y operadores criminales que se conocen desde niños.

Acaso por eso es que el protagonista de esta historia, Isshpunani, es tan fascinante. A diferencia de otros grandes criminales de nuestros tiempos que se mueven entre megacomputadoras, algoritmos sofisticados y paraísos fiscales con y activos digitales descentralizados, él expone algo más simple y, por eso, más difícil de combatir: una red internacional basada en reputación, discreción y lealtades personales. En un mundo obsesionado con la tecnología, el crimen organizado sigue recordando que algunos de sus negocios más rentables continúan dependiendo de una de las herramientas más antiguas de la humanidad: la confianza. La palabra del mafioso, como lo enseñaron las películas de El Padrino.


GSC / MMM


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Óscar Balderas
  • Óscar Balderas
  • Oscar Balderas es reportero en seguridad pública y crimen organizado. Escribe de cárteles, drogas, prisiones y justicia. Coapeño de nacimiento, pero benitojuarense por adopción.
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