Pocas justas resultan en tal modo quiméricas (y al cabo tan injustas) como los inefables concursos de belleza. “Quimérico”, según el diccionario, es algo “fabuloso, fingido o imaginado sin fundamento”. En las carreras gana quien llega primero, en el futbol quien anota más goles y en ajedrez quien se merienda al rey, pero en esto de ser linda como ninguna suele haber más variables que datos duros. Reina, por otra parte, la subjetividad antojadiza, tanto así que es común que los jueces cosechen más rechiflas que aplausos y al fin flote en el aire la sensación de que ha habido no uno, sino muchos despojos simultáneos.
Es al menos frustrante y desmoralizador haber pasado desde la adolescencia escuchando piropos, cumplidos y discursos en torno a tu belleza fulgurante… para acabar superada por otras que no te llegan a los talones, según el veredicto de los tuyos. Lo sé porque dos veces me tocó trabajar en un mismo concurso de belleza y convivir con las participantes, cada una habituada al embeleso unánime y de un día para otro avasallada por el falso glamour del concursillo. Poco puedes hacer, encima de eso, para volverte más competitiva, como no sea esmerarte en desplegar la mueca de alegría y desparpajo que oculta mal tu vacilación íntima y la perplejidad ante tantas miradas comelonas.
Verdad es que los organizadores hacen cuanto se les ocurre por vendernos la idea de la belleza interna, la cultura y la desenvoltura como factores clave para ganar, pero a todos nos consta que la idea es que gane la más guapa, y ya. ¿La más perfecta, entonces? He ahí lo peliagudo de la cuestión, pues la hermosura, como la conocemos, suele beneficiarse de una que otra pequeña imperfección que la hace más humana, entrañable, querible, singular. Nada más que el aprecio por dotes de esta clase peca naturalmente de sesgado, de manera que el juicio de los árbitros resultará dudoso desde su mismo origen.
Habidas estas y otras limitaciones, los certámenes grandes o pequeños adolecen de idéntica ñoñería y están sujetos a toda clase de abusos. La noche de las reinas, novela recentísima de Vicente Alfonso, cuenta la peripecia de un escritor, alter ego de Ricardo Garibay, que sobrevive milagrosamente al entorno político y mafioso que subyace a un concurso de belleza en Mazatlán, evocando el siniestro Miss Universo que se disputó en Acapulco hace más de cuatro décadas. ¿Cómo no iba a imantar evento semejante a hordas de canallitas y buscavidas, ávidos de ufanía, relumbre y pacotilla, prestos a propasarse de una u otra manera a costillas de tanta candidez?
Como la legendaria Señorita México, de Enrique Serna, la novela de Alfonso es infinitamente más entretenida que aun el mejor concurso de belleza, pues tiene la virtud de ser real, honda y palpable. Porque una cosa es que el torneo de bellas sea superficial hasta la médula, y otra que no se pueda ahondar en él desde la perspectiva del fuereño ingenioso. Cierto, en los dos eventos donde participé como redactor acabé fatalmente enamoriscado de sendas concursantes, para bochorno de las presentes líneas, porque lo cierto es que ambas tenían al espejo por su mejor amigo y confidente. “Soy guapa, luego existo”, parecían ir gritando por la calle, seguidas o escoltadas por incondicionales casi siempre tan brutos como yo.
No necesariamente bastan las riquezas para conquistar a una de aquellas chicas rutilantes, aunque de sobra alcanzan para comprar entero el Miss Universo y apandillarse con rufianes y maleantes para sacarle jugo a la inversión, pues incluso ya entrado el siglo XXI sobrevive la babeante creencia de que la triunfadora es nada menos que la mujer más bella del planeta. Afirmación idiota donde las haya, toda vez que abundamos los enamorados que encontramos que justo esa mujer dormita cada noche a nuestro lado. Lo sé porque la miro despertar y no puedo menos que coronarla.