Deportes
  • La homofobia rumbo al Mundial. El clóset que nadie quiere abrir en el futbol mexicano

  • El grito homofóbico sigue retumbando en los estadios. Jugadores, exfutbolistas y activistas hablan de un deporte donde “ser distinto” cuesta la carrera. ¿Podremos evitar oootra multa de la FIFA?
De cara a la Copa del Mundo 2026, la federaciòn mexicana lucha por erradicar el grito mofóbico| Mauricio Ledesma

DOMINGA.– El futbol mexicano tiene memoria sonora. No sólo con los goles narrados a pulmón ni los cánticos de la tribuna. También existen los ecos incómodos que se repiten como un loop. El más reciente episodio lo vivió Jeremy Márquez, mediocampista del Cruz Azul. Apenas unos segundos de festejo bastaron para encender la polémica en la tribuna y redes sociales. ¿El motivo? Celebrar de forma “poco masculina” la victoria en un partido de semifinales.

Los tuits empezaron a llegar en cascada. Ni el mejor portero del mundo podría detener tantos balonazos a la vez. La gran mayoría fueron soltados para prejuiciar e insultar. Lo que hoy ocurre en la red de Elon Musk es ya un clásico: un lodazal digital donde se acumulan los odios, se polarizan y se incendia cualquier tema. El futbol otra vez convertido en espejo de algo más grande. Una semana después, aquellos que señalaron a Jeremy tuvieron que esconder la cabeza bajo la tierra digital: Cruz Azul ganó el campeonato y Márquez festejó sobre la cancha besando a su novia.

Jeremy Márquez llega a la CdMx para cerrar su fichaje con Cruz Azul
Jeremy Márquez llega a la CdMx para cerrar su fichaje con Cruz Azul | Imago7


En la tribuna, el grito homofóbico sigue siendo más claro, más brutal, más rancio: “¡Eeeh… puto!”. Lo hemos escuchado desde niños. Es parte del paisaje sonoro del futbol mexicano. Un coro heredado, repetido, disfrazado de “tradición”, sin pensar demasiado en lo que significa –o más bien, que finge no entenderlo– y lo justifica porque se dice “al calor de la pasión” de un partido.

Y se puede poner peor: la jauría de la tribuna utiliza esa palabra de las cuatro letras como un grave insulto al portero del equipo rival y –a veces– hasta para manifestar ira en contra del propio.

Una probada de ello se dio en el Estadio Azteca, reinaugurado en marzo de 2026, cuando México enfrentó a Portugal en un partido amistoso y el lamentable grito marcó los minutos finales. El portero Raúl Tala Rangel, guardameta de Chivas y de la selección mexicana, fue el blanco involuntario de la frustración del “respetable” público porque no pudieron ganar el juego. Y regresó la expresión por la que la FIFA ha sancionado al equipo mexicano en múltiples ocasiones.

Mundial de Futbol
La FIFA ha sancionado en diversas ocasiones al equipo mexicano por el grito homofóbico | Juan Carlos Bautista


El caso de Rangel no es aislado. Y aunque las campañas de la Federación Mexicana de Futbol intentan erradicarlo, su persistencia revela una tensión cultural difícil de desmontar. Colmena 41, organización dedicada a la visibilidad de la comunidad LGBT+, hizo una encuesta en 2021 en la que preguntó: “¿Consideras que el grito “¡puto!” es homofóbico?”. El 70% dijo que sí; pero el 30% dijo que no lo consideraban peyorativo.

En 2024, Miguel Layún, exseleccionado nacional, encendió la polémica en una transmisión televisiva. Comentó que prefería escuchar el insulto antes que ver peleas en las gradas. La frase tuvo críticas inmediatas: para muchos, minimizaba la violencia simbólica que el grito representa. Layún tuvo que matizar después, reconociendo que también se trata de una forma de agresión que no puede normalizarse.

Hoy ese grito ya no pasa inadvertido: es multa, una sanción severa al equipo local con todo y riesgo de veto a su estadio. La primera multa de la FIFA en contra de la Federación Mexicana de Futbol –por el grito homofóbico– data de 2015, cuando se sancionó a México con 395 mil pesos. Mientras que para el aficionado, el castigo incluye el desalojo inmediato del estadio, el bloqueo de la acreditación digital Fan ID, y los vetos de hasta cinco años sin poder ingresar a partidos.

Pero, sobre todo, ese grito sigue siendo un síntoma. El problema está en lo que revela: un futbol que sigue operando bajo una masculinidad rígida, un pacto de silencio, un vestidor donde “ser distinto” es un autogol. Mientras la FIFA sigue desplegando protocolos, observadores y amenazas de expulsión, en el fondo la pregunta sigue intacta: ¿qué tanto ha cambiado realmente el futbol?

Lo que callamos los futbolistas

futbol
“El balón sigue siendo el mejor juguete, y el futbol, el mejor juego”. (Freepik)


Un exjugador de Primera División –prefiere que lo llame Luis– me lo dice sin rodeos:

—Mira, en el vestidor todos sabemos quién es quién. Pero nadie lo dice. Nadie. Ni de broma.

Le pregunto por qué.

—Porque es un autogol. Te matas tú solo.

Luis acepta platicar para DOMINGA siempre y cuando no revele su nombre real. Eso ya dice bastante de su circunstancia y del ambiente que existe en esta profesión. Jugó más de diez años en el máximo circuito. Fue titular, seleccionado juvenil, incluso portada de revista. Jamás habló de su vida personal ni de su identidad sexual. Hoy trabaja en el cuerpo técnico de las ligas infantiles.

—No es que te lo prohíban. Es peor. Es un ambiente donde sabes que si lo dices, te van a ver distinto. El técnico, los compañeros, la afición… hasta los patrocinadores —afirma y hace una pausa larga—. Que te vean distinto en el futbol, significa que te dejen de poner el pase para gol.

Este negocio multimillonario que vende inclusión, diversidad y valores cada vez que inicia un partido, suena el himno de la Liga Mx y aparece un niño o una niña vestidos de blanco repitiendo el eslogan “Juega limpio, siente tu liga”, sigue operando bajo una lógica conservadora. Bajo una estructura de masculinidad rígida, un código de ética difuso y un pacto de silencio que no está en papel. Está en los vestidores.

En los pasillos de un club profesional, Luis baja la voz como si las paredes pudieran escuchar. Habla de un código que se aprende desde fuerzas básicas: “El futbolista crece con una idea muy clara de lo que es ser hombre. Desde las fuerzas básicas te enseñan a competir, a no mostrar debilidad, a aguantar… y a encajar”.

Encajar significa repetir las mismas bromas, usar el mismo lenguaje, no salirse del molde. “Si te sales de ahí, eres raro. Y en el futbol, ser raro no es buena etiqueta”, resume. Durante años escuchó frases que se volvieron rutina: “Eso es de jotos”, “No seas marica”, “Juega como hombre”. No todos son homofóbicos, aclara, pero el lenguaje está normalizado y termina marcando la cancha: quién pertenece y quién no.


​Las redes sociales guardan las huellas de ese ambiente. Viejos tuits de futbolistas en activo, escritos hace más de una década, cargados de insultos y burlas. La cultura digital no los borró, sólo los congeló en el tiempo.

Luis puntualiza que el talento tapa muchas cosas. Pero no todo. Reconoce que conoció a jugadores homosexuales pero ninguno abiertamente. La razón es siempre la misma: miedo. Miedo a perder un patrocinador, miedo a perder la carrera y el salario estratosférico, miedo a perder autoridad en el vestidor. Y sobre todo, miedo a perder a los seres queridos. En un mundo donde la carrera es corta y altamente competitiva, el cálculo es brutal. “Te la juegas toda… ¿Cómo para qué?”, resume Luis.

Mientras tanto, en la tribuna, el grito sigue. A veces más bajo, a veces disfrazado, pero siempre presente. Cada vez que aparece reactiva la misma tensión: la de un país que quiere organizar un Mundial moderno, pero que arrastra prácticas primitivas que no hemos enterrado bajo el césped.

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Trofeo de la Copa Mundial de la FIFA recorrerá 10 ciudades en México (Reuters)

Las jugadoras LGBT+ y el futbol femenil


El vestidor del futbol femenil se pinta distinto. Ahí, la diversidad sexual no es un tema escondido ni un secreto a voces: es parte del paisaje, como las zapatillas tiradas en la esquina o las playeras sudadas colgadas en los casilleros.

“Mija, ¿eres machorra o por qué te gusta el fut?”. La frase le cayó como un balonazo a los 12 años. Mariana recuerda que estaba en una cancha pública de Sacramento, California, recién llegada desde Jalisco con su familia. Su papá, Antonio, no entendía por qué en ese país las niñas jugaban un deporte que él consideraba exclusivo de los hombres. Llevaba el número siete en la espalda, su número de la suerte y la fecha de su nacimiento. “Yo ni siquiera entendía bien qué quería decir eso de ‘machorra’. Sólo sentía que sonaba a insulto”, cuenta.

Hoy, Mariana tiene 27 años y juega en la Major League Soccer de Estados Unidos. Habla con naturalidad bilingüe y con la seguridad de quien ya ganó el partido contra los prejuicios. “Aquí es distinto… no es que no haya prejuicios, pero la diversidad y la sexualidad se viven de otra forma”, dice en entrevista. Agrega que hay “muchísimas” jugadoras que pertenecen abiertamente a la comunidad LGBT+ y no genera conflicto: “Aquí se sabe, se respeta y se sigue jugando”.

La selección mexicana femenil venció a Chile 3-1 y es líder del grupo A
México vence a Chile en futbol femenil en Panamericanos (X:@Miseleccionfem)


E
n el futbol femenil, la orientación sexual no es un secreto a voces. No está exenta de estigmas pero sí es más visible que en el varonil. Explica que esa apertura también tiene que ver con la percepción social: “A nosotras nos cuestionan por jugar futbol, entonces muchas ya vienen con una resistencia distinta”.

—Todavía hay marcas que prefieren cierto perfil —admite—. Todavía hay discursos conservadores. Pero al menos no tienes que esconderte para jugar. Esa diferencia, sutil, pero profunda, revela algo fundamental: el problema no es el futbol. El problema es el modelo de masculinidad que lo atraviesa de origen. Y ese modelo sigue siendo, en gran medida, incompatible con todo lo que no sea viril.

A los 12 años tuvo su primera pareja, pero durante años lo mantuvo en secreto. “Hasta el día de hoy la única que sabe es mi mamá”, confiesa. Con su padre, el tema sigue siendo un partido pendiente, un miedo a que la reacción sea un gol en contra. La madre, en cambio, fue apoyo y resistencia: “Yo te apoyo pero dame chance de asimilarlo”.

Fuera de la cancha, los prejuicios llegan por otro lado: las redes sociales. Comentarios como “todas las futbolistas son machorras” o “regresen a la cocina” aparecen como faltas recurrentes. Ella lo resume así: “Siento que esos comentarios están fuera de lugar… no tendrían por qué meterse en la vida privada de los demás”.

La diferencia con el varonil es clara. En la liga femenil, andar con una mujer es normal; en la masculina, un jugador que dijera públicamente “soy gay” enfrentaría un muro de rechazo. “Siento que con los hombres es más complicado. O sea, que si va un hombre futbolista profesional y dice ‘soy gay’, siento que todo el mundo se alejaría de él y se cerraría demasiadas puertas por lo mismo”, afirma.

El machismo, entonces, juega como defensa cerrada contra la inclusión. Mientras ellas ya disputan el partido con más libertad, ellos siguen atrapados en un esquema rígido. Y aunque las mujeres también cargan con prejuicios, la cancha femenil se ha convertido en un espacio donde la diversidad no es un tabú, sino parte del juego.

Los que pagaron el precio


Enrique Torre Molina
, activista de la comunidad LGBT+, entra a la charla como un capitán que pide la pelota: directo, sin fintas, con la urgencia de quien sabe que el partido se juega fuera del césped. Para él, el grito homofóbico no es un error aislado ni una anécdota de barra; es una jugada repetida que nace en el vestidor y se replica en las gradas. La solución, dice, no llegará sólo con multas ni con pantallas que piden respeto: tiene que salir de adentro del propio mundo del futbol, con jugadores, técnicos y directivos marcando la pauta desde el primer minuto.

Enrique apuesta por referentes visibles dentro del deporte: figuras públicas que, con su ejemplo, rompan esquemas y cambien la percepción de la hinchada. Sin esos referentes, las campañas quedan como tiros al poste. Salir del clóset en el futbol profesional, explica, es una jugada de alto riesgo.

Justin Fashanu tenía 29 años cuando murió. Fue el primer futbolista profesional en declararse abiertamente homosexual, en 1990. Jugaba en Inglaterra, en una época donde el tema era aún más tabú que hoy. Lo que vino después fue una tormenta. Acoso mediático. Rechazo en los clubes. Señalamientos públicos, incluso de su propio hermano. En esos años, el mundo apenas comprendía la crisis del sida.

Ocho años después, en 1998, Fashanu se suicidó. Su historia es, hasta hoy, un punto de inflexión. Un recordatorio brutal de lo que puede costar decir la verdad en un entorno que no está listo para escucharla. Han pasado más de tres décadas y, aunque el mundo ha cambiado, el futbol lo ha hecho más lento.

La historia de Justin Fashanu es una de jugadores que declararon abiertamente su orientación sexual
Justin Fashanu uno de los primero jugadores que se declararon abiertamente homosexuales.


Pasaron décadas antes de que otros siguieran sus pasos. En 2014, el alemán Thomas Hitzlsperger salió del clóset ya retirado, abriendo un espacio de conversación en Europa. En 2021, el australiano Josh Cavallo se convirtió en el primer futbolista en activo de una liga profesional en declararse gay, y un año después, el británico Jake Daniels del Blackpool FC hizo lo mismo en el Reino Unido. Cada uno de ellos encendió una luz en un vestidor que aún se mantiene en penumbras.

En México, el marcador sigue en cero. Ningún jugador varón de la Liga MX ha salido públicamente del clóset. El silencio es tan fuerte como el grito homofóbico que la FIFA intenta erradicar de las tribunas. La homofobia estructural, el machismo y el miedo a perder contratos o afición mantienen a los futbolistas en un fuera de lugar permanente. La diferencia entre la inclusión que se presume en campañas y lo que se vive en la cancha es un abismo.

—Son valientes –dice Luis, ya sin revisar si alguien lo escucha hablar del tema en el gimnasio del club para el que trabaja en Ciudad de México.

Ya entrado en confianza, me dice que en la actualidad existe un contexto distinto y que “hay más respaldo institucional” para los jugadores que se acercan a los directivos y entrenadores para confiarles que son homosexuales. “Ya todo el mundo habla de eso sin tanto rollo”, remata.

—¿Y en México?

—No. Aquí… todavía no.

Thomas Hitzlsperger
Thomas Hitzlsperger declaró públicamente su homosexualidad en enero del 2014, convirtiéndose en el jugador de mayor perfil en hacerlo.


El silencio, entonces, no es casual. Luce estructural, político y social. Está sostenido por una red de intereses, miedos y complicidades que hacen que, incluso en 2026, la posibilidad sobre la mesa siga siendo la misma: ¿cuántos futbolistas podrían salir del clóset… si supieran que no perderán todo?

Porque no se trata sólo de enfrentar la mirada del público; hay contratos, patrocinios y una carrera que se decide por fracciones de segundo. Para muchos jugadores, confesar su identidad es jugar tiempo extra sin garantías. Por eso la apuesta de Torremolina no es exigir confesiones públicas, sino construir condiciones que hagan esa jugada menos peligrosa: redes de apoyo, protocolos reales y, sobre todo, un cambio en la cultura del vestidor. Enrique también recuerda que el deporte puede ser campo de construcción comunitaria. En ligas locales y clubes LGBT+ se tejen redes de sororidad y apoyo que demuestran que el futbol puede ser inclusivo. Esas experiencias, dice, son la prueba de que otra forma de jugar es posible: una que no excluye, que no obliga a esconderse para celebrar un gol.

El Mundial y el espejo

La FIFA confirmó las sedes en las que estarán concentrando las 48 selecciones para el Mundial 2026, donde México será campamente base de siete.
FIFA confirma los campamentos base para el Mundial 2026 | Reuters


México, Estados Unidos y Canadá serán sede del Mundial 2026. Un evento global desde Norteamérica. Una vitrina planetaria desde un triángulo político y comercial que no vive sus mejores momentos diplomáticos. Una oportunidad histórica y –al mismo tiempo– un riesgo latente. Porque el famoso grito que durante años se defendió como “tradición” se ha convertido en un problema logístico.

La FIFA lo tiene claro y para evitarlo o inhibirlo dispuso de un protocolo de tres pasos: advertencia, suspensión temporal, cancelación. En ese andar, la Federación Mexicana ha sido acreedora de multas que suman millones de pesos y amenazas de veto administrativo contra los estadios en los que juega, incluso, posibles sanciones para jugar sus partidos a puerta cerrada, sin público en las gradas.

“Nos lo han dicho mil veces”, repite Mikel Arriola, presidente de la Liga Mx, en innumerables entrevistas. “Si no se controla, puede haber consecuencias graves”.

Para contenerlo durante el próximo Mundial, me explicó hace dos años, se han implementado varias medidas desde la Liga Mexicana de Futbol. Primero, y el más importante, la creación del llamado Fan ID. Esta tecnología sirve para registrar a los aficionados y poder identificarlos y evitarlos en caso de cometer conductas violentas reincidentes. Segundo, el lanzamiento de campañas de sensibilización que –la verdad– nadie tiene en el top mind (como dicen los mercadólogos). Y, en tercer lugar, mensajes contra el racismo, la violencia y la discriminación que aparecen en las pantallas y se escuhan en los altavoces de los estadios durante los partidos.

—El problema es que lo quieren resolver como si fuera sólo un tema de conducta –me dice Luis–. Y no lo es. Es un problema más profundo. Es cultural y educativo.

El resultado ha sido, en el mejor de los casos, intermitente. La Federación ha sido multada al menos en 19 ocasiones desde Brasil 2014 por este grito discriminatorio. Los montos son de aproximadamente unos 80 mil francos suizos por cada castigo.

En el Mundial de Rusia 2018, el cántico se escuchó durante un partido contra Alemania y México fue sancionado económicamente, mientras que en 2021 recibió un castigo más severo que provocó jugar dos partidos de eliminatorias a puerta cerrada ante Costa Rica y Panamá a inicios de 2022. Pese a los castigos, aficionados mexicanos gritaron el insulto otra vez en el Mundial de Qatar 2022 durante los juegos contra Polonia y Arabia Saudita.

Para la próxima Copa del Mundo, la FIFA fue más allá. Se asoció Fare Network, una empresa que proveerá observadores humanos y robóticos en todos los partidos del torneo con el fin de detectar discriminación en cánticos y pancartas en todos los países, culturas e idiomas. Difícilmente una sanción afectará a las selecciones durante la competición, lo que suele hacer el mandamás del futbol es hacer un corte de caja anualmente y aplicar las multas acumuladas.

El partido que no se ve


El futbol se juega en noventa minutos pero hay partidos que duran toda la vida. El de Luis, por ejemplo, no terminó cuando se retiró.

—Sigo sin decirlo públicamente –me confiesa–. Ya no juego, pero sigo en el medio. Y esto es chico. Todo se sabe.

Le pregunto si le gustaría hacerlo. Se queda en silencio, lo piensa dos veces mientras abre la botella que tiene entre sus manos para tomar un poco de agua para tratar de retener su respuesta e hidratar la boca que, de pronto, se puso seca.

—Sí. Pero también sé lo que implica.

Lo de Mariana es distinto.

—Yo no siento que tenga que esconder nada –dice–, pero también sé muy bien que no todas mis compañeras están en condiciones de poder hacer lo mismo.

En el futbol femenil, las seleccionadas nacionales Bianca Sierra y Stephany Mayor, jugadoras de Tigres Femenil, hicieron pública su relación en 2017 y desde entonces se han convertido en referentes de visibilidad y activismo. Su historia es un gol de media cancha contra el silencio, un recordatorio de que la inclusión también se juega en el amor y en la vida cotidiana. Pero su ejemplo no ha contagiado al futbol varonil, donde la resistencia sigue siendo la regla.

El del futbol mexicano, en cambio, sigue en disputa. Entre lo que se canta y lo que se calla. Entre lo que se sanciona y lo que se tolera. Entre lo que se presume y lo que se esconde. Porque al final, el grito no es el problema central. El problema es que sigue habiendo cosas que no se pueden decir. Y mientras eso no cambie, el estadio –por más moderno que sea, por más pantallas que tenga, por más protocolos que active– seguirá repitiendo el mismo eco.

Ese eco que todos escuchamos. Ese que muchos entienden. Ese que pocos se atreven a confrontar y que otros ya se hartaron de diagnosticar, debatir y condenar. El Mundial llegará exactamente en once días. Las cámaras estarán encendidas, el mundo estará mirando y, quizá entonces, el futbol mexicano tendrá que decidir si quiere seguir gritando o, por fin, quiere comenzar a escucharse a sí mismo.

GSC/ASG


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Enrique Hernández Alcázar
  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio
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